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Es normal que a nosotros nos importe más lo que pasa en nuestra ciudad –Medellín en mi caso– que lo que pasa en una ciudad más lejana, Ibagué, por ejemplo. También se entiende que nos importe más lo que pasa en Venezuela –país vecino– que lo que ocurra en Lituania. Nuestro cerebro evolucionó en África durante cientos de miles de años para preocuparnos más por nuestra familia, nuestra tribu, nuestro clan, que por tribus lejanas con las que difícilmente íbamos a tener jamás algún contacto. Sin embargo, en el mundo actual hiperconectado, nuestro cerebro se debe adaptar al hecho de que nunca lo lejano había estado tan cerca. Groenlandia, una isla de hielo, nos importa, porque una potencia se quiere apoderar de ella, y si lo logra, esto querría decir que ningún país independiente está seguro, más todavía si las grandes potencias se reparten el mundo según áreas de influencia o de dominio colonial.
Desde hace cuatro años he intentado convencer a familiares, amigos, lectores, de que Ucrania, por lejos que parezca, es importante para nosotros y para todos los países del mundo. Si una enorme potencia militar y nuclear, Rusia, y un miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, puede invadir y destruir un país independiente, que tiene más de 32 millones de habitantes y más de la mitad de la extensión de Colombia, esta invasión nos importa porque, si tiene éxito, entonces ningún país independiente está seguro y cualquier potencia nuclear puede hacer con sus vecinos lo que le dé la gana.
Muchos se interesan por los países lejanos tan solo a través del filtro de la ideología. Algunos piensan que si una invasión o un genocidio lo cometen países amigos, está bien. Para Uribe está bien que Israel, apoyado por Estados Unidos, borre del mapa a Gaza y extermine sistemáticamente a los palestinos. Para Petro no está mal que Hamás asesine a más de mil israelíes, y en cambio piensa que Colombia debería intervenir directamente con su ejército para defender a los palestinos del genocidio. Por otro lado, para el mismo Petro, Rusia puede invadir y destruir impunemente a Ucrania porque Rusia y Ucrania son la misma cosa. Ignorancia vencible.
Es absurdo creer que quien defiende a los palestinos es de izquierda y quien defiende a los ucranianos, de derecha. Si algún aliado tienen Netanyahu y Putin, estos son, precisamente, los líderes de extrema derecha del mundo entero. En tiempos de Biden se decía que la defensa de Ucrania era una causa de los Estados Unidos. ¿Qué pueden decir entonces ahora cuando Trump humilla públicamente a Zelensky y dice que la culpa de la invasión rusa a Ucrania es de la OTAN? Trump dice exactamente lo que decían mis colegas de izquierda cuando se negaban a apoyar al movimiento “Aguanta, Ucrania”. Ahora, para su desesperación, están alineados con el presidente más derechista de la historia de Estados Unidos.
Más allá de lo anterior, con quienes debemos estar todos aquellos que defendemos la causa de los derechos humanos sin tintes ideológicos, es con las víctimas, sin importar si estas son de tal o cual religión o de tal o cual color, etnia o ideología. Con las víctimas de Hamás, con las víctimas de Netanyahu, con las víctimas de Trump en su campaña xenófoba, y con las víctimas de Putin en Ucrania y en su propio país.
Porque víctimas de Putin son los mismos rusos. Según un informe del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales, las bajas rusas en estos cuatro años de invasión a Ucrania son de 1,2 millones de soldados caídos (muertos, heridos o desparecidos), entre ellos 315 mil muertos. Las bajas en el ejército ucraniano, por su lado, están entre 500 y 600 mil, de las cuales hay entre 100 y 140 mil muertos. La invasión rusa, sin contar los civiles caídos (decenas de miles), ha provocado ya unos 500 mil muertos en combate. Para que me entiendan, esto es como eliminar dos veces a todo el ejército de Colombia en cuatro años. Desde el final de la II Guerra Mundial no había habido nunca tantos muertos en Europa. Pero parece que aquí, esto, a nadie le importa.
