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El centro también apesta

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Gustavo Duncan
27 de mayo de 2009 - 03:13 a. m.
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MUCHOS COLUMNISTAS, ENTRE LOS cuales me incluyo, hemos satanizado a la clase política de las regiones colombianas.

La hemos presentado como una amalgama de clientelismo, corrupción, narcotráfico y violencia. Y salvo las respectivas excepciones de cada caso, no creo que exista razón para cambiar la visión que se tiene de los políticos de la periferia.

En lo que los columnistas hemos sido indulgentes es en la formación de una opinión acerca de la clase política del centro, aquellas figuras públicas que tienen una proyección pública nacional y ejercen o aspiran a ejercer cargos de decisión importantes para el país. Esa indulgencia no viene de ahora. Históricamente Colombia es un país que ha tratado con benevolencia a sus líderes nacionales. Por ejemplo, el ex presidente Misael Pastrana Borrero tuvo vínculos con mafias de esmeralderos, Álvaro Gómez ovacionaba en plaza pública al gamonal asesino de Trujillo Leonardo Espinosa y Julio César Turbay fue jalado de las orejas por Estados Unidos por su vínculo con narcotraficantes. Nada de eso ha merecido un juicio, al menos para la historia, sobre la responsabilidad política de estos personajes.

Sin embargo, desde el escándalo del proceso 8.000 la situación parecía haber cambiado. La prensa estuvo a punto de tumbar al presidente Samper. Y al día de hoy los medios son estrictos en denunciar cualquier irregularidad o indelicadeza de los líderes nacionales. Nada es pasado por alto. Pero se han quedado cortos no en los detalles puntuales, sino en la forma general que tienen los líderes del centro de ejercer el poder político. Se cuestionan sus actuaciones concretas, pero se es demasiado laxo con la ética que hay detrás de las alianzas que se construyen para poder gobernar el país. No se entiende cómo, si se cuestiona a la clase política de la periferia por actuaciones contra toda legalidad, no se cuestiona a los políticos del centro que gobiernan con ellos, hacen campaña política con ellos y hasta roban con ellos.

De allí que Colombia haya llegado a ser un país en que no hay candidato viable a la Presidencia sin el respaldo de políticos comprometidos con clientelismo, droga, violencia, corrupción, etc. Desde Gaviria uno puede aceptar la legalidad de los sucesivos presidentes, pero es imposible no reparar en la ilegalidad de aquellos con quienes gobernaron. Y la prensa ha hecho muy poco para que los políticos del centro no opten por esa salida cómoda de establecer alianzas non sanctas con líderes regionales que preservan un orden criminalizado de la política y demás relaciones sociales.

El costo de esa indolencia ha sido muy alto, no solamente para la mayoría de las regiones del país, sino en el mismo centro de poder. Ahora los balances de fuerza han cambiado. No se trata de que desde las regiones exijan algún tipo de autonomía en el ejercicio del poder local a cambio de respaldo para asegurar votaciones nacionales. Se trata de las instituciones del Estado central, de los partidos políticos y del mismo oficio de la política de medios, que comienzan a verse delineados por los contenidos y las formas de quienes tienen la fuerza para reclamar un espacio en el poder nacional desde las regiones.

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