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Encarcelados

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Guillermo Zuluaga
30 de enero de 2021 - 03:00 a. m.
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Encadenados en eternos privilegios y tantos prejuicios, muchos colombianos siguen clamando, añorando, pidiendo e insistiendo en cárcel para todos. Cárcel para quien se pasa un semáforo en rojo, como también para el que se robó un plátano en el supermercado o para la mujer que insultó a la vecina.

La cárcel es, al parecer, el remedio infalible para todos los males de Colombia: para los grandes como la corrupción y el poco respeto por la vida, y para los comunes como las riñas de barrio; cárcel, pues, para los mortales y para los veniales. Como si en aquel lugar estuviera la varita mágica para resolver los problemas de este problemático país.

En especial, ese “remedio” se pide más para quienes cometieron delitos políticos, como los exmiembros de las guerrillas que se han desmovilizado en los últimos años.

Es muy probable que ese deseo de castigar —al otro, por supuesto— esté en el alma colectiva y sea resultado de tantos siglos de utilización de tales prácticas. Lo del castigo viene desde el primer gran código de Ur-Nammu, que tiene unos 5.000 años, también del de Amurabi, más reciente, cuya filosofía consistía en el “ojo por ojo”, donde se mataba o se descuartizaba para compensar el daño. Luego, la pena pasó a ser la pérdida de la libertad. Y desde finales del siglo XX se viene pensando en otras posibilidades, que siempre han aplicado pueblos indígenas o tribus africanas. Algunas sociedades más avanzadas y progresistas han dejado de pensar en el castigo y se buscan penas alternativas menos basadas en la venganza y más desde el perdón, la restauración y la reconstrucción del tejido social.

Sobre ello debería estar reflexionando el país, porque en Colombia se vive una crisis carcelaria desde hace mucho. Según la Defensoría del Pueblo, hay cárceles para 80.000 presos donde la cifra de detenidos alcanza 124.000; o sea que hay 44.000 personas más de las que se pueden recibir o, para quienes gustan de las estadísticas, el hacinamiento supera el 50 %.

El INPEC —que, también valdría decirlo, es un poco parte del problema— sostiene que el hacinamiento de las 138 cárceles colombianas llega al 55 % y que en solo una de ellas, la de Bellavista, supera el 300 %.

Otro dato significativo, según la Defensoría, es que en 2015 teníamos 120.000 reclusos y en 2020 llegamos a 124.000. Total: quizá la cárcel no asusta a los colombianos, que parecemos seguir el modelo estadounidense, atado al código de Amurabi, que aún aplica la pena de muerte y la cadena perpetua.

Pero en nuestro país valdría pensar y ensayar algunas apuestas de la estrategia de Noruega, al decir de expertos, el mejor país para estar preso. A principios de la década de 1990, el sistema correccional de aquel país se sometió a reformas de fondo para enfocarse menos en la venganza y más en rehabilitación. Allí, la prisión de alta seguridad de Halden (ver BBC Stories, julio de 2019), 120 kilómetros al sur de Oslo, es quizá su mejor ejemplo de cómo se trata a los privados de la libertad, donde se establece que, pese a estar presos, siguen siendo humanos. El modelo noruego piensa hasta en la arquitectura, y Halden parece más un campus universitario, construido para menguar la sensación de encarcelamiento de los internos, reducirles el estrés y hacerlos sentir en armonía con la naturaleza.

Noruega, además, revisó el papel de los guardias, que son más motivadores que carceleros, y los presos reciben diariamente programas de capacitación y educación. Los “funcionarios” —así los llaman— tienen que estar bien educados y su período de entrenamiento es de dos a tres años, buscando disminuir la corrupción. En Halden hay más “funcionarios” que presos. Allí, se mezclan en actividades con los reclusos todo el tiempo, incluso con los familiares visitantes, que son muy frecuentes, y hay y una premisa: “Si en la prisión los tratamos como animales, entonces estaremos soltando animales en tu calle”. Según el artículo referido, “el modelo ha sido tan exitoso que la reincidencia ha disminuido 20 % después de dos años y cerca del 25 % luego de cinco años”.

Lo de Noruega contrasta diametralmente con nuestra realidad: las cárceles en Colombia —y en gran parte de Latinoamérica— son lugares donde la dignidad humana es si acaso un concepto y los presos padecen los vejámenes más inimaginables en cuerpo y alma, al punto de, por ejemplo, tener que pagarle a un “cacique de patio” para tener el privilegio de dormir en el piso de una letrina. Porque nuestras cárceles no son centros de rehabilitación, sino de delincuencia y pillaje donde se siguen cometiendo crímenes y delitos, muchas veces en connivencia con los guardias. Bastaría ver Marginal —exitosa serie de Netflix producida en Argentina, pero perfectamente adaptable a nuestra realidad— para entender que esos sitios, al fin y al cabo, son un reflejo de la sociedad. Y en la nuestra se ha perdido el respeto por la vida y la dignidad humana, pues todo tiene un precio.

En las sociedades modernas, al menos en teoría, lo importante es la resocialización del condenado. Podría decirse que el noruego es el modelo soñado para aplicar aquí. Claro está que tomarlo al pie de la letra es algo utópico. Aún no estamos preparados seguramente para que presos y guardias anden de la mano, recitando frases de autoayuda y entonando letanías en patios y pasillos. Sin embargo, sí podríamos tomar algunas de aquellas experiencias y aplicar, por ejemplo, otras de las usadas por tribus indígenas en nuestro territorio, esas que a veces, desde nuestro etnocentrismo, nos parecen jocosas, pero que terminan siendo tan ejemplarizantes y efectivas entre ellos.

Colombia debería jugarse a fondo o al menos ensayar otros modelos punitivos que vayan más allá de la privación de la libertad. Estos son muy amplios: casa por cárcel, libertad vigilada, trabajo social, multas, impedimentos para contratar con el Estado y, uno muy importante, la justicia restaurativa, que busca el perdón y la recomposición del tejido social.

Por tanto, pensar en penas alternativas podría solucionar en algo la difícil situación de las cárceles en Colombia y, de paso, enviaría un mensaje sobre la construcción de una nueva sociedad más pensada en la reconciliación y el encuentro.

Claro que para que esto se logre se requiere un cambio en la mentalidad de los gobernantes y, por tanto, una alta inversión del Estado —como lo hace Noruega—, y quizás esto lo explica todo: aquí no la ha habido. Al parecer, no la hemos querido. Preferimos seguir encarcelados por el atavismo de la venganza.

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Miguel(mqtze)31 de enero de 2021 - 01:58 a. m.
Entonces, siendo Colombia gracias a sus dirigentes, el pais más corrupto del mundo, el problema no es la cárcel, sino la falta de cárceles idoneas y en las que no haya hacinamiento. Que quepan todas las ratas de cuello blanco y no más casa por carcel para ellas, ya que en este pais no existe la pena de muerte
Jose(46118)30 de enero de 2021 - 05:28 p. m.
Don Montecristo Santuario y Zuluaga . Según el ultimo censo carcelario de Octubre de 2020 en Cárceles Colombianas tenemos 9.700 Extranjeros Venezolanos.
Jorge(9730)30 de enero de 2021 - 05:03 p. m.
La cárcel resulta inocua como la venganza ad infinitum. Hay que tocarles el bolsillo, los bandidos no tienen alma.Les duele los $$$$.
Usuario(53525)30 de enero de 2021 - 04:46 p. m.
Ya es hora de pensar en algo mas productivo para la sociedad que las carceles, un preso puede producir <algo> ya sea física o mentalmente. De quien depende el repensar el castigo en nuestro país, obviamente del Estado, por favor hagan algo. Así sea arreglar las calles, carreteras; construir un puente etc. Lo que están haciendo es: usted actua contra la ley y el estado le da comida y dormida.
Humberto(12832)30 de enero de 2021 - 03:55 p. m.
si se habla de cambio de mentalidad en los gobernantes a Duque habría que proponerle una protesis de cerebro con la que proponga el mismo castigo a sus enemigos y a sus amigos por aquello de que "quien la hace la paga" . Que no sea un cerebro esquizofrénico ni entrometido en lo que no le toca; el es el ejecutivo y tiene que respetar, cosa que no ha hecho y parece que no lo hará, en el judicial
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