Esta fue la amenaza más reciente de Donald Trump, un presidente experto en amenazas: “Si no se rinde, desataré el infierno contra Irán”. En realidad él mismo, al lado de Netanyahu, ese infierno ya lo había desatado hace un mes. Sin riesgos, sin exponer a su gente desde el terreno, con botones y tecnología de punta asistida por IA, el infierno puede llover sobre el país que ellos escojan, en estos días sobre Irán.
Siempre me parecieron infames y despiadados los ayatolas que gobiernan Irán. Fanáticos religiosos con muy poco corazón que reemplazaron a otro tirano, el Sha, que decenios antes habían impuesto los EE. UU.
Pero díganme: si algo de corazón tenía hasta hace un mes el nuevo líder de Irán, el ayatolá Mojtaba Jamanéi, ¿qué corazón le puede quedar después de que, en un solo ataque, le mataron a su padre, a su madre, a una de sus hermanas, a su esposa y a su hija? Él mismo, dicen fuentes de los ejércitos atacantes, quedó desfigurado tras el bombardeo israelí. Me imagino que a pocos como a él le importará menos que lo amenacen con el infierno; Mojtaba Jamanéi vive ya en el infierno y morir para él debe ser un martirio mucho menos doloroso que seguir viviendo.
Tengo conocidos iraníes que viven dentro y fuera de su país. La sensación que tienen es terriblemente ambigua. Por un lado ellos querían y en parte luchaban por un cambio de régimen. Abominaban a los fanáticos y asesinos que los oprimían. Pero una cosa es luchar contra esto por las vías de la protesta y hasta del martirio, que recibir una supuesta ayuda exterior que lo que busca no es propiamente la independencia, la libertad y la democracia de su país, sino que lo que predica y practica es la sumisión económica e ideológica a un poder lejano. Y que además, para lograrlo, no duda en arrebatar lo más necesario a la población civil inocente: el agua, la vivienda, la comida y la energía.
Atentar contra las infraestructuras básicas de subsistencia y sanidad (las plantas desalinizadoras de agua, el sistema eléctrico) son crímenes de guerra definidos y prohibidos por la legislación internacional. El caso es que, desde la invasión rusa a Ucrania recientemente (y desde antes en Irak, en Gaza o en Siria) todas estas normas se han convertido en papeles sin ningún valor. Putin como pionero, Netanyahu como imitador y alumno aventajado, pero también como profesor que practica la guerra de tierra arrasada, y ahora también con Trump (la categoría más extrema de sátrapa arbitrario que haya habido en la historia reciente de los Estados Unidos), que actúa por impulso, dominado por sus delirios de omnipotencia y sin ningún plan coherente. Su único límite, ha declarado, no son las leyes de su país ni las leyes internacionales, sino su propia moral. Y su propia moral es… Bueno, no es necesario decir cuál es porque la conocemos perfectamente observando lo que hace y lo que dice. Hay un axioma confirmado por la historia: al menos en el Medio Oriente y en América Latina, todo se tuerce más cuando Estados Unidos lo quiere enderezar. Hay muchísimos países en los que la supuesta receta de gobierno de Norteamérica funciona muy mal y esto es particularmente cierto en el Medio Oriente.
Como decía hace poco Lydia Polgreen, Trump, más que una aberración, es la realización completa (despojada de toda máscara e hipocresía) de los peores demonios del alma estadounidense. Solo los mejores ángeles de ese país los podrían salvar de sí mismos, y nos podrían salvar al resto del mundo del espantoso papel que están cumpliendo en este momento de la historia. No hay nada que desde el resto del mundo podamos hacer para detener el infierno que Trump quiere desatar. Solamente los estadounidenses, o lo que quede en ellos de humanidad, rectitud y buenas intenciones, nos pueden salvar de Trump y de las mayorías que al parecer todavía lo acompañan. No hay peor despotismo que el de una mayoría que apoya la tiranía de la que es víctima.