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El año que llega

Gustavo Duncan

06 de enero de 2009 - 06:48 p. m.

COLOMBIA ES UN PAÍS DONDE LA POLÍtica se vive de manera intensa, pero 2009 parece ser un año particular por toda una serie de acontecimientos impostergables que implican cambios de largo plazo. Se trata de la definición de situaciones de poder que vienen decantándose desde hace mucho tiempo y que durante el transcurso del año deberán mostrarnos a los colombianos la evolución de la historia política del país.

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En primer lugar está el tema de la continuidad del gobierno de Uribe. La reelección definirá las coaliciones al interior de la clase política. La apuesta de Uribe por un tercer período tendrá su resistencia en muchos sectores de poder que actualmente lo apoyan. Por un lado, estarán los Vargas Lleras y los Santos que aspiran a suceder al Presidente y no querrán postergar durante otros cuatro años sus aspiraciones. Ellos saben además que están montados sobre la popularidad de Uribe, y que esa popularidad para 2014 puede estar hecha trizas por el desgaste propio de tres períodos presidenciales. Se convertirían ellos en víctimas por tanto esperar en la fila.

Por otro lado, muchos sectores pro-uribistas urbanos comenzarán a desconfiar de un líder que desprecia el sistema de controles de la democracia. Los empresarios y propietarios de los medios de comunicación pensarán dos veces respaldar un tercer período de Uribe si éste significa un riesgo demasiado alto para sus negocios. No hay que olvidar que durante la caída de Fujimori en el Perú la crisis política arrastró a la economía consigo.

En últimas, la decisión de Uribe por presentarse a las elecciones de 2010 lo que entrará a definir es el peso de la clase política profesional en la estructura de poder nacional. Uribe es en esencia un político regional y su soporte fundamental para mantenerse en el poder provendrá de la clase política a la que él pertenece. El distanciamiento con sectores nacionales marcará a su vez una ruptura aun mayor entre empresarios, medios de comunicación y políticos nacionales (Vargas Lleras y Santos) con la clase política profesional que maneja el Estado colombiano.

En segundo lugar, está el tema de la continuación de los logros en seguridad. El avance contra las Farc está llegando a un punto de estancamiento. Los éxitos son incuestionables y el país es otro con respecto a lo que era durante la amenaza guerrillera en 2002. Pero una cosa es expulsar a las Farc de Cundinamarca y las zonas estratégicas del país y otra es preparase a enfrentar a una guerrilla que se acoplará a tácticas insurgentes clásicas en selvas de coca y a operaciones de retaliación en las ciudades (terrorismo y magnicidios). Si alguna estrategia se ha mostrado inoperante es la de la fumigación de los cultivos de coca. En la base social cocalera tienen las Farc los recursos físicos y humanos para continuar la guerra. ¿Será capaz el Gobierno de cambiar radicalmente su estrategia de guerra y ganarse a los colonos del sur a su causa? Lo dudo mucho.

Un último tema es el reciclaje paramilitar. El narcotráfico está más vivo que nunca y necesita de ejércitos privados para garantizar la protección e inmunidad necesarias. Luego de tres décadas de guerra estos ejércitos tienen el conocimiento para controlar territorios extensos al margen del Estado. No se conformarán con bandas de sicarios. ¿Podrá definitivamente el Gobierno reversar el control de los narcos en las regiones? También lo dudo y creo que estamos ante el surgimiento de una nueva generación de poderosos capos de la droga delineando el futuro del poder político en las provincias.

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