5 Jun 2021 - 3:01 a. m.

Empresarios, ojo con los jóvenes y la dictadura

Lo que comenzó a verse en las calles colombianas el 28 de abril fue una especie de despertar de primavera. Salieron a desfilar miles de ciudadanos inconformes, entre los que sobresalían centenares de jóvenes vestidos con inimaginables atuendos, disfraces y creativas comparsas. Salieron a exigir cambios elementales: derecho a la educación, al empleo, a la salud, a la vivienda, a la comida… Y que la corrupción y el crimen no sean el pan de cada día.

Las multitudinarias marchas, acompañadas de cantos, bailes, consignas y pancartas, tuvieron como respuesta represión violenta, detenciones ilegales, torturas, asesinatos y la acción conjunta de la policía con paramilitares protegidos por ella. Prácticas que se repiten y que con los días se asemejan a lo hecho por las más cruentas dictaduras del Cono Sur. Los trabajadores y los jóvenes han manteniendo su presencia multicolor en las calles por más de un mes. Algunos de ellos, enardecidos, en forma equivocada enfrentan la violencia con más violencia, y entre ellos se fue mimetizando una extraña variedad de infiltrados con el ánimo de destruir para producir aún más violencia.

Lo que hay en el fondo es el choque entre amplias capas de la población, que claman por una apertura democrática, y el sector más retardatario de los estratos dirigentes, que quiere mantener al país sumido en la injusticia y la desigualdad, y que se niega a negociar reformas con los manifestantes. Las encuestas muestran que Álvaro Uribe y el gobierno que dirige en la sombra, están en su peor momento. Sabe él que, si cae, posiblemente enfrentará procesos judiciales, y que él y los suyos perderán incontables privilegios. Por ello se empeña en conservar el poder, que logró expandir tomando las riendas de los organismos de control del Estado, mediante la compra de votos con cuotas burocráticas. El camino que ha tomado para sostenerse es la violencia, sin importar que se lleve por delante las instituciones del país, y que ese accionar genere tal caos, que acabe con las libertades fundamentales, las empresas, el empleo; que entremos en la peor recesión de la historia y seamos declarados parias internacionales, vetados por la comunidad internacional.

Esta respuesta violenta no es casual. Se comenzó a gestar cuando Uribe retomó los hilos del poder con el actual gobierno. Sus alfiles José Obdulio y Cabal llamaron generales enmermelados, genuflexos e inservibles, a la cúpula militar que acompañó el proceso de paz con las Farc. Luego los sacaron y pusieron al frente de las FF. MM. a nueve generales vinculados a los llamados falsos positivos, y el general (r.) que nombraron para hacer el empalme entre los dos gobiernos declaró: «prepárense porque vuelve la guerra». Al poco tiempo se multiplicó el asesinato de líderes sociales y excombatientes. Y los efectos de esta política empezaron a sentirse en las ciudades durante la noche de terror que buscaron crear a través de mensajes en las redes los mismos José Obdulio y Cabal, el 21 de noviembre del 2019, para sabotear el inicio del Paro Nacional.

Algo similar ocurrió el 28 de abril del 2021, al reiniciarse el paro. Ese sector de ultraderecha buscó expandir el terror y el miedo mediante videos, mensajes y noticias falsas alertando sobre desmanes de los manifestantes, injerencia extranjera en las protestas y posibles ataques a barrios y zonas, principalmente del Valle y el Cauca, que al parecer fueron escogidos como laboratorio para la paramilitarización de la vida ciudadana. Luego vendrían extrañas acciones de destrucción, ampliamente documentadas, en las que la policía desaparece de sitios claves de ciudades como Cali, irrumpe un extraño grupo de violentos, acaba con todo, y se esfuma.

Estamos en un momento decisivo. Queremos ciudades y pueblo militarizados, que se incremente por miles el numero de detenidos, desaparecidos, asesinados; libertad de prensa restringida, una justicia que obedece sólo a quien maneja los hilos del poder y una vida cotidiana plagada de miedo y terror, como en “Fahrenheit 451”, de Bradbury o “1984”, de Orwell. O construimos lo elemental en un estado civilizado: equilibrio de poderes, ciudadanos que viven sin miedo, y procesos de cambio y de reformas que vayan dando solución a las necesidades de las grandes mayorías. Un país donde los ricos no se sientan amenazados, porque los reclamos se pueden tramitar en forma efectiva por canales democráticos, y en donde haya posibilidades de avance para los más desprotegidos.

La alternativa es apoyar la facción anclada en el pasado; racista, clasista, en muchos casos implicada con el paramilitarismo, la corrupción y el narcotráfico, o escuchar las nuevas voces de los jóvenes y abrir las compuertas a la modernización del país.

Decía Séneca en Medea: “cui prodest scelus, is fecit”, (Aquel a quien aprovecha el crimen es quien lo ha cometido). ¿A quién le conviene y promueve que reine el caos? ¿No será a quien representa a los sectores retardatarios que se oponen al cambio? ¿No será a quien da hoy directamente las ordenes a los generales de reprimir? ¿No será a quien promueve romper el orden democrático, utilizando la violencia para construir un estado a su imagen y semejanza, en el que haga y deshaga a su antojo?

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