En 2008, Ron Howard dirigió un filme, Frost/Nixon, sobre la serie de cuatro entrevistas que sir David Frost le hizo en 1977 al ya retirado Richard Nixon (previo pago de USD$600.000). Recordemos que Nixon, antes de su watercaída, era el papa laico de la política estadounidense, y que todas y cada una de las palabras que reprodujeron en el largometraje (que no era un documental) fueron repetidas por el actor que hacía de Nixon, Frank Langella, tal como él las había dicho en las entrevistas originales.
En Los dos papas, la película de Netflix dirigida por Fernando Meirelles, la gran mayoría de lo dicho es ficción —y lo advierten—, pero la gente no lee los créditos, así que tiende a creer que todo lo dicho es verdad. Lo que convierte al guionista neozelandés Anthony McCarten en el verdadero protagonista de la película, dejando casi sin trabajo al director.
Yo no soy católico, pero me parece un abuso poner en boca de estos dos dirigentes de una iglesia que tiene 1.299 millones de seguidores, palabras que pudieron haber dicho, o no.
Es también excesivo recrear una entrevista que nunca tuvo lugar, como la de Castelgandolfo, entre Benedicto XVI, representado eficientemente por Anthony Hopkins —quien hace un buen papel sin llegar a las excelsitudes de su papel para En lo que queda del día— y Jonathan Pryce, quien inventa un Bergoglio creíble, ayudado por su gran parecido con el papa actual.
En la película son mostradas cosas que sí sucedieron, pero que no se pueden contar, como las interioridades de la elección papal, dirigida siempre por el Espíritu Santo. Y, sin embargo, el humo blanco no sale casi nunca al primer intento. Para escoger al papa Gregorio X, por ejemplo, los cardenales que asistían al cónclave estuvieron encerrados casi tres años en Viterbo.
Es ridículo e imposible que un mero cardenal saque a bailar tango al papa. Y menos aún que hubiera tenido oportunidad de enseñarle a emocionarse —pizza en mano— con un deporte que no le interesa, como el fútbol.
A Benedicto XVI, un tipo culto, un intelectual, le interesa más la filosofía y ejecutar al piano las partituras de sus músicos preferidos: Bach, Beethoven, Mozart.
En el recuento de los hechos que sí sucedieron, y que se muestran en flashback, le va mejor a Ratzinger, el hoy papa emérito, pues ni siquiera se menciona su pasado nazi, que lo llevó a ser detenido por los Aliados al final de la guerra.
A Bergoglio no le va tan bien, porque sí se habla de un error que permitió que la dictadura argentina detuviera, torturara y hasta matara a algunos jesuitas jóvenes, abandonados de la mano protectora de su superior, el entonces cardenal.
Perdonando todos estos pecados originales —o haciéndose de la vista gorda sobre ellos—, la película es agradable, se deja ver, sin ser una obra maestra.
A los argentinos —que no quieren mucho a Bergoglio—, no les va a gustar un chiste flojo que su personaje cuenta en la película: “¿Cómo se suicidan los argentinos? Se suben a su propio ego y desde allí se arrojan”.