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Dos Colombias

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Guillermo Rivera
06 de junio de 2022 - 05:30 a. m.
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El martes anterior hice pública mi decisión de respaldar a Gustavo Petro. Las consecuencias no se hicieron esperar: la noche del mismo martes, mi esposa, quien supo previamente de mi decisión y trabaja en una prestigiosa empresa privada, me confesó que tenía pánico de las reacciones que pudieran tener al siguiente día sus compañeros de trabajo, en especial sus jefes. Otra familiar, quien trabajó por años en el sector privado en Bogotá y está por fuera del país, me llamó para contarme que muchos de sus antiguos compañeros de trabajo le habían escrito a su WhatsApp y que la mayoría de los mensajes empezaban con la frase: “Qué decepción”, en referencia a mi reciente postura política. En algunos de los grupos de WhatsApp de los que hago parte publiqué un video que grabé explicando las razones por las que apoyaba a Petro sin que nadie comentara nada. Los que estuvieron de acuerdo solo se atrevieron a expresármelo en privado. Todo esto me pareció menor hasta que llegó mi hijo de sus clases en uno de los colegios privados del norte de Bogotá y me contó que varios de sus compañeros le dijeron: “Tu papá nos decepcionó”. Le pregunté cómo se había sentido y me respondió que desde la época en que me convertí en uno de los defensores públicos del Acuerdo de Paz había aprendido a sortear ese tipo de situaciones. En ese momento recordé que en aquel entonces una mujer muy bien vestida me gritó: “Guerrillero”, cuando él y yo salíamos de un café.

Al tiempo con lo que me ocurría en Bogotá, el video de mi apoyo a Petro publicado en Facebook registraba miles de mensajes de celebración provenientes de mis paisanos en el Putumayo. Uno de los líderes del paro cívico de Buenaventura del 2017 me llamó a decirme que se alegraba de mi ingreso a la campaña del Pacto Histórico.

Se trata de dos Colombias: una, prisionera de un temor atávico al cambio, que es fuertemente alimentado por esa idea de que el cambio significa una reedición de la historia reciente de Venezuela. Idea que ha sido sistemáticamente promovida desde los más altos círculos de poder. Para esta Colombia, quienes hemos disfrutado de la comodidad de los privilegios somos una especie de herejes si decidimos acompañar a Petro. La otra es la que vive indignada por sus cotidianas dificultades para ejercer sus más elementales derechos.

Si se observa el mapa electoral del domingo 29 de mayo se descubre que fue casi idéntico al del plebiscito por la paz. Las dos Colombias, una llena de temores y la otra llena de indignaciones.

No considero a Petro un líder infalible y me incomoda la actitud de su fanaticada. Sin embargo, sí creo que la Colombia que puede ejercer sus derechos debería voltear la mirada hacia la Colombia que tiene limitaciones y dificultades para ejercerlos. Es necesario que ponga en una balanza las razones de los temores propios frente a las razones de la indignación de los otros. Es urgente que entienda que nuestro futuro como sociedad será gris si los derechos siguen siendo un privilegio de unos y no el común denominador de todos. Un buen punto de partida sería el de no estigmatizar a quienes en democracia hemos querido ponernos del lado de esa Colombia indignada.

Guillermo Rivera

Por Guillermo Rivera

Guillermo Rivera es abogado de la Universidad Externado de Colombia y actualmente es profesor en esa misma universidad. Fue congresista por el Partido Liberal y fue ministro del Interior en el gobierno de Juan Manuel Santos.
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