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Como en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, la famosa novela de Stevenson, hay en el alma de Estados Unidos un lado bueno, luminoso, y otro, oculto, en el que se esconde un fondo malévolo y pernicioso. Las dos mujeres que dan título a este artículo forman parte del lado brillante y bondadoso de ese país, así la primera haya sido apresada, maltratada y tildada de ser una agitadora y la segunda haya sido declarada “terrorista doméstica”. Ambas murieron esta semana. La primera, negra, a los 86 años, por achaques de la edad; la segunda, blanca, asesinada por un agente del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), Jonathan Ross, instructor de tiro, veterano de Irak y, según allegados suyos, ferviente militante de MAGA.
Claudette Colvin tiene un gran mérito. En 1955, cuando tenía apenas quince años fue la primera (meses antes que Rosa Parks, quien se convirtió en el símbolo de esa lucha contra leyes racistas de Jim Crow) en negarse a cederle el sitio en el bus a una mujer blanca, desobedeciendo a la orden que le daba el conductor. En el servicio de transporte público de ese estado, las sillas de adelante de los buses estaban reservadas a los pasajeros blancos, y las de atrás a los negros. Los del centro estaban en una zona gris. Si el bus no iba con mucha gente, los negros se podían sentar en el centro, pero si los espacios de adelante se llenaban, debían ceder esos puestos a los blancos. En el bus de Colvin tres negros estaban en la zona del centro cuando el conductor les ordenó que debían levantarse e irse atrás, viajar de pie, o bajarse del bus. Dos hombres siguieron las instrucciones. Claudette Colvin no se movió de su puesto. El chofer llamó a la policía y Colvin fue arrastrada fuera del bus y arrestada. Su resistencia, y más tarde la de Rosa Parks en la misma ciudad, Montgomery, sirvieron para que las leyes segregacionistas de Jim Crow fueran abolidas por la Corte Suprema.
Vengamos ahora a Renee Nicole Good (su apellido significa Buena), otra mujer que pertenece —pertenecía— al alma luminosa de Estados Unidos, a lo que hace conservar cierta esperanza de que el país del norte salga algún día del precipicio de abusos y fuerza bruta en que está precipitando desde la segunda elección de Donald Trump. Good tenía tres hijos, estaba casada con una mujer, Becca, y acababa de dejar a su tercer hijo, de seis años, en la escuela del barrio de Minneapolis (Minnesota), la ciudad donde fue abaleada. Renee Good era poeta, había ganado un premio nacional de poesía, y según su esposa se detuvieron para ayudar y filmar a los vecinos que estaban siendo detenidos por ICE. Cuando el agente Ross tomó fotos de las placas traseras del carro de ellas, Becca le dijo que podía estar tranquilo que “mostrara la cara”, que tenía cubierta, y que ellas “no cambiaban las placas todas las mañanas”.
Como es obvio, además de tildar a Renee Good de “domestic terrorist”, Trump y sus portavoces dijeron que el agente había actuado en defensa propia, que Good le había tirado el carro encima. Si se revisan los videos publicados por el NYT, se ve que el veterano Ross no corre ningún peligro. Becca le dice a su esposa que se vayan y Good empieza a moverse girando hacia la derecha. El agente se hace frente al carro, saca el arma y le pega un tiro a través del parabrisas; se hace a un lado y cuando el carro pasa alejándose, le dispara otras dos veces por la ventanilla. El agente se aleja caminando tranquilamente y un minuto más tarde vuelve a inspeccionar a la mujer herida de muerte. “Fucking Bitch”, maldita puta, se le oye decir. No parece en absoluto herido.
La portavoz del gobierno de Estados Unidos (contra el parecer del alcalde de Minneapolis y del gobernador de Minnesota), sostuvo que el agente Ross había sido arrollado por el carro de Renee Good, y que había sido hospitalizado con una hemorragia interna. Salió caminando minutos después. La coartada hace agua por todas partes.
