24 Oct 2021 - 5:30 a. m.

COVID, casa y oficina

Si uno tiende camas en un hotel, sirve tragos en un bar o carga ladrillos en una obra, no puede trabajar desde la casa. Si uno diseña camas, cata vinos o prueba cocteles, calcula cantidades de acero y de ladrillos para un edificio, es posible, en cambio, que casi siempre lo pueda hacer en un cuarto de la casa. Ser periodista casero no tiene sentido porque si-no-se-va-no-se-ve, y el periodista que no ve no sabe. Es evidente que la pandemia de COVID-19 ha disparado el teletrabajo en muchos oficios, a veces para beneficio de los empleadores (ahorro en energía y espacio de oficina), a veces para bien de los empleados (manejo independiente del tiempo, la ropa y los horarios), pero también en detrimento de unos y otros.

Un campo en el cual resulta muy dañino el trabajo desde la casa, además del periodismo, es el de la educación. Al principio de la pandemia muchos estudiantes se alegraron de no tener que ir al colegio o a la universidad; después de meses de encierro se dieron cuenta de que eso producía efectos nefastos: aislamiento y depresión, menos aprendizaje y caída en picada de lo que más educa a todo el mundo: la socialización. Para muchos padres y especialmente madres, se volvió inmanejable tener a los niños a toda hora entre cuatro paredes. Los suicidios de adolescentes se dispararon. Las horas de pantalla se elevaron hasta niveles de idiotización adictiva. Y aunque a muchos profesores y maestras les gustó eso de no tener que ir al colegio o a la universidad a lidiar con la dificultad de enseñar y educar, si son honestos se habrán dado cuenta de que los efectos benéficos de su trabajo disminuyen con la distancia. Enseñar por una cámara no es igual y si los estudiantes aprendieran lo mismo por Zoom que en vivo y en directo, dejaríamos de pagar por ir al colegio o a la universidad.

La pandemia ha permitido experimentos sociales a gran escala, inimaginables sin ella. La presidenta de una empresa habrá entendido que su secretaria no tiene que estar a su lado todo el tiempo. El papeleo, la agenda y las llamadas se pueden manejar perfectamente por el chat del teléfono o por avisos del computador. La secretaria podrá quedarse en piyama hasta que le dé la gana de arreglarse y al final de la tarde se habrá ahorrado el tiempo y el dinero del transporte, sobre todo en ciudades de tráfico absurdo como las nuestras. Por no hablar de las horas perdidas entre tintos y chismes y cháchara inútil con colegas de oficina. Aunque, al mismo tiempo, el teletrabajo diluye las fronteras de los horarios que dividen la vida laboral y la vida privada. La disponibilidad a deshoras, de día y de noche, es una buena muestra de servidumbre contemporánea.

Cuando uno lleva, como yo, casi medio siglo escribiendo en cualquier parte y desde cualquier parte (pero casi siempre desde la casa), la pandemia no ha representado un cambio extraordinario en los hábitos de trabajo. Pero es imposible no notar que la vida se transforma, de todos modos, cuando todo ha cambiado alrededor. Ver a colegas y amigos para hablar de lo que uno está pensando o haciendo no ocurre casi nunca en llamadas por computador o por teléfono. No solo la dolencia de amor se cura, como decía san Juan de la Cruz, “solo con la presencia y la figura”, sino que los ritos de la amistad y las comuniones espirituales requieren también mirar a los ojos, dar un abrazo o una palmada, servir un café, chocar una copa, notar un gesto o un perfume.

No es lo mismo ir a una sala de cine que ver una película por Netflix. Entre el sexo virtual y el sexo en vivo hay un abismo. Está bien a veces trabajar desde la casa, pero vivir siempre en la casa la convierte más en celda y en cárcel que en morada. Los niños que no están al aire libre se vuelven miopes, en sentido literal y también en sentido figurado. Tenemos que aprender a distinguir muy bien lo que nos ha enseñado esta pandemia, pero no podemos resignarnos a perder para siempre lo que nos ha quitado durante 20 meses.

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