A 15 días del terremoto que sacudió el occidente del país, surgen graves interrogantes sobre la viabilidad de la actividad turística en las regiones damnificadas. La mayor vulnerabilidad se concentra en los municipios de la periferia rural que, marginados de las dinámicas del centro político, dependen principalmente del flujo de visitantes para el sustento de sus economías locales. Hoy, estas comunidades enfrentan una peligrosa parálisis que amenaza con convertirse en la réplica económica más severa del sismo.
Las cifras oficiales pintan un panorama complejo. El Gobierno confirmó que 12 centros históricos y 14 municipios del Paisaje Cultural Cafetero —declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO— registran daños significativos, con destrozos de hasta el 80 % en localidades como Sevilla, El Cairo y El Águila. Una situación similar atraviesa la infraestructura hotelera, urbana y patrimonial de destinos emblemáticos como Jericó, Salento, Santa Fe de Antioquia, Popayán, Buga, Cartago, El Cerrito, Aguadas, Salamina o Manizales, así como la larga franja de municipios del Chocó, con Quibdó y San José del Palmar a la cabeza.
La masiva cancelación de reservas en la zona de desastre conlleva una pérdida considerable de corrientes turísticas, propinando un duro golpe a una cadena productiva vital. Destinos clave sufren el impacto: el Eje Cafetero, donde se concentra una de las mayores densidades de fincas hoteleras del país y una oferta consolidada de turismo rural y de naturaleza; el Chocó, que se posicionaba como referente mundial para el avistamiento de ballenas, la observación de aves y el ecoturismo comunitario; y el Pacífico vallecaucano, que venía incursionando con éxito en los portafolios internacionales con propuestas basadas en biodiversidad y cultura afrocolombiana.
Los sismos, además de destruir infraestructura, fracturan la confianza y alteran la percepción de un destino. En turismo, la seguridad es un activo crítico. Cuando un país se asocia con imágenes de destrucción —edificaciones agrietadas y carreteras colapsadas—, la caída en la demanda resulta casi inevitable, aun cuando el daño abarque solo una parte del territorio. Las alertas de viaje y la prudencia natural de los viajeros generan una ola de deserciones, corriendo el riesgo de retroceder en mercados ganados gracias a estrategias como Colombia, el país de la belleza.
La responsabilidad estatal es clara: no solo debe recuperar la infraestructura colapsada —con seis aeropuertos averiados, como el de Pereira que reanudó operaciones con áreas restringidas, y una veintena de parques temáticos cerrados—, sino también restaurar activos culturales como museos, iglesias, hoteles y edificaciones patrimoniales. Ojalá que en esta intervención de infraestructura se tomen precauciones antisísmicas, ejecutando las obras de manera rigurosa, preservando los trazados urbanos, la identidad arquitectónica y la estética de la red de Pueblos Patrimonio.
La recomendación de gremios como ANATO, COTELCO y Acotur responde con sensatez a la realidad de miles de familias damnificadas: brindar efectivamente alivios tributarios, líneas de crédito y mecanismos de apoyo al empleo —como el Programa de Apoyo al Empleo Formal (PAEF)— para las empresas del sector. Es un hecho que, sin auxilios fiscales, irrigación de recursos, periodos de gracia reales y subsidios directos a las nóminas, la quiebra de muchos emprendedores será inevitable, generando más pobreza.
El Gobierno debe evitar centralizar el apoyo en las grandes ciudades, pues hacerlo condenaría a la ruina a los municipios periféricos que dinamizan las economías locales con turismo cultural, rural y sostenible. La reconstrucción demanda equidad, y allí entra en juego la capacidad estatal para llegar al microempresario rural: al caficultor que transformó su heredad en hotel boutique, al artesano que trabaja desde su hogar o al propietario de una pequeña fonda colonial. Su falta de músculo financiero no les permite soportar meses de inactividad comercial y de cierres viales.
La solidaridad de los viajeros también resulta crucial en estos momentos. Un gesto sencillo consiste en no cancelar definitivamente las reservas, sino reprogramar los viajes pendientes para seguir acompañando a estas comunidades. Su comercio depende estrictamente del gasto del visitante, bien sea en los pueblos cafeteros, donde cada taza servida sostiene a una familia, o en el Pacífico, donde cada noche de hospedaje financia proyectos comunitarios. Avianca, ANATO y COTELCO acaban de lanzar una campaña invitando a los viajeros a visitar, hospedarse, consumir y comprar en estos destinos para apoyar a las familias. Asumir este compromiso asegura una inyección de liquidez que la ruralidad andina y pacífica necesita hoy desesperadamente.
Esta propuesta se alinea con la profunda movilización civil y empresarial que caracterizó la atención inmediata de la emergencia. La tragedia demostró que la sociedad colombiana conserva una notable capacidad de cohesión, evidente tanto en el despliegue de voluntariados y donaciones ciudadanas como en la decidida respuesta del sector privado, reflejada en aportes corporativos de gran envergadura. Así, la decisión del viajero de seguir acompañando a estas regiones trasciende el simple consumo: se convierte en un reflejo de esa solidaridad, transformando el auxilio humanitario en el motor de desarrollo sostenible que los territorios necesitan para su reconstrucción.
La suerte de los territorios rurales que dependen del turismo está supeditada a que el Ejecutivo priorice la organización y la eficiencia técnica sobre el cálculo político y el espectáculo mediático, y la descentralización sobre el centralismo regional. Si actúa con oportunidad, despojado de sesgos ideológicos, y los viajeros responden con la empatía económica necesaria, la reconstrucción pasará de ser promesa a una realidad. Solo entonces se podrá contener la réplica silenciosa que golpea al turismo, y el presidente, al dejar atrás la telúrica polarización, podría lograr que su popularidad se vuelva sismorresistente.
En el sector: Una investigación patrocinada por Chase Travel, como socio principal de investigación, muestra que la inversión mundial en Viajes y Turismo superó el billón de dólares en 2025, con un crecimiento del 8,5 % interanual. Todo el sector superó el desempeño de la economía mundial en general y contribuyó con un récord de 11,6 billones de dólares al PIB global. Los resultados refuerzan la importancia de una inversión de capital sostenida para impulsar la creación de empleo, el desarrollo de destinos, la conectividad y el crecimiento económico a largo plazo,