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Según una antigua religión persa, aniquilada hace mil años en persecuciones genocidas contra sus integrantes, en la tierra se libra una guerra despiadada entre la luz y la oscuridad, o mejor, entre un principio benévolo y otro maligno. Sin que yo conozca sobreviviente alguno de esta secta herética, a veces tengo la sensación de asistir a lo que sus integrantes anunciaban: la batalla constante entre el Dios de la Luz y el Príncipe de las Tinieblas. Hay quienes les dan otros nombres: Padre de la Grandeza al uno y Príncipe de la Muerte al otro. Algunas religiones gnósticas también creían en seres semejantes a los arriba nombrados.
Cada uno de estos dos principios, se sostiene, no actúa en persona, sino que ambos tienen sus agentes y representantes sobre la tierra. Hay quienes llaman ángeles a los unos y demonios a los otros. Sobra decir que a los demonios los ángeles les parecen diablos, y viceversa. Eso hace más difícil que nosotros, espectadores lejanos de una batalla cósmica, sepamos cuál es cuál, pero entre ellos siempre se distinguen.
Como el mal en el mundo (niñas vivas sepultadas bajo los escombros, niños que se devuelven castrados a sus madres, mujeres torturadas y violadas, pestes, terremotos, naufragio de inocentes) es inexplicable si hay un único Dios bueno y omnipotente, el profeta Mani y algunos gnósticos prefirieron comprender el mundo como un lugar en el que ocurre esta lucha entre un dios que, a su pesar, no es todopoderoso, y otro dios inferior, pero muy potente y muy capaz de hacer daño.
Entre algunas de las prácticas de la devoción maniquea que yo, sin creer en ellas, practico, están la plegaria, la limosna y el ayuno. Tengo amigos cercanos, a los que considero particularmente brillantes, que también, ante los horrores de la vida que presenciamos, han caído desde hace algún tiempo en la extraña práctica de rezar sin destinatario. Su devoción me alegra, sin saber bien por qué. En ningún caso desprecio a estas personas sensibles y tristes que practican una religión oculta y desconocida. No saben cuál es, pero la buscan. Decía Borges que a los hombres buenos no se los debe juzgar por sus opiniones políticas; mucho menos por las religiosas.
Hago este ejercicio de literatura fantástica (no otra cosa era para Borges la teología) mientras contemplo estupefacto la guerra en Irán, en el macrocosmos, y las elecciones en el microcosmos colombiano. Lo nuestro nos importa a nosotros, claro, pero sabemos que a nivel global no tiene trascendencia. Se sabe que los políticos más famosos de Colombia, empezando por el propio presidente y los más renombrados candidatos, pese a la gloria o al desprecio de que disfrutan aquí, son completamente desconocidos en el mundo que cuenta. La marginalidad y carencia de importancia de América Latina es nuestro destino más antiguo.
Aun así, sin embargo, la lucha maniquea entre el bien y el mal aquí también se libra. Y hay momentos en que me parece ver que la lucha no es ni siquiera entre el bien y el mal, sino exclusivamente entre malos. Es como una pelea de bandas de mafiosos en la que, si uno se fija bien, no hay muerto malo. Hay una esperanza, por remota que sea, de que un día los malos se van a extinguir matándose entre ellos mismos. Ayatolas fanáticos contra cristianos ídem. Cada uno profesa el mismo horror a su manera, pero en vez de considerarse copartidarios, se despedazan recíprocamente. Lo único triste son los miles y miles de inocentes que mueren despedazados por las esquirlas de las armas de los enfrentados que los alcanzan.
Obviamente he escrito lo anterior en una especie de delirio místico. Pero creo que este describe mejor que toda sensatez lo que nos pasa, aquí y en la antigua Persia. ¿Petro contra Uribe, Roy contra Quintero, Cepeda contra Abelardo, Trump y Netanyahu contra los Ayatolas? Mirados de cerca o de lejos, no veo un solo ángel en este panorama. No es el bien contra el mal. Solo los malos que se pelean entre ellos.
