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Es posible que a algunos de ustedes no les diga mucho este nombre: Antonio Vélez Montoya. Sin embargo, si algún día se escribiera un libro sobre las personas que han impulsado el estudio de las ciencias exactas en Colombia (matemáticas, física, química, biología, evolución), su nombre debería aparecer entre los primeros. El desdén por la ciencia, las matemáticas, la mecánica y la tecnología, unido al énfasis y a la veneración casi supersticiosa por la corrección gramatical, la religión, la retórica y la literatura, explican en parte el atraso de los países que nos hemos nutrido más de la tradición hispánica que de la anglosajona. Hemos tenido muchos gobernantes gramáticos, militares y juristas, pocos ingenieros y ningún físico, médico o matemático. “Que inventen ellos”, como llegó a decir Unamuno, parecería ser la consigna de nuestros humanistas especulativos y mutilados de la razón científica.
Antonio Vélez acaba de fallecer discretamente, como vivió, en Medellín, a la no desdeñable edad de 92 años. Consciente de su estatura intelectual, pero modesto, mucho más preocupado por la verdad que por la fama, Antonio escribió los mejores libros de divulgación científica que se hicieron en Colombia durante 25 años de intenso trabajo, estudio y dedicación. Pionero en nuestro medio de la sociobiología y la psicología evolutiva con El hombre, herencia y conducta (U. de Antioquia, 1990), se dedicó más tarde, en ensayos y libros luminosos, a explicarnos, con un estilo claro, ameno y didáctico, las maravillas de la astronomía y de la física, el misterio de los números, los fascinantes mecanismos de la evolución darwiniana, la utilidad del pensamiento abstracto o la importancia de nuestras más antiguas pulsiones animales para entender el comportamiento humano, los sesgos y troqueles generados por nuestra educación oscurantista, supersticiosa e irracional.
Por motivos familiares tuve la suerte de ser muy cercano a Antonio durante más de diez años, quizá los más lúcidos y creativos de su vida intelectual. Las conversaciones con él y con sus hijos (un matemático, una artista y una geóloga) eran siempre un desafío intelectual y un alimento constante de conocimientos exactos y profundos, especialmente para alguien como yo, de formación filológica y literaria. Representaban también, cosa que nunca dejaré de agradecer, un baldado de humildad. Si en la Academia de Platón no se permitía el ingreso de quienes ignoraban la geometría, en la casa de Antonio no se permitían las faltas de lógica ni los inútiles despliegues de emotividad. Con humor e ironía se desmontaban los prejuicios y carencias de una educación carente de rigor, datos confiables y claridad en la exposición.
Pero hay personas capaces de generar, con su ejemplo y su manera de ser, algo más importante. Si Antonio fue siempre un gran profesor en sus escritos y en su conversación, lo fue también en el ejemplo vital, en su impecable forma de ser (al jugar, al corregir, al contradecir, al aceptar un argumento mejor), en la elegancia constante de su manera de actuar y de pensar. Si hay profesores capaces de generar en nosotros el deseo de ser mejores personas, Antonio era ese tipo de profesor. Su constante busca de la verdad era una búsqueda ética. Como su tocayo Machado, Antonio era, en el buen sentido de la palabra, bueno. “Un santo ateo”, como lo definió una vez su hermana mayor.
Ojalá Antioquia, tierra de supuestos hombres recios, inflexibles y autoritarios, nos diera más personas como Antonio Vélez, ajeno a todo fanatismo, comprensivo y compasivo con las flaquezas y necesidades de los demás, siempre listo a ayudar a los otros y a guiarnos por el camino de la tolerancia, la libertad y la comprensión. Cuando recuerdo su manera de ser, siento siempre el deseo de parecerme en algo a él. Mientras mis neuronas no se desconfiguren totalmente lo llevaré siempre en mi memoria como una especie de padre putativo y de profesor ideal.
