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29 Aug 2021 - 5:30 a. m.

Cómo aprender a estar muerto

Hace ya muchos años —casi 40— traduje un cuento de Italo Calvino que lleva el mismo título de este artículo. El señor Palomar, protagonista del relato, “decide que en adelante se va a portar como si estuviera muerto, para ver cómo va el mundo sin él”. Muy pronto se da cuenta de que no pasa nada: “con él o sin él, todo sigue sucediendo”.

Lo anterior, que puede parecer triste o banal, es, en cambio, un gran alivio. Todos los problemas, por ejemplo, “son problemas de los demás, cosa de ellos”, y el muerto no siente deber moral alguno de intervenir en nada pues, como muerto que es, tiene derecho al silencio y a la inactividad. Sigan ustedes matándose por política, tal como les gusta, que yo ya estoy muerto.

Hasta hace algunos años, para definir si alguien estaba vivo o muerto, los médicos observaban si el cuerpo respiraba y auscultaban a ver si el corazón seguía latiendo. Ahora, para favorecer los trasplantes de órganos, se decreta la muerte cuando cesa cierto tipo de actividad cerebral. Hoy en día es posible que uno siga siendo declarado vivo aunque tenga el corazón quieto y no respire, así como puede ser definido cadáver aunque respire y palpite.

Hace tres semanas, con el propósito de seguir viviendo, pero también con el fin de aprender a estar muerto, me sometí a una cirugía en la que mi corazón estuvo quieto varias horas y mis pulmones colapsados y sin aire durante el mismo tiempo. Mi cuerpo, enfriado artificialmente, tenía también temperatura de fiambre. Es posible que durante esas horas se pudiera advertir algún tipo de actividad cerebral. Si es así, en todo caso, no era ese tipo de actividad mental que produce conciencia, pensamiento o memoria. Lo que registro, a posteriori, de esa experiencia es una nada absoluta, sin la menor percepción del transcurso del tiempo, sin dicha ni tristeza ni placer ni dolor.

Estar muerto unas horas, sin respirar y con el corazón detenido, sin conciencia ni memoria, es una experiencia extraña (una experiencia vacía, que no se registra y por lo tanto casi no es experiencia) que tan solo es posible gracias a la ciencia y a la técnica. Es también el aprendizaje directo más serio de que tengo noticia de lo que es la muerte: nada, total nada, ni siquiera indiferencia, nada.

Durante mi breve muerte sé que otros siguieron viviendo y muriendo. Comían, se reían, lloraban, discutían de política y de religión, se acaloraban hablando de la existencia del alma, cantaban bajo la lluvia, sufrían por plata o por un dolor en el codo izquierdo.

Antes de hundirme en mi propia experiencia de la muerte, escribí el último capítulo de una novela que no he terminado todavía, pero de la cual quería dejar escrito el final, en el que el protagonista, un cura bueno, mientras le hacen una cirugía a corazón abierto, deja de estar vivo. Su muerte, en la novela, él no la experimenta: su muerte es lo que sienten sus amigos vivos cuando él muere.

Cuando volví a nacer de mi muerte de unas pocas horas, un anestesista amigo, Juan, me preguntó algo que no recuerdo, “¿cómo estás?”, a lo que al parecer le respondí con una palabra que también olvidé: “vivo”. Poco antes el cirujano, Camilo, me preguntó cómo me sentía y según él le dije lo mismo, que no recuerdo: “vivo”. Creo que después de haber aprendido a estar muerto, mi aprendizaje mayor, al volver a la vida, ha sido el de la fragilidad de la membrana, el tenue umbral, el invisible aire que separa la vida de la muerte.

Y se acentuó una duda que me invade cada noche al acostarme, según uno de los mejores y más célebres versos colombianos, de Jorge Gaitán Durán: “Si mañana despierto y sé que vivo”. Hoy creo poder decir, ya que siento y pienso y como y lloro y río y escribo esto, que debo de estar vivo. A ratos, de todos modos, no estoy tan seguro. Cuando uno aprende a estar muerto, desaprende a estar vivo. O más bien aprende a vivir, siempre, como el poeta: “He ganado un día; he tenido el tiempo / en mi boca como un vino”.

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