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En los 100 años del nacimiento de José Vélez Sáenz (Manizales, 20 de diciembre de 1915).
José Vélez Sáenz, maduro columnista del periódico La Patria, es un escritor claro y riguroso. Habla su verdad, lo que él siente y defiende, sin esguinces y con convicción. Uno de los vicios frecuentes del escritor es el de expresar las cosas a medias, taponando los vacíos del pensamiento con frases rebuscadas y poses doctorales. Es fácil andar por las ramas, generalmente con factura de retruécanos y giros ampulosos, cuando se carece de lucidez y certeza para expresar las ideas.
Las llaves falsas es un libro franco y valiente. Es la principal impresión que me queda al darle vuelta a la última página. Acometer el tema de las drogas alucinantes no es tarea fácil, y menos lo es tomar como personaje de una aparente ficción a la marihuana, el pernicioso hábito social que se condena en público y se practica en secreto. Puesta la narración en boca de un consumado practicante, que se muestra real por la propiedad con que aborda la materia, va surgiendo el submundo de la droga en un diálogo constante con la conciencia y en un reto a los cánones morales que prohíben su uso pero no logran liberarse de su influencia.
En la vida alborotada de las ciudades se desliza en silencio, en el parque o en la esquina, y también en el colegio y en el campo de trabajo, la "yerba maldita" que inflama las pasiones y cautiva consumidores subordinados a un vicio de difícil erradicación. Los jíbaros, o expendedores, se multiplican según aumenta la demanda, y ya se ve que el comercio gana cada vez nuevos adeptos, a pesar de las cárceles y las reprobaciones.
La "chicharra", o "la mota", como se le conoce en el argot propio, anda por los bajos fondos de la sociedad y no se detiene ahí: penetra también, aunque en menor escala, en las clases altas y logra atrapar a jóvenes desorientados que por curiosidad o afición terminan engrosando esas legiones anónimas pero ciertas que componen los reductos humanos de un hábito envilecedor.
La marihuana forma adictos. Definida como un vicio solitario, avanza en la sombra, ante la mirada atónita de las familias y el poder ineficaz de las autoridades, que no logran contrarrestar sus funestas consecuencias. Si este libro de Vélez Sáenz (el mismo autor de Vidas de Caín, otra obra importante) no pretende sostener tesis ni a favor ni en contra de un producto que es menos nocivo que el alcohol, según se sostiene, el propósito es alertar sobre los peligros que acarrea sobre la personalidad.
El autor, que pisa un terreno conocido, y que por otra parte es experto en el manejo del idioma y en la claridad de sus ideas, a las que les revuelve filosofías salidas de su propia experiencia, condena este escapismo que "aniquila la voluntad, destruye la memoria, esclaviza y embota la imaginación, paraliza la actividad del individuo". Y él, como hombre pensante, sabe también que "sus efectos, como estimulante cerebral, son casi siempre perdidos para la creación".
Las cárceles y las salas de curación están llenas de consumidores caídos en las garras del vicio. Con todo, la marihuana se incrementa como un artículo de consumo, y acaso su progreso se deba a la prohibición, porque lo misterioso estimula el apetito. Su existencia en nuestro tiempo no es nada nuevo. La humanidad la conoce hace más de tres mil años. Se nos volvió un fenómeno cuando a ella le atribuimos todas las taras sociales y contra ella estrellamos nuestras quejas, sin fijarnos que el mal es de mayor anchura. A la marihuana, como al alcohol o a los tóxicos, se acude por frustración, por desacomodo en el mundo y sobre todo en el hogar. En varios sitios de los Estados Unidos se ha legalizado su comercio y ha disminuido el consumo.
El problema no está en la yerba sino en la mente. Los muchachos de hoy son errátiles y desarraigados si sus hogares son inestables. Pero crecerán con equilibrio emocional e inmunes a los halagos y las evasiones de la época si hallan ambientes propicios. De nuestros propios errores no culpemos a la marihuana, ni al licor, ni a los barbitúricos, ni a la prostitución.
Vale la pena leer la confesión de un adicto a la "yerba maldita" que un día intenta regenerarse y que en duros coloquios con su ego, matizados de toques místicos y con un fondo romántico que le da encanto a la obra, busca la presencia de Dios, el encuentro con la felicidad. Luego de hondas reflexiones filosóficas queda flotando en la mente esta frase: "No pretendáis entrar al cielo con llaves falsas”.
La Patria, Manizales, 2-III-1980.
