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Tumba equivocada

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Gustavo Páez Escobar
10 de septiembre de 2022 - 05:00 a. m.
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Hace 31 años –23 de agosto de 1991– murió en Méjico Germán Pardo García. Sus cenizas, que fueron traídas a Colombia un mes después, han debido ser arrojadas al mar, según instrucciones que el poeta dio a Aristomeno Porras, su ángel tutelar. Sin embargo, este consideró que debía entregarlas a Colombia.

Julio César Sánchez García, nuestro embajador en Méjico, preguntó dónde había nacido el poeta, y se le informó que en Ibagué. Dispuso, pues, que la urna funeraria fuera trasladada al sitio de donde era oriundo. Decisión desacertada, ya que Pardo García había nacido en Ibagué por accidente, ciudad que solo visitó una vez en su vida. En cambio, reconocía a Choachí como su verdadera patria.

Al profesor norteamericano James W. Robb le había manifestado: “No con quien naces sino con quien paces, dice el sabio refrán español. Soy, pues, de Choachí”. Y a una prima hermana le dijo: “Estoy viendo cómo termino mis pocos asuntos aquí, para volver del todo a Colombia, al seno del pueblecito oscuro que tomé como cuna adoptiva: Choachí”. Estos y otros aspectos fundamentales los hice conocer de Juan Gustavo Cobo Borda, designado por el Gobierno para llevar la representación oficial en el acto de honores.

Pero Cobo Borda no accedió a modificar su decisión, con el argumento de que la medida ya estaba tomada. Su obstinación era manifiesta. Si en realidad hubiera sopesado las razones de peso que le expuse, se habría tomado el camino correcto. Mientras tanto, un grupo de escritores organizaba la llegada de la urna a la capital tolimense, tan lejana al afecto del poeta. Lo que interesaba era el acto publicitario que favorecía a la ciudad.

Tiempo después viajé al cementerio San Bonifacio de Ibagué en busca de la huella del personaje, postulado al Premio Nobel de Literatura y autor de numerosos libros de alto renombre, con quien yo había tenido la suerte de compartir gratos días de tertulia en Méjico, y en cuyo honor había escrito el texto Biografía de una angustia (Instituto Caro y Cuervo, 1994). Supuse, por supuesto, que en ese cementerio había sido levantado un grandioso monumento en homenaje a su memoria. Pero no: lo tenían en un panteón construido para sacerdotes y monjas, bajo una placa que decía: “Germán Pardo García, poeta”. Y allí permanece.

La tumba denuncia la total ignorancia de los promotores sobre el carácter anticlerical de Pardo García. Lo fue desde su juventud –sin ser ateo– a causa de los atropellos recibidos de dos miembros de su Iglesia: un párroco de Choachí mandó incendiarle la casa y el granero por negarse a pagar diezmos y primicias, y lo dejó en la ruina; y un sacerdote, que le daba clases en el colegio San Bartolomé y era conocido por su rudeza, le dio un fuerte puntapié, acción que llevó al alumno a retirarse del plantel. Y le creció el sentimiento irreligioso. Por cruel ironía, el poeta yace en territorio ajeno, en medio del olvido, el desamparo y el absurdo.

escritor@gustavopaezescobar.com

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