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El barco ebrio

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Héctor Abad Faciolince
10 de mayo de 2026 - 05:07 a. m.
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Se sabe que en estos tiempos vivimos pegados a nuestros teléfonos como conectados por vía intravenosa. Parecemos enfermos que cargan con una transfusión o un suero medicado por los corredores de un hospital: no podemos desprendernos nunca del flujo continuo de las noticias, como si ese fuera nuestro contacto necesario con el mundo, nuestra linfa vital. No estar conectados nos parece una amenaza de muerte o por lo menos la caída en una crisis de abstinencia por una droga adictiva de la que ya no podemos prescindir.

Estaba yo en una pausa inactiva frente a un orinal, en la Feria del Libro de Buenos Aires, cuando por el catéter telefónico me entró la noticia el 4 de mayo: en un barco que había zarpado de Ushuaia, en la Patagonia argentina, más de un mes antes, el 1 de abril, había personas infectadas por una peste de la que yo nunca había oído hablar, hantavirus. Dos de los pasajeros habían muerto y otros habían sido evacuados de afán a Sudáfrica. Con mi antiguo terror de hijo de médico busqué en la inagotable bolsa de suero informático qué era el tal hantavirus. Lo transmiten las ratas de cola larga. La cepa más letal es la andina, o la sin nombre. Se adquiere por contacto con la orina seca, pulverizada, de esas ratas, y después, más difícilmente, por vía aérea y contacto asiduo con personas infectadas.

Cuando volví a mi mesa de colegas, solo algunos argentinos habían oído hablar del tal hantavirus. “No es tan grave”, bromeó una de ellas, “solo mata a la mitad de los que enferman”. Desde esa noche sigo las noticias del crucero ebrio como quien lee una novela de terror. Todos somos hijos de la peste del murciélago, la pandemia del COVID-19 que nació en Wuhan y poco a poco cambió nuestra vida.

El barco del que hablo es holandés y se llama Hondius. El viaje por el que cada uno de los 114 pasajeros pagó 29 mil dólares (unos cien millones) tiene un nombre más homérico, Atlantic Odyssey (Odisea Atlántica). Incluye la visita a islas remotas y casi despobladas donde se avistan pájaros y animales extraños: leones marinos, pingüinos, focas, ballenas jorobadas… Durante el crucero hay conferencias, se observan las estrellas, se cena centolla en compañía, crustáceos, peces abisales de especies antiquísimas y de aguas muy frías.

Los muertos hasta hoy son pocos, apenas tres. Otros contagiados han sido evacuados en lanchas rápidas y aviones ambulancia desde Santa Helena o la isla de la Ascensión. La viuda del primer fallecido intentó huir hacia Holanda desde Sudáfrica, pero fue bajada del avión porque apenas podía mantenerse en pie; después murió también. El barco estuvo anclado frente a Cabo Verde, con la vana esperanza de que los dejaran bajar, pero las autoridades del país africano se negaron a recibirlos. El crucero navega ahora hacia Canarias donde el gobierno central español acepta desembarcar a los pasajeros y a la tripulación (son más de 80), aunque las autoridades locales no están de acuerdo. Algunos de los viajeros que desembarcaron en islas remotas volaron a sus países; uno de ellos está en UCI en un hospital de Zúrich. El hantavirus puede incubarse sin síntomas por semanas. Las autoridades sanitarias y los funcionarios de la OMS repiten que el contagio aéreo no es tan fácil, que el riesgo es bajo.

Mientras tanto el barco ebrio, como aquel del que habló el poeta adolescente, el vate profético Arthur Rimbaud, navega entre las olas por aguas profundas. La bella aventura por los mares del sur se ha convertido en una pesadilla. El barco en una cárcel de la que no los dejan salir. La gente pegada al suero telefónico no quiere compartir el aire que respira con posibles apestados. “En las trampas de los juncos se pudre todo un Leviatán”, dice Rimbaud en su célebre poema: “¡Oh, que mi quilla estalle y yo me hunda en el mar!” exclama el vate fatídico. Después del coronavirus, pegado a las noticias intravenosas del teléfono, lo que más teme el loco hipocondríaco es la peste que viene. Esta, o cualquier otra.

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