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Evocando a Albeiro Roldán

Guillermo Zuluaga

05 de septiembre de 2021 - 10:00 p. m.

La fecha 28 de agosto pasó inadvertida para el sector cultural de Medellín. En ese día se cumplieron 30 años de la fundación del Ballet Folclórico de Antioquia, una de las instituciones más queridas y representativas de Colombia.

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Desde su aparición, en agosto de 1991, este Ballet ha visitado más de 20 países, representado a Colombia en importantes eventos y se ha ganado varias veces galardones que lo señalan como uno de los mejores, entre ellos la Medalla de Oro en las Olimpiadas Mundiales de Folclor Estilizado, en Dijon (Francia), en 1998.

Y ha vivido momentos difíciles —como cualquier entidad cultural en Colombia—, claro, pero ha tenido la templanza para no perder el ritmo y mantener el paso, no obstante vicisitudes normales de colectivos culturales y humanos.

Y sin embargo, la falta de memoria con lo que significa la evolución de estas instituciones, al tiempo, le hace compás a la ingratitud, podría pensarse.

Porque además de que no se valoran tres décadas en escena, de paso, se va relegando al olvido a quien fuera alma y motor durante los primeros años. Se trata de Albeiro Roldán Penagos, quien entregó lo mejor de sí para que esta ciudad y este país tuvieran una gran institución que alegrara los sentidos y fortaleciera la identidad colombiana.

“Albeiro y el BFA eran uno solo”, han dicho algunos de sus primeros miembros. Y cuando lo recuerdan, sobran los calificativos. Soñador, agorero, exigente, altruista, impetuoso, místico, irreverente, desorganizado, carismático, esnobista, comprometido con su entorno y su gente, creativo… en fin, dicen quienes lo conocieron que en su cuerpo menudo cabía una vida intensa y un artista en el sentido de la palabra.

“Albeiro era a la vez un bacán, un sollado, un parcero, un dandy muy creído, muy sencillo, mal chofer, muy enamorado, muy simple, le encantaban las flores, a veces bravo, a veces tomándose unas copas, lo vi renegando del Ballet, lo vi llorando por el Ballet, lo vi viviendo y lo vi muriendo”, me dijo, en 2007, Farley Velásquez (q.e.d.p.), director del Teatro Hora 25.

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Artista que fue, Albeiro tuvo en el barrio Manrique su primer escenario. En la mente de sus habitantes pervive la imagen de un chico apuesto e inquieto, que desde muy niño se encargaba de organizar eventos. “Nos encaramaba a una plancha, hacía fiesta, hacía de payaso, de títere, de animador. Fue la alegría”, recuerda Héctor, su hermano mayor.

Según Teresa Ochoa, profesora en un colegio de Prado Centro, “era de admirar” por su trabajo cultural en una zona estigmatizada y marcada por la violencia.

Albeiro era el menor de nueve hermanos: cinco mujeres y cuatro hombres. Nació el 25 de marzo de 1967 en el hogar conformado por Benjamín Roldán, de Santa Rita, Ituango (primo de Antonio Roldán, quien más adelante sería gobernador) y Ofelia Penagos Rodríguez, de Toledo. Su madre fue profesora de preescolar y con ella Albeiro inició sus estudios, que continuó en la Escuela República de El Salvador, donde, como cualquier chico, jugaba fútbol y se aficionó por las series televisivas. Y cuando llegó a la adolescencia, demostraba cada vez más afición por la danza. “Tendría ocho años y ya era ágil para el baile de temas de Celia Cruz, Los Corraleros, Lucho Bermúdez, Pacho Galán y para el rock ‘n’ roll… se movía bien, alegre, se integraba”, recuerda su hermano. Y esta habilidad se hizo notoria aún más en los escenarios del colegio.

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Creció en Manrique entre tangos y milongas, ritmos que mandaban la parada en el barrio; gustó de la salsa, que con sus timbales y trompetas calaba en la juventud; le cogió el ritmo a la música disco, al rock ‘n’ roll y las baladas rockeras, que tanto disfrutaban sus amigos.

En contraste, la música folclórica iba perdiendo espacio y empezaba a ser rezagada y vista con cierto aire despectivo, especialmente en las ciudades, donde la juventud la asumía como tema de viejitos y campesinos.

Y no obstante no se dejó llevar por la moda y se la jugó por lo autóctono. En 1990, con 23 años, era profesor y además director de grupos de danza en la Universidad Cooperativa, el Banco Popular y Suramericana de Seguros.

A finales de la década del 80, Albeiro, con el apoyo de un grupo de amigos que creyeron en él, montó el Tipballet. Allí empezó a conocerse al intrépido, impetuoso e irreverente si se quiere. Y comenzó a perfilarse el hombre soñador de grandes metas. El Tip sería su ensayo, pues él soñaba con algo más estilizado.

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En 1991 —el año con más muertes violentas en Medellín—, mientras la ciudad ardía en carrobombas y masacres de jóvenes en las laderas, Albeiro se montó en el proyecto de un gran ballet y fijó una fecha para su primera función. No tenía dinero, pero sí muchas ganas que irradiaba a los cercanos. Involucró a su familia, vecinos y alumnos. En su casa y algunas vecinas, la gente se dedicaba por turnos durante 24 horas a coser faldas, blusas, camisas y cotizas, mientras los muchachos seguían entrenando en las salas y terrazas de pisos burdos. Y el 28 de agosto, en el mismísimo Teatro Metropolitano de Medellín, por vez primera se presentó el Ballet Folclórico de Antioquia. Ese día hubo muchas lágrimas, producto más de la emoción y de la alegría y no por las zozobras que recorrían las calles.

El BFA le dio reconocimiento, pero muy pocos recursos. Sin embargo, su tenacidad lo llevó a conseguir prontamente una sede en una vieja casona del barrio Prado. Y como su proyecto de vida lo empujaba a algo superior más allá del lucro y la acumulación, a mediados de la década de los 90 afloró su sentido solidario cuando se cruzó por su frente el Teatro Hora 25, que lideraba otro quijote como él, Farley Velásquez, y le brindó un espacio en la casa, para sus ensayos. Teatreros, bailarines y músicos se tropezaban en salones y pasillos. Y mientras la muerte seguía enseñoreándose en las esquinas, ellos, adentro, seguían viendo en la música y las artes una posibilidad de una ciudad más comprometida con la alegría y la vida.

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La vida de Albeiro fue muy corta. En junio de 1997 —con 30 recién cumplidos— fue el coreógrafo de Spalprum Aetheris, espectáculo inaugural del Festival Internacional de Arte, de Medellín. Y al mes, abría con el Ballet, los Panamericanos de Gimnasia. Días después, primer fin de semana de julio, fue encontrado sin vida en el apartamento donde vivía. Sus compañeros lo despidieron en medio de danza, música y teatro, que eran sus aficiones.

Albeiro Roldán murió y quizá nunca supo que su quijotada aún pervive, porque muchos de esos muchachos continuaron, como una forma, además, de honrar su existencia.

Tampoco habría de saber que, a punta de rebeldía, de arte, es uno de esos responsables de que la ciudad no se derrumbara en aquellos, los años más difíciles de Medellín.

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