23 Feb 2020 - 5:00 a. m.

El año de la peste: 2020

No sé qué tienen las plagas, pero basta que se hable de una nueva epidemia para que en la cabeza exploten mil historias. Esas viejas palabras como “cuarentena”, “contagio”, “apestado”, “fiebre” parecen desfilar como hileras de hormigas por la frente, y todo lo que hay en uno de fabulador, de novelista, de chismoso con miedo, de médico, de enfermo, de periodista, se activa como otra peste paralela, una peste con ganas de entender y de contar el cuento.

La peste y la literatura han ido de la mano desde la Antigüedad y ante una epidemia se enfrentan dos actitudes vitales antagónicas: la de los deterministas, que piensan que cada uno tiene el día de su muerte señalado por Dios o por el destino, y que hagamos lo que hagamos ese día ya está escrito, por lo cual es inútil alejarse, protegerse, cubrirse o tomar precauciones. Frente a ellos están los que pensamos que, al menos en parte, el destino personal está en nuestras propias manos, y por eso mismo, precisamente, nos lavamos las manos, nos cubrimos boca y nariz, tratamos de curar a los contagiados, etc. No hay duda de que estamos destinados a morir, pero algo se puede hacer por postergar esa fecha, si queremos.

No solo la peste me fascina, sino también la literatura que habla de las plagas y de los apestados. Hago un recuento rápido: El Decamerón de Boccaccio que es, quizá, el paradigma de lo más importante: las historias de amor, de humor y de erotismo son un antídoto contra la muerte que al mismo tiempo diezma la ciudad. Diez jóvenes —siete mujeres y tres hombres— se alejan de Florencia alrededor del año 1350 y se cuentan historias que los distraigan y alejen de la muerte. El Diario del año de la peste de Defoe, en el que un talabartero decide seguir en Londres en 1665, y mediante un diario ficticio cuenta de un modo sistemático, preciso y podría decirse periodístico el avance en la gran capital de la peste bubónica.

En todas las pestes, en general, los más ricos son los primeros en marcharse. Así lo nota Defoe al principio de su Diario, que ve carrozas con señores y sirvientes alejarse rápidamente hacia el campo, lejos del foco de la pestilencia. En el capítulo 28 de Los novios, Manzoni cuenta las reacciones de los milaneses a la plaga contagiosa de 1648. Se decide internar a todos los enfermos en el lazareto de la ciudad, con la idea de aislar la peste. Y a la fuerza metieron allí, en 288 cuartos, a más de 10.000 enfermos recogidos y llevados arreados por las calles: mujeres, niños, viejos, jóvenes, de todo. La gran mayoría, obviamente, murió allí, hacinada. Las tiendas cerradas, las fábricas desiertas y 100 muertos diarios en el lazareto.

Termino este rápido recuento de libros con la plaga en sus entrañas con una novela mucho más reciente, La peste de Albert Camus. En ella los protagonistas son dos, el médico Bernard Rieux y el joven Jean Tarrou, que lleva meticulosamente en una libreta el relato de lo que ocurre durante la epidemia. Como el gobierno chino en Wuhan, el gobierno francés ordena acordonar sanitariamente a Orán, impidiendo la salida de cualquier habitante, para evitar que la peste se propague. El médico Rieux queda separado de su propia esposa, pero junto a Tarrou lucha contra la muerte. También en estos días hemos leído de médicos y enfermeras chinas que se contagian por centenares y mueren por decenas. En la novela de Camus, de todos modos, la peste no es solo la enfermedad literal, sino también los males del fascismo y el nazismo que acaban de ser derrotados en Europa. Rieux, al final del libro, concluye varias cosas importantes: que es importante no callar y dejar un testimonio a favor de los apestados, que en medio de las plagas se aprende que “en los hombres hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”, y sobre todo esta advertencia: que la victoria contra la peste nunca es definitiva, y que para evitar el triunfo de la muerte muchos en el futuro tendrán que seguir luchando contra el terror.

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