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Élites emergentes y sumergentes

Gustavo Duncan

17 de febrero de 2009 - 11:00 p. m.

EN NUMEROSOS FOROS Y TEXTOS se escucha nombrar el surgimiento de una clase emergente en Colombia para hacer referencia a sectores del narcotráfico que, además de demostrar una capacidad económica superior, reclaman su respectiva cuota de poder político y reconocimiento social.

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León Valencia incluso ha hecho alusión al término lumpen-burguesía para denominar aquellos viejos y nuevos miembros de las élites regionales que a partir de la violencia, la corrupción y el tráfico de drogas, surgieron como un nuevo poder en el panorama nacional.

¿Se trata esta clase emergente de la ampliación del espectro de las élites colombianas? Ciertamente el narcotráfico y las armas se convirtieron en partes fundamentales del poder político y de la definición del prestigio social, pero no fue un proceso simple. Se trató más bien de la transformación de la estructura de élites del país. Así como se dio el caso de sectores emergentes, sucedió que sectores tradicionalmente influyentes por su poder político, riqueza o ascendencia social fueron relevados y se constituyeron en una clase sumergente.

Los empresarios de provincia son un buen ejemplo de élites sumergentes. Hace medio siglo los propietarios de los comercios, industrias medianas, cultivos comerciales, ganaderías y de grandes extensiones de tierra, eran la gente bien de provincia. A medida que su capacidad económica se rezagó frente a los empresarios de las grandes ciudades, fueron relegados por una clase política local que se enriquecía al ritmo del crecimiento del gasto público. En los ochenta esa gente bien de tierra caliente ya no era competencia para los narcotraficantes con sus barriles sin fondo de dinero.

Muchos migraron a Bogotá, otros asumieron su descenso social y otros tantos se acomodaron a la inyección de recursos de la clase emergente. Prestaron servicios profesionales a los nuevos ricos, les sirvieron de testaferros o dejaron que se casaran con alguna de sus hijas. ¿Cómo no iba a ser así, si hasta a la poderosa clase política de las regiones le tocaría aliarse con los narcos para poder tener algún chance en las elecciones?

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Pero esa no fue la única élite sumergente del país. También hace medio siglo los grandes empresarios nacionales agremiados en la ANDI se aliaron a los líderes políticos de Bogotá para deponer a Laureano Gómez y después a Rojas Pinilla. Constituían una coalición lo suficientemente poderosa para evitar experimentos corporativistas y populistas. Desde entonces la primacía en el ejecutivo nacional la llevaban los líderes políticos de los partidos tradicionales que, aunque recibían el apoyo de los clientelistas y corruptos políticos de provincia, eran vistos como estadistas decentes por la opinión.

Hasta que la clase emergente comenzó a estar en condiciones de competir por el poder político. Con la llegada de Uribe a la Presidencia, un personaje que se hizo políticamente en la provincia –a diferencia de Cesar Gaviria- fue capaz de alcanzar el ejecutivo nacional. Y eso no es todo. Ahora vemos cómo los líderes políticos de Bogotá para tener opciones reales a la Presidencia tienen que considerar el respaldo de los sectores emergentes. Si no, ¿qué hacían llamando al Fiscal para interceder por la suerte de un esmeraldero, o reunidos con paramilitares para armar el Bloque Capital y para tumbar a otro bogotano que recibió dineros del Cartel de Cali, o amenazados por un ex miembro de las ACC de revelar sus nombres?

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