Sustantivo tan fácil de pronunciar. Es sencillo. Un leve esfuerzo de la lengua que se pega al paladar en busca de la “a”, y luego se resbala pronta hacia el último vocablo “o”.
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Sin embargo, cómo cuesta verbalizarlo. Hacerlo acto, acción: dialogar.
Algo simple, se diría: sentar a dos o más, con posturas diferentes, con miradas de mundo diferentes, con culturas diferentes, incluso con formas de expresión diferentes. Bastaría decir, se supone, que van a respetar unas reglas mínimas y que luego se batirán en duelo de argumentos, de exposiciones de hechos; que expresarán libremente sus puntos de vista, sus emociones, y que, tras debatir un rato prudencial, comenzarán a buscar posibles puntos de encuentro. Que al cabo de un tiempo pasarán de buscar los puntos que los separan a encontrar los que acerquen.
Desde la etimología, se pensaría que tampoco es tan difícil entenderlo: diá-lo-go. Algo así como la construcción de un conocimiento a través de la conversación, entre dos. Es posible pensar que desde el origen se ha pensado este proceso como complemento entre diferentes: el yin y el yang que, siendo opuestos y sin embargo conforman un todo.
Diálogo. “Di-algo”, podría ser el inicio. Si no es posible encontrar acuerdo para decidir quién arranca o quién continúa, un tercero podría ser el que marque ese arranque. Seguramente en ese que principia se cumpla aquello de que “quien pega primero pega dos veces”; o a lo mejor el segundo sabe y quiere esperar la acción para encontrar una reacción certera. Y a lo mejor en ese diálogo, como se dice, al principio sean tan fuertes las diferencias, pero de tanto hablar y hablar y exponer y exponer y mostrar y mostrar, terminan por encontrar las convergencias.
Ha habido tantos diálogos famosos. Yo, de chico, siempre escuché la espera de uno: el de Reagan-Gorbachov; otro ansiado que a diario salía en los telenoticieros: “El de Yaser Arafat y el nuevo primer ministro israelí”. Y estos últimos a veces se sentaron, pero siempre tuvieron una razón para levantarse de la mesa.
En Colombia llevamos 210 años de revueltas, desencuentros, rivalidades y batallas. Pocas veces, pocos meses, de diálogo: realistas y patriotas, santanderistas y bolivarianos, gólgotas y draconianos, federalistas y centralistas, religiosos y laicos, liberales y conservadores. Y luego de sus disputas, unas en el campo militar, otras en el retórico, algo lograron cuando se cansaron de enfrentarse: breves períodos de armonía, tras armisticios o el inicio de una nueva constitución.
Desde hace unos 50 años, el Estado colombiano y los alzados en armas también han intentado diálogos. Ha habido sucesión de nombres de los lugares de encuentro, pero pocos resultados: en La Uribe, Caracas, Tlaxcala, Maguncia, El Caguán… tantas razones para levantarse de la mesa: un atentado, un autoatentado quizá (no siempre el que se sienta a conversar está del todo convencido, o no siempre el otro quiere realmente ceder, aunque acepte sentarse).
Hubo uno reciente, en La Habana. Fue tedioso y parecía que no “iba pa’ ningún Pereira”. No se resuelven de una vez tantos desencuentros, odios y desconfianzas en cuestión de unos días. No es fácil ceder, aceptar la versión del otro. No fue perfecto, pero se han salvado tantas vidas.
Estos días hubo un encuentro: un sacerdote noble y un hombre curtido en el poder. La mesa se veía desbalanceada. Basta mirar una fotografía para notarlo. Quedaron más preguntas, nuevas preguntas de ese encuentro; que, como el dicho popular, no alcanzó ni para “diálogo de sordos”. Pareció más un monólogo.
Y sin embargo, pese a todo, hay que empezar a valorar algo. Se encontraron. Puede ser un inicio.
El único camino hacia la reconciliación en Colombia es que seamos capaces de encontrarnos y dialogar. Y si no se llega a acuerdos, al menos construir desde esas diferencias…