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19 May 2022 - 9:50 p. m.

El necesario relevo de Uribe

Lo que más anhela buena parte de los colombianos es el necesario relevo de Álvaro Uribe. Incluso muchas personas que votaron por él la primera vez que se lanzó a la presidencia, tienen claro que sería un gran descalabro para el país que él siguiera manejándolo cuatro años más, por interpuesta persona, pues afianzaría su control de las instituciones y luego sería casi imposible sacarlo del poder.

Dado que la memoria es esquiva, vale la pena recordar hechos. Desde el 2002 y a lo largo de veinte años, Uribe ha manejado el país a su antojo, con excepción de la época de Santos, quien no quiso obedecer sus órdenes y llamó a un proceso de paz.

Recorrer los pasos del expresidente, hoy imputado ante la justicia por soborno a testigos y fraude procesal, es transitar por una maraña oscura rodeada de ilegalidad y crímenes. Su primer cargo de orden nacional fue la dirección de la Aerocivil. Cuenta en su libro Virginia Vallejo, pareja de Pablo Escobar, que el capo se lo presentó como el Doptor Varito, primo del clan Ochoa, y a quien Escobar llamaba El muchacho bendito por permitirles la primera expansión del narcotráfico, pues como director de Aeronáutica Civil les dio las licencias para las pistas y los aviones. Agrega ella que Escobar le dijo que, si no fuera él, «todavía estaríamos trayendo la pasta de coca en llantas de Bolivia y nadando hasta Miami para llevarles la mercancía a los gringos». Para algunos analistas, este hecho potenció como ningún otro a Colombia como gran exportador de cocaína en el mundo.

Vendría luego su paso por la Gobernación de Antioquia, cuando respaldó las cooperativas Convivir, que realmente fueron el apoyo legal para la irrupción nacional de las autodefensas, una de las agrupaciones paramilitares más sanguinarias del planeta, que desde su nacimiento ha tenido el respaldo de altos mandos militares, políticos y empresarios. Estos sectores vieron en su momento que los paramilitares eran la forma de combatir a las crecientes guerrillas, que nacieron como respuesta al autoritarismo político en el poder, que no permitía la existencia de oposición legal. Guerrillas que con el tiempo también se transformaron en aparatos inhumanos que, a través de prácticas como el secuestro, el reclutamiento forzado y el boleteo, concitaron el rechazo de la mayoría de la sociedad. Unos y otros han contado con los dineros del narcotráfico.

De su época como gobernador de Antioquia vienen las primeras denuncias a Uribe por sus nexos con hechos criminales. La Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado colombiano a pagar 3.500 millones de pesos a los familiares de las víctimas de la masacre de El Aro y La Granja, durante la cual los paramilitares torturaron, violaron y descuartizaron a lo largo de siete días. Diecisiete fueron las víctimas de lo ocurrido en esta región de Antioquia, sin que las Fuerzas Militares del Estado intervinieran. Uno de los ejecutores de la masacre, Francisco Villalba, quien estaba condenado por los hechos junto a Castaño y Mancuso, dio detalles de lo ocurrido ante la Fiscalía General de la Nación y el Congreso de la República. Señaló a Álvaro Uribe y a su hermano Santiago como directos ordenadores de la masacre. Villalba, al igual que el abogado Jesús María Valle, quien denunció los hechos ocurridos durante esta masacre y la connivencia del poder político y militar con los paramilitares, cayeron asesinados al poco tiempo de enfrentarse al entonces ya poderoso político Uribe. Cabe señalar que se volvió usual la práctica de perseguir o asesinar a quienes se atreven a denunciar delitos en los que estén implicados Uribe o sus cercanos.

De su paso por la Presidencia hay que recordar, entre otros hechos, que compró su reelección sobornando congresistas, contando además con el apoyo de poderosas fuerzas paramilitares en diversas regiones del país (los paramilitares llegaron a tener el control de más del 30 % del Congreso de la República; congresistas uribistas). Durante ese segundo periodo presidencial cobraron vida los llamados falsos positivos; el asesinato de más de seis mil jóvenes indefensos por parte de las Fuerzas Militares de Colombia para cumplir metas y obtener prebendas. Para el director saliente de Human Rights Watch, José Miguel Vivanco, es una práctica atroz, única en su género en el mundo.

En los últimos años del gobierno de su pupilo Iván Duque, el uribismo se ha dedicado a destruir el proceso de paz que se firmó durante el gobierno de Santos. Ha regresado la violencia a campos y ciudades; de nuevo las Fuerzas Militares se han convertido en enemigos de quienes reclaman sus derechos, y ha regresado la práctica de los mal llamados falsos positivos. En estos años, Uribe, Duque y sus aliados han nombrado fichas suyas en los organismos de control y han dinamitado así una característica fundamental de los regímenes democráticos: la independencia de los poderes.

Por lo anterior, y por mucho más (lo que toca Uribe lo daña), lo peor para el país sería la permanencia del uribismo en el poder, de la mano de su nuevo candidato, Federico Gutiérrez. Baste recordar de él una jugada: en coordinación con delincuentes de la llamada Oficina de Envigado, la alcaldía de Gutiérrez realizó un montaje cinematográfico de lo que pareció ser una eficaz persecución de asaltantes en Medellín, para mostrar a Gutiérrez como un héroe de la lucha contra la delincuencia.

Los candidatos del centro y la centro-izquierda no pudieron crear una propuesta creíble y atrayente. Alejandro Gaviria, por su inexperiencia, pasó de ser un excelente precandidato, a quemar las naves al día siguiente de su lanzamiento, al apoyar al exministro Carrasquilla, autor de la antisocial reforma tributaria que detonó el Estallido Social del 2021, al que Duque respondió a sangre y fuego. Sergio Fajardo, que en el 2018 se negó a aliarse con Humberto de la Calle, y perdió así la oportunidad de llegar a segunda vuelta por 300 mil votos, luego de esa primera vuelta guardó silencio, se fue a ver ballenas, y comenzó a dejar de ser una opción real; luego dejó pasar meses del Paro Nacional sin pronunciarse y se siguió desdibujando, para terminar con lo que cada vez se vislumbra más como su lamentable desempeño sobre Hidroituango. Los egos no le permitieron a este sector convertirse en alternativa de poder. Además, Humberto de la Calle, un candidato ideal, no logró consolidarse.

En el centro trata también de ubicarse Rodolfo Hernández, un populista que parecería tender más a la derecha (confesó admirar a Hitler); es agresivo e impulsivo, su único programa de gobierno es la lucha contra la corrupción, no obstaste tener abiertas investigaciones en su contra por corrupción, pero sube en las encuestas y en un momento puede llegar a tener el respaldo velado o abierto de la derecha, si el viejo zorro político Uribe ve que su candidato Federico Gutiérrez no avanza más, como ya lo ha hecho en otras ocasiones.

Queda entonces Gustavo Petro, uno de los más aguerridos opositores de la política de tierra arrasada impuesta por Uribe. Fue gran congresista; se contó entre los pioneros de las denuncias sobre el contubernio de parte de la clase política y empresarial con el paramilitarismo y el narcotráfico. Pero como alcalde de Bogotá dejó ver su incapacidad para trabajar en equipo, ocasionando que varios de sus más valiosos colaboradores lo abandonaran, por su carácter intransigente. Petro es un ser culto, formado, preparado, que tiene un programa de corte socialdemócrata y medioambiental. Cuenta con aliados capaces, éticos y aguerridos, como Iván Cepeda y Francia Márquez, entre muchos otros, y ha logrado despertar un entusiasmo entre amplios sectores no visto desde la época de Gaitán. Si Petro logra superar su principal defecto, confesado por él mismo, la soberbia (que lo ha llevado incluso a producir el rechazo de muchas mujeres por tratar de definir cuál es el feminismo que sirve y cuál no); si lo logra superar, y consigue oponerse a su carácter ególatra, podría construir equipo para sacar adelante un gobierno amplio de transición, que enrute a Colombia por caminos de democracia y paz. No será fácil, pero si lo logra, sentaría los cimientos para ello.

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