Luis Arturo, un lector de mi columna, me anima con las siguientes palabras a seguir escribiendo esta serie de hechos curiosos que hoy cumple la cuarta entrega: “Este tipo de columnas deberían ser más seguidas: son lecturas amenas que no hacen daño a nadie y distraen mucho”. Con esta voz de aliento, sumada a la de otros generosos lectores, continúo en el propósito de buscar un respiro o una diversión en medio de la tormenta causada por la pandemia y la crisis social que vivimos.
(2/8/1969). La escena ocurrió hace medio siglo en San Francisco, Estados Unidos, y la protagonizó Shelly Drake, joven secretaria que se quitó el brasier y lo agitó en la mano –no como una bandera de la feminidad, sino como una tela desgastada por el uso y el abuso– ante la numerosa manifestación que apoyaba su campaña de abolir esta prenda. La razón era clara: aunque el invento servía de sostén, también lo era de tortura. Así pues, Shelly Drake actuó sin inhibiciones y proclamó ante el numeroso público, en nombre de infinidad de mujeres oprimidas por el brasier, el repudio contra la crueldad de la moda.
Moda que ha resistido el paso de los siglos. En efecto, el brasier tuvo su origen en Creta 4.500 años antes de Cristo. Entonces se llamaba sostén –la palabra cabal–, y su objetivo era el de sujetar una parte del cuerpo femenino. Esa parte, como nadie lo ignora, es unas veces robusta, airosa y erguida, y otras, debilitada, caída o flácida, según la edad de la mujer o su anatomía.
El brasier, que tiene como seudónimos las palabras sostén, corpiño, portasenos, corsé, sujetador, ajustador, bralette… nació de una necesidad y se convirtió en una polémica. De todas maneras, acentúa la sensualidad femenina. Le da realce a la mujer y estimula la provocación. Se considera que el brasier moderno fue creado en 1914 por la neoyorquina Mary Phelps Jacob. Y 55 años después, la también norteamericana Shelly Drake se lo quitó en sitio público e invitó a destruirlo. ¡Guerra entre mujeres!, podría ser el titular de la noticia. Mientras tanto, la prenda ha seguido campante y es posible que nunca desaparezca. Va pegada a la piel como una identidad femenina, como un señuelo, como una tradición ancestral.
Su uso y desuso gira en ambos sentidos. El millonario Howard Hughes, productor de cine y cazador de mujeres hermosas, hizo construir para Jane Russell una pieza de sujeción de los senos para que apareciera más sensual en la película El forajido. Marylin Monroe lució el modelo puntiagudo del brasier en el filme Con faldas y a lo loco, y con este encanto estremeció a sus enamorados, que se contaban por miles en el mundo.
Años después, muchas modelos y celebridades dejaron de usarlo en público. Las playas se veían llenas de mujeres atractivas con los senos al aire, ante la mirada absorta de los hombres y la envidia de las mujeres que no podían exhibir los mismos atributos.
Bien claro está que el brasier es un fetiche para el hombre. Lo ha sido desde tiempos remotos, y todo parece indicar que Shelly Drake perdió el tiempo con su protesta en la plaza de San Francisco contra la esclavitud de la moda. Pero hoy gana ella notoriedad con el recorte de prensa que está en mis manos y que revive esta historia curiosa. Habrá quienes piensan que lo importante no es el brasier, sino lo que esconde.