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Dos escritores boyacenses, Fernando Soto Aparicio y Mercedes Medina de Pacheco, exaltan en sendos libros de reciente publicación la figura mítica del cronista español don Juan de Castellanos, muerto en la ciudad de Tunja hace cuatro siglos (el 27 de noviembre de 1607).
Don Juan de Castellanos, nacido de familia de labriegos en la aldea andaluza de Aldanís, en marzo de 1522, viaja muy joven con su familia a América, y años después se incorpora como soldado. En este último carácter, cumple durante el recorrido por barcos, selvas y geografías diversas –y adversas– una serie de aventuras que le servirán más tarde para presentar en sus escritos un cuadro fidedigno, manejado con la riqueza de su pluma y el prodigio de su imaginación, sobre lo que fue la gesta conquistadora del continente americano.
Aunque no hay completa claridad sobre algunos pasajes de su vida, existen datos que permiten ubicarlo en tres facetas generales: la primera, su llegada a América de cuatro años de edad, y de ocho, su ejercicio como monaguillo en Puerto Rico, donde el obispo le da instrucción en latín, clásicos y humanidades, disciplina que le servirá de base para su futuro sacerdocio en Tunja; la segunda, su ingreso a la milicia, que lo llevará en intrépidas misiones a lugares conflictivos, como la isla Trinidad, Santo Domingo, Curazao y Aruba, la isla Cubagua, la isla Margarita y, a la postre, el territorio colombiano; y la tercera, el comienzo de sus estudios sacerdotales en Cartagena, donde ejercerá como cura, lo mismo que en Riohacha, para más tarde ser beneficiado de la parroquia Santiago de Tunja, donde cumplirá un largo apostolado de 45 años, hasta su muerte, a la edad de 85 años.
Cansado de la guerra que tiene que enfrentar en todas partes, se decide por la vida religiosa. Y a ésta llega con amplia visión del mundo, tanto por su actividad como hombre sensual que ha vivido frenéticas relaciones con las indígenas, como por su experiencia sobre los conflictos armados y la condición humana.
Con ese bagaje, escribe, en octavas reales, la monumental obra “Elegías de varones ilustres de Indias”, conformada por 113.609 versos, una de las más extensas de la lengua española. Mercedes Medina de Pacheco, supongo que con estudiado sentido feminista –sin desconocer el carácter histórico–, señala en libro publicado en el año 2002, con el sello de la Academia Boyacense de Historia, las 179 mujeres que deambulan por las “Elegías” de don Juan y destaca en ellas sus atributos físicos y morales.
Para citar sólo una de esas mujeres legendarias –la valiente y astuta cacica Anacaona–, traigo a colación la referencia que hace el cronista sobre los poderes de seducción empleados por la lujuriosa indígena, en un momento crucial de las escaramuzas aborígenes con los españoles: “Anacaona llena de pasiones / usaba todavía de sus tretas, / intentando mover rebeliones / las cuales no pudieron ser secretas”. Los versos de don Juan, manejados con gracia picaresca, sencillo estilo, precisión narrativa, ironía y sátira, son la mejor pintura de una época conmocionada por bárbaros episodios guerreros que darían lugar al surgimiento de un nuevo mundo.
Con esos versos, nace la poesía en Colombia. Escritor prolífico y sagaz, a la par que historiador de la verdad, fuera de las “Elegías” es autor de otros libros valiosos: “Rimas de la vida”, “Muerte y milagro de don Diego Alcalá”, “Discurso del capitán Francisco Draque”, “Elegía VI”, “Historia del Nuevo Reino de Granada”, “Historia de la Gobernación de Antioquia y de la del Chocó”.
Los tiempos actuales, cuatrocientos años después, han echado al olvido a don Juan de Castellanos. No saben quién fue aquel valeroso soldado y respetable clérigo, y aquel insigne escritor y poeta que con los recursos precarios de la época elaboró en el silencio recoleto de Tunja una obra de vastas proporciones, que hoy nadie escribiría. Pero en la capital boyacense su figura sigue siendo señera: la presencia de don Juan de Castellanos se siente en el sitio venerable donde moró, y en la solemne catedral de Santiago que construyó.
Una distinguida historiadora de Tunja, Mercedes Medina de Pacheco, despierta al cronista en este cuarto centenario de su muerte y lo pone a hablar –en el libro “Don Juan de Castellanos y otros aventureros”– con la niña Catalina Sánchez, quien en medio de su candor y su precocidad le hace al cronista inteligentes preguntas sobre diversos aspectos tratados en las “Elegías”, y obtiene de él cabales respuestas.
Por otra parte, otro ilustre boyacense, Fernando Soto Aparicio, animado por el propósito de revivir al personaje, escribe su historia novelada bajo el título “El sueño de la anaconda”, libro patrocinado por la Gobernación de Boyacá. Es una preciosa novela, forjada con aliento poético y con aproximación histórica, que dibuja la apasionante personalidad de uno de los hombres más sobresalientes de su tiempo. El relato destaca las características más notables que marcaron la vida del cronista español (digamos, mejor, del cronista tunjano): aventurero, poeta, filósofo, teólogo, sembrador de ideas, constructor de una catedral, amante, historiador, padre, pastor de almas, hacendado, confesor, soldado, cura, médico, visionario.
Dentro de los recursos estilísticos que utiliza Fernando en su mundo narrativo, no podía faltar en su novela el ardor sensual que marcó la vida del pecador y del aventurero: de este don Juan conquistador de bellas mujeres nativas, que se trenza en amores con la india Macopira y con ella concibe una niña encantadora. La hija –como en los finales felices– aparece en el crepúsculo del santo y transmite al lector una limpia parábola de amor que pertenece a la vida turbulenta del trotamundos, ahora santo tunjano convertido en leyenda.
