¿Antiaborto = provida?

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Guillermo Angulo
05 de marzo de 2020 - 05:00 a. m.
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Me gusta la palabra provida: “A favor, en defensa de la vida”, y se puede usar de varias maneras: contra el aborto, olvidando que obligan a las mujeres que quieran abortar a hacerlo en lugares que la ONU califica de “clandestinos e inseguros”. También se puede decir que defender la libertad del aborto es provida, pues evita la muerte de las madres pobres. (Las ricas van a abortar al extranjero, en lugares de primera clase).

Si la noticia de liberar el aborto se hubiese vuelto realidad, hubiera sido un homenaje de verdad que los hombres les debemos a las mujeres, las verdaderas dueñas de sus cuerpos desde hace siglos.

Podríamos decir, parafraseando a López Michelsen al hablar del divorcio, que el aborto no va a ser obligatorio, que las que no quieran gozarán del derecho a no hacerlo.

La gazmoñería del presidente Iván Duque no asombra cuando dice: “Expreso mi opinión libremente y reitero que soy una persona provida; creo en la vida desde su concepción”. Y agrega no estar tratando de “minar la independencia de las instituciones”. Pero, “sin querer queriendo”, trató de influenciar la decisión de la Corte Constitucional, olvidando que hay casos, como la separación de poderes, en los que el presidente no puede opinar sobre lo que deben hacer el Legislativo y el Judicial —ni siquiera como persona—.

Como era previsible, el “presidente eterno” amenazó con “volver trizas” la posible sentencia que despenalizaría el aborto, usando su arma preferida: el referendo, alimentado a tuiterazos cargados de odio, de mentiras, y difundiéndolas entre la gente megáfono en mano. De pronto a ese referendo se le cuela “un articulito” que de paso cambie las incómodas cortes.

Hay una manía colombiana de tratar de suavizarlo todo con eufemismos, cambiando, por ejemplo, el terrible pero diciente nombre de “minas quiebrapatas” por “minas antipersona”, como si el nombre disminuyera el horror y el dolor del desmembramiento. Pero se alcanzó la cima de la creatividad malvada cuando se empezó a hablar de que el Ejército asesinaba a jóvenes pobres (ningún muerto del Chicó, La Cabrera o Rosales aparece en la lista). Entonces se inventó la expresión “falsos positivos”, dando la impresión de que era algo bueno, que desgraciadamente había salido mal —sin culpa y sin culpables—; una especie de fuego amigo, pero entre armados y desarmados.

Me conmueven las heroicas madres de Soacha, pero tengo la esperanza de que esta nueva conciencia provida sea cierta, de verdadero amor a la vida, y que los familiares de estas madres (que sólo han conocido ese ciclo abyecto de la muerte en el que los padres entierran a sus hijos) pudieran gozar del derecho a la vida y del libre aborto.

Recordemos esta definición que alguna vez leí en una publicación inglesa: “La vida sexual de los católicos la controla un soltero que vive en Roma”.

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