4 Jul 2021 - 5:30 a. m.

Colón en el paraíso

Me sorprende algo —aunque no demasiado, para decir la verdad— la absoluta falta de dudas que tienen quienes acometen el linchamiento ritual de tumbar, quebrar, teñir de rojo y arrastrar por las calles la cabeza y otras partes desmembradas de una estatua de Cristóbal Colón. No creo en absoluto que Colón haya sido un santo. No me parece que tumbar sus estatuas sea un sacrilegio como sería para un católico que una turba despedazara un crucifijo o una estatua de la Virgen María. La cosa no me ofende íntimamente (al menos mientras la escultura no sea una obra de arte, pues estas van mucho más allá de sus modelos) y tampoco me escandaliza más de la cuenta. Me molesta que se haga sin que siquiera se discuta.

Y lo que me deja algo atónito, aunque no demasiado —repito—, es la simpleza y el maniqueísmo con que algunos intelectuales y académicos “decolonialistas” incitan y celebran, hinchados de entusiasmo, el fervor talibán con el que indígenas y jóvenes (que sin duda se consideran moralmente superiores) van decidiendo sobre la marcha de quiénes se puede o no destruir las estatuas o los monumentos públicos. ¿Nariño, Colón o Federman? La turba, en un arranque moral de limpieza, lo decide.

Cristóbal Colón fue, mucho antes que un conquistador, un navegante. Un aventurero, un descubridor accidental, si se quiere un lunático con suerte, un Quijote del mar, pero no un genocida como ahora le dicen y nos lo pintan. Muchos de estos indígenas y jóvenes, en realidad, han sido incitados a esta “limpieza monumental” por profesores y comentaristas románticos (varios de ellos de este mismo periódico) a quienes les encanta ver el mundo en blanco y negro, juzgar el pasado con los criterios éticos de hoy y convertir en fe religiosa sus verdades a medias.

Curiosamente el gran apologista y biógrafo de Cristóbal Colón fue el mayor defensor de los pueblos indígenas americanos, fray Bartolomé de las Casas. Este leyó y transcribió las cartas de Colón, en las que el descubridor manifiesta una y otra vez su encanto y deslumbramiento por las tierras y pueblos que iba encontrando durante sus viajes. Colón, como navegante que era, mucho más marinero que caballero, no se aventuraba tierra adentro, dedicado a registrar y describir islas, cabos, radas, bahías, montañas lejanas, desembocaduras de ríos, pueblos costeros y posibles puertos. Queriendo ver indicios de Cipango, de la China o de la India, solía ver lo que no era.

Quizá por esto no era con Colón con quien se enojaba el padre De las Casas. A los que criticaba y a quienes no les creía era a conquistadores como Cortés o a cronistas como Gómara y Bernal Díaz del Castillo, en especial cuando estos describían con lujo de detalles la extracción del corazón en un templo, con un cuchillo de obsidiana, o los sacrificios humanos de los aztecas y otros pueblos indígenas mexicanos, sus esclavas, sus guerras de dominio y los demenciales tributos que los vencedores cobraban a los vencidos. Eran estos testimonios los que al padre De las Casas no le cuadraban ni le cabían en la cabeza.

Quienes derriban las estatuas de Colón, y quienes celebran dichosos su caída, tienen de la América precolombina una visión romántica e idílica, muy poco problemática, en la que unos blancos barbudos y asquerosos vinieron a destruir pueblos libres y limpios, más puros e ingenuos que Adán y Eva antes del pecado original y habitantes del mismo paraíso terrenal.

Pero como fue el mismo Colón el primero en decir que había visto aquí, en las islas y costas del Caribe, ese mismo paraíso imaginario de las religiones del Viejo Mundo, en últimas los que derriban sus estatuas están tumbando a quien inició el mito de que entre nosotros había solamente buenos salvajes que habitaban en armonía con la naturaleza y convivían amorosamente entre ellos, sin castas ni jerarquías, sin guerras ni conquistas, ocupando en paz y tranquilidad los distintos espacios del paraíso. Y están tumbando también a aquel al que uno de sus ídolos, Bolívar, quiso hacerle un homenaje al bautizar con el nombre de Colombia a nuestra república. Tal vez si todo nuestro continente se llamara, como sería más justo (ya que don Américo no descubrió nada), Colombia y no América, no habría tantos empeñados en desmembrar los monumentos de Colón.

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