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Las cartas electorales que definirán el futuro del turismo

Gonzalo Silva Rivas

27 de mayo de 2026 - 12:03 a. m.

A escasos cuatro días de que el país defina su rumbo en las urnas, la campaña presidencial termina consumida más por el ruido de la confrontación personal, los ataques cruzados y la polarización ideológica de varios aspirantes a la Casa de Nariño, que por los debates programáticos de fondo. En medio de ese torbellino de descalificaciones, y a diferencia de elecciones anteriores, el turismo apenas sí logró colarse tímidamente en el discurso de algunos de ellos, pese a que esta actividad se viene consolidando como estratégica locomotora económica y motor de transformación social.

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Mientras otros asuntos de interés nacional han sido instrumentalizados en la batalla por el voto, la llamada “industria sin chimeneas” apenas asomó la cabeza, evidenciando una cierta miopía política ante un sector que no solo genera divisas, sino que sostiene el tejido vivo de la Colombia profunda.

Durante los últimos años, el turismo ha venido mostrando indicadores históricos, reflejados en el aumento de visitantes internacionales, el posicionamiento de nuevos destinos regionales y el crecimiento de la conectividad aérea. Avances que lo han disparado, convirtiéndolo en una dinámica fuente de divisas -en ciertos periodos por encima de actividades tradicionales, como el carbón y el café- y proyectándolo como alternativa para la transición y la diversificación económica.

Apoyado en la marca “Colombia, el país de la belleza”, bandera del actual Gobierno y eje de una narrativa que busca proyectarnos como un destino biodiverso, cultural y sostenible, el sector ha demostrado que los recursos naturales y la riqueza cultural son activos económicos tangibles, pero la forma como se administrarán dependerá del candidato que se escoja. Y escarbando entre las propuestas sobre turismo de quienes aspiran a gobernar, es evidente que, entre los dos de mayor opción electoral, se proyectan dos visiones ideológicas, radicalmente opuestas de país.

Por un lado, la candidatura oficialista de Iván Cepeda plantea una línea de continuidad con el actual Gobierno, que asume la actividad turística no como un fin mercantil en sí mismo, sino como una herramienta de reparación y restauración social. Desde la orilla de la izquierda democrática, el enfoque se desplaza de las grandes ciudades y cadenas hoteleras hacia el turismo comunitario, las regiones sostenibles, la economía popular y el fortalecimiento de los pequeños operadores locales.

Para Cepeda, el turismo seguiría siendo concebido, más, como instrumento de transformación de la sociedad, que como industria rentable. En su visión, el Estado debe mantener un rol interventor y protector que garantice la inclusión social por encima del lucro, en aras de reducir la pobreza en territorios tradicionalmente marginados. Documentos de campaña sostienen que el turismo debe entenderse, preferencialmente, como herramienta de resarcimiento y desarrollo territorial, a través de generación de empleo, participación comunitaria y consolidación de la paz.

La antípoda de este modelo la encarna Paloma Valencia. Desde la centroderecha y las huestes del uribismo, la candidata observa el sector bajo la óptica de la competitividad empresarial y de la confianza inversionista. Su receta para el crecimiento turístico prescinde de la tutela estatal y se apoya en los incentivos de mercado, como alivios tributarios, flexibilización de trámites para hoteles y agencias, e impulso irrestricto a la inversión privada. Para Valencia, el desarrollo social es una consecuencia natural de un tejido empresarial robusto, formalizado y libre de trabas burocráticas.

Con su posición de centro, para Sergio Fajardo el turismo no tiene protagonismo visible en su narrativa programática, pero varias de sus iniciativas sobre seguridad, infraestructura y conectividad, podrían impactarlo, especialmente en aspectos relacionados con vías terciarias y conectividad regional. Algo similar ocurre con Claudia López, cuya campaña ha priorizado la seguridad urbana y la gobernanza, y con el controvertido e intemperante abogado, Abelardo de la Espriella, quien concentra la agenda alrededor del endurecimiento de la seguridad.

Pero más allá de las diferencias ideológicas entre izquierda, derecha o centro, el próximo Gobierno tendrá la responsabilidad de comprender que el turismo no puede seguir siendo visto como un asunto accesorio. Hoy representa oportunidades de vida reales para miles de comunidades apartadas, impulsa cadenas productivas enteras y proyecta la imagen del país en el escenario internacional. Tras décadas de ceguera gubernamental y dependencia extractivista, el turismo ha dejado de ser un simple renglón recreativo para consolidarse como auténtico promotor de divisas, empleo y, sobre todo, de transformación social de los territorios.

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Sin embargo, la seguridad persistirá como un serio obstáculo para el futuro presidente. El turismo es, quizás, una de las actividades económicas más sensibles a la percepción de orden público y, por ende, ningún esfuerzo promocional ni ningún discurso de sostenibilidad de izquierda ni ningún portafolio de incentivos fiscales de derecha garantizarán la llegada de visitantes si las regiones con potencial para el desarrollo de esta actividad terminan confinadas por el conflicto armado.

El crecimiento sostenido de visitantes internacionales, la diversificación de destinos y el progresivo apetito global por experiencias de naturaleza y turismo sostenible han situado a Colombia en un lugar privilegiado del mapa turístico mundial. Mantener ese escalafón exige tratar ese patrimonio como lo que es, un activo estratégico de Estado, y blindarlo con políticas integrales que garanticen protección territorial, conectividad, promoción, formalización empresarial y financiamiento directo a las comunidades, particularmente las marginadas, que son el principal soporte de los destinos.

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El desafío para el próximo inquilino de la Casa de Nariño será mayúsculo. Deberá entender que el turismo no es un apéndice ornamental de la economía, sino un potenciador que dinamiza diversos sectores productivos, un catalizador para la cohesión nacional y una ventana de promoción ante el mundo. Este 31 de mayo, cuando los colombianos acudan a las urnas, decidirán el papel que jugará el turismo como impulsor de desarrollo en la agenda nacional. Definirán si durante los próximos cuatro años seguirá siendo una oxigenada industria sin chimeneas o se convertirá en una irrespirable cortina de humo.

En el sector: Colombia se consolida como líder regional en la industria de reuniones internacionales, según informe de la International Congress and Convention Association (ICCA). En 2025 registró 158 eventos, 38% más que en 2024, ubicándose en el puesto 2 en Latinoamérica y 5 en América. El más reciente informe destaca al país como modelo ejemplar de desarrollo para la industria global de reuniones, reconociendo su apuesta por diversificar destinos e impulsar ecosistemas de innovación en todo el territorio nacional.

gsilvarivas@gmail.com

@gsilvar5

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