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Estados Unidos sigue siendo la mas importante potencia militar, económica, tecnológica y cultural del mundo, sin embargo, la pérdida de liderazgo americano en el escenario global, que comenzó antes de la llegada de Trump a la presidencia, se aceleró vertiginosamente durante sus cuatro años de gobierno. Lo ocurrido el pasado 6 de enero con el asalto al Congreso por parte de una turba trumpista, además del trauma interno, deja al país en una precaria situación en un tinglado global en el que algunos actores se regodean de ver como Estados Unidos se autodestruye.

Los cuatro años de Trump presentan importantes éxitos en política exterior. No inició ninguna guerra, impulsó los acuerdos de Abraham que transformaron positivamente el Medio Oriente, fortaleció alianzas en el Pacífico, se retiró de organismos multilaterales inoficiosos y sesgados como el Consejo de derechos humanos y UNESCO y mantuvo una postura coherente frente a Venezuela con las fuertes sanciones impuestas a Maduro y su sequito, entre otras.

En lo negativo sobresalen el retiró unilateral del acuerdo de París, de la Organización Mundial de la Salud y de otros compromisos globales minando la credibilidad de Estados Unidos. Trump se enfrentó a aliados, emitió declaraciones de política exterior por Twitter, exhibió desdén por los derechos humanos, separó familias de refugiados en la frontera, instauró un veto a emigrantes solo por ser musulmanes, abrazó tiranos y dictadores y degradó al otrora poderoso Departamento de Estado.

A lo anterior hay que agregar el desastroso manejo de la pandemia, sin que sea evidente que algún país lo haya hecho bien, es claro que se politizaron por parte de la administración acciones como el uso de tapabocas y el distanciamiento, que podrían haber mitigado el impacto en contagios y decesos.

Tras los acontecimientos del 6 de enero, el “Softpower” de Estados Unidos yace en la lona y levantarlo será una de las primeras tareas de la entrante administración.

El retroceso de Estados Unidos es ganancia de otros países para los que la democracia, el Estado de derecho y las libertades individuales no tienen valor alguno. Recomponer las relaciones internacionales es prioridad de la nueva administración, pero primero debe poner la casa en orden, tarea titánica y compleja en la que nada debe darse por sentado.

Son múltiples los desafíos globales que esperan en el escritorio de Biden desde su primer día de gobierno, quizás el más importante, impedir que con China se haga realidad la “Trampa de Tucídides” y se llegue a una confrontación militar. En Medio Oriente, el desafío es Irán por sus acciones desestabilizadoras y su programa nuclear. Biden ha dicho que retomará la negociación con los Ayatolas, pero a la vez que debe impedir la “bomba iraní”, debe evitar alienar a sus aliados regionales. Volver al imperfecto tratado nuclear de 2015 no es una opción. Tarea central debe ser reconstruir las maltrechas alianzas con los aliados tradicionales, las democracias occidentales y recomponer el multilateralismo.

Los desafíos para Biden son como darle vuelta a un crucero cerca del iceberg. Requiere pericia, estrategia y priorización.

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