Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Tacuarembó y Medellín suenan tan distantes incluso desde el punto de vista fonético. Pero también geográfico, por supuesto. El uno, en el lejano y oriental Uruguay; el otro, en un valle cordillerano del occidente colombiano. Quiso el destino, sin embargo, que estas dos poblaciones tan remotas tuvieran un hilo en común cuando el hijo más improbable y reconocido del primer pueblo muriera en Medellín: Carlos Gardel. Y desde entonces la capital antioqueña es punto de llegada de tantos buscando los últimos rastros, el último aliento del mítico Zorzal criollo.
Vedia en Argentina podría ser otro nombre que se suma a la lista de casualidades. Y Leonardo Nieto Jardón, nacido allá, hizo una pausa en su inicio como empresario, y llegó a principios de los años 60 a Medellín para descansar y de paso conocer la ciudad donde había muerto su ídolo, y el de tantos de sus contemporáneos. Llegó y, sin pensarlo mucho, se quedó a vivir en esta ciudad y fundó el restaurante Versalles, donde intentó unir dos culturas gastronómicas, dos culturas en general, la argentina y la colombiana. Leonardo, tipo joven con muchas ganas y mucho fervor se fijó como una de sus principales apuestas construir una estatua para Carlos Gardel y montar el primer festival de tango, como bien se logró, al cabo de años de reuniones y trabajo, en 1968.
Todo ello planeado y ejecutado desde su restaurante. Porque Versalles fue más que un “comedero” cuando la gente de Medellín conjugaba ese verbo tan suyo: “Juniniar”. Al estilo de los cafés porteños, desde esas mesas del céntrico restaurante, se habló de tangos, pero también de libros; se “arregló el mundo”; se apoyaron apuestas cívicas, deportivas, culturales, periodísticas. Ya lo he dicho en otros espacios: la historia de Medellín de la segunda década del siglo XX no puede contarse sin Versalles. Y él, de paso, dejó de ser Leonardo Nieto y se tornó Don Leo.
Sin embargo, el mayor legado que le dejó a la ciudad Leonardo Nieto o su principal apuesta fue el Festival Internacional de Tango -FIT-, que se realizó desde aquel 1968 hasta finales de los años 70, y que se retomó bien entrado este siglo. Porque en ese camino de construir y de consolidar una cultura tanguera en Medellín, hubo otras tareas conexas que Nieto adelantó, como la fundación de la Casa Gardeliana en el barrio Manrique, o la Sociedad Gardeliana, entre otras instituciones, creadas para disfrutar y cultivar el amor por la canción ciudadana.
Así que, si bien se habla de Medellín como uno de los lugares más icónicos del Tango, Leonardo Nieto es en gran medida -si no el mayor- responsable de que así ocurra.
Nieto Jardón nació, pues, un 26 de enero del 26, en Vedia, Argentina. Y ahora, para conmemorar el centenario, valdría la pena pensarse que el FIT lleve su nombre: Festival Internacional de Tango Leonardo Nieto. Desde el amor y el aprecio que le tuve a don Leo, y desde el amor que le tengo al Tango -tema del que he estudiado su evolución en la ciudad- propongo que la Alcaldía o el Concejo distrital tome esta importante decisión: y que, mediante Acuerdo o Decreto, a partir del mes de junio, el festival lleve su nombre. Sería el mayor homenaje para quien, no solo quiso unir dos culturas, sino fue un hombre que amó entrañablemente esta ciudad, este país. Como “biógrafo” del restaurante Versalles -acaso el hijo más querido de don Leo- me pongo a disposición.
Medellín necesita nuevos referentes; tenemos que sacar del imaginario nombres que no le han aportado nada a nuestra cultura. Pensar, evocar, mencionar el nombre de Leonardo Nieto sería una buena forma de empezar a ir borrando ciertos fantasmas de nuestra historia reciente.
