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26 Jun 2022 - 5:30 a. m.

Expectativa

Parecía sinónimo de apocalipsis. De un lado se hablaba de que si ganaba aquel candidato entonces el país acabaría entregado al castrochavismo, al comunismo, a lo peor de la izquierda atea, conocida y por conocer.

Del frente también se hablaba de otro apocalipsis. Como ganara este, sería continuar en las sendas del fascismo, de la muerte, de las garras del narcotráfico, del neoliberalismo salvaje.

Sin mencionarla, la palabra cobró gran fuerza en los últimos días, pero no como posibilidad de tantos sueños, tantas esperanzas, sino de tantos miedos, tantas zozobras.

Unos y otros estábamos en la antesala del Averno.

Y a esos ánimos caldeados se les sumaban propuestas ambiciosas, populistas de un lado y del otro: de uno, proponer casi la redención eterna a los males, y de la otra castigar sin piedad, ahora sí (pero con ellos mismos), a los propiciadores de esos males.

Y así, en semejante entorno, la gente salió a votar el domingo 19 de junio, el voto tenía este simbolismo: una apuesta por una Arcadia, un paraíso terrenal, o votando en contra de esa hecatombe, de esa sin salida que proponía el del frente y al cual había que derrotar a como diera.

El voto era pues, sin duda, un pasaporte al reino de los cielos o al más mísero de los infiernos.

Expectativa. La palabra recobraba tanto significado, como quizá nunca antes en la historia reciente de Colombia.

Apoyé una campaña y madrugué a votar sin muchas expectativas. Eso sí, invoqué a tantos líderes sociales y ambientales muertos durante los últimos años; pensé en todos esos desmovilizados de grupos armados que entregaron armas y que le apostaron a la paz, pero que fuerzas oscuras les arrebataron su deseo de cambio, de reintegrarse a la sociedad; voté, acompañando a los estudiantes de las universidades públicas ―a las que pertenezco y debo lo que soy―; voté pensando en los campesinos de mi pueblo, y de tantos pueblos que en estos últimos años han tenido que vender sus tierras, a abandonar sus cultivos porque los precios de los insumos agrícolas y la presión inmobiliaria los tienen ahogados y han tenido que dejar de cosechar; voté pues, con ellos, en coherencia con lo que soy y a lo que me debo; como un tributo a esos que ya no están y que a lo mejor hubieran estado a mi lado soñando, ahora sí…; voté pensando en un presidente que ponga la vida ―humana, vegetal, animal― por encima de todo.

Y partiendo de un supuesto: y es que la ilusión o desilusión es directamente proporcional a la expectativa.

He sido un poco descreído, así que no me hago muchas expectativas, y esta semana cuando el candidato por el cual voté y confíe salió victorioso, muchas personas con cierta ironía me han dicho: sí, ahora sí vas a vivir sabroso, ahora sí lloverán ríos de leche y miel en Colombia.

La verdad, sé que no estoy en esa Arcadia. No me hago muchas expectativas: conozco un poco la historia de Colombia, conozco un poco las trastiendas del poder, he padecido el poder, he caminado algo este país en los libros y en muchas de sus veredas. Por lo tanto, si el presidente logra con su equipo de gobierno, con el Congreso, poner por encima de todo la vida; si el presidente, en términos ambientales, piensa más en desarrollo sostenible que en progreso; si le quita un poco de recursos al Ministerio de Defensa y se los pasa al Ministerio de Educación, me doy por bien servido; si logra humanizar las Fuerzas Armadas y les hace entender que los estudiantes y obreros, y campesinos indígenas, negros, que salen a marchar no son enemigos, sino personas que tienen otras aspiraciones, otras ilusiones, quedaré muy satisfecho.

Mi expectativa es que a Dimar Torres, Dylan Cruz, Lucas Villa, Santiago Murillo, entre muchos otros, que soñaban que todos viviéramos más sabroso —o sea más dignos, con mejor educación y salud, y más tranquilos— siempre los recordemos, que valoremos sus vidas y tratemos de que esos sueños de ellos los logremos para todos.

Si el nuevo gobierno pone por encima la educación, la salud, el medio —ya solo nos queda medio— ambiente, ya habrá logrado bastante de cara a los próximos tiempos.

Quiero vivir sabroso, como hasta ahora lo he hecho. He sido un privilegiado: porque disfruto mi oficio, tengo salud y nunca me he hecho muchas expectativas. Ahora quiero que millones de colombianos que no han vivido como yo, también empiecen a disfrutar los privilegios que yo, o al menos poder soñarlos. Porque hasta ahora, para muchos ni siquiera fue permitido soñar un país distinto.

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