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Antes de que estallaran los recientes insultos directos de Trump contra el Papa, hubo un prólogo del que las noticias locales se ocuparon poco o nada. A principios de este año, funcionarios del Pentágono convocaron al Nuncio Apostólico del Vaticano en Estados Unidos, Christophe Pierre, a quien el subsecretario de Defensa, Elbridge Colby, le habría advertido que las palabras de un mesurado discurso del Papa (“la diplomacia que propicia el diálogo y la búsqueda de consensos está siendo reemplazada por una diplomacia basada en la fuerza”) eran un desafío inaceptable al presidente Trump. Los Estados Unidos, según Colby “tienen el poderío militar necesario para hacer todo lo que quieran, y más le vale a la Iglesia ponerse de su lado”.
Se sabe que Joseph Stalin se burlaba del Vaticano preguntando “¿cuántas divisiones tiene el Papa?”. Todo poder que no fuera militar, pensaba el duro de la URSS, era desdeñable. No sabía el secreto que tienen los mansos: que la última palabra no la dice la violencia, sino que la tienen la serenidad y la esperanza. La Historia suele ser vengativa o justiciera. Una víctima del poder estalinista, el papa polaco Karol Wojtyla, fue uno de los artífices de la caída del régimen soviético heredero de Stalin y de su prepotencia. Sin una sola división armada; tan solo con gestos y palabras persuasivas. Las huelgas obreras de Solidaridad eran una demostración evidente de que el sistema comunista polaco no favorecía a la clase obrera sino a su mismo aparato político y burocrático.
Lo más grotesco, por no decir ridículo, de las palabras que el duro de USA le viene dedicando al Papa, fue la afirmación de Trump de que a León XIV lo eligieron gracias a él. A uno ya le resulta difícil creer que al papa lo nombre el Espíritu Santo. Pero mucho más difícil es creer que Trump sea el Espíritu Santo, por más que él mismo se sienta, modestamente, Dios Todopoderoso. De hecho, con IA, se hizo retratar en su red social bañado de luz divina, ataviado de Jesucristo, rodeado de imágenes sacras y bélicas, angelitos volátiles y aviones de guerra, y con poderes mágicos de sanación en las manos.
La imagen fue publicada y luego borrada en la cuenta de Trump, que empieza con las mismas letras de su red social: Truth. “El mismo nombre de esa red social es irónico, ¿no?”, comentó el Papa, sin necesidad de agregar ni una palabra más. Truth, verdad, en la cuenta del presidente, es el sinónimo perfecto de Untruth, mentira. Si en vez de matar personas Trump las resucitara, podría publicar imágenes de este tipo, pero una persona que propaga la peste, un pestífero, es todo lo contrario a un sanador.
La polémica –sosegada por parte de León XIV, furibunda por el lado del pato Donald– ha seguido. “No tengo miedo”, dijo el Papa, “cumplo con mi deber”. ¿Qué puede hacer Trump, quien ahora es visto por muchos religiosos en Estados Unidos como el Anticristo? ¿Bombardear el Vaticano? ¿Instalar un antipapa en Washington como hizo Felipe el Hermoso de Francia que trasladó el papado a Aviñón? De alguien que se atreve a decir, sin pestañear, que va a aniquilar una civilización milenaria, la persa, se puede esperar cualquier cosa.
“El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos”, declaró este jueves el Papa en Camerún. No dio los nombres de estos tiranos actuales, tan parecidos a los del pasado, pero creo que todos los tenemos claros y, para empezar, propongo esta Tristísima Trinidad: Putin, Trump y Netanyahu.
Stalin se murió antes de tiempo por bruto y paranoico. En el delirio antisemita que padeció al final de su vida, mandó matar a todos los médicos judíos que lo trataban, a quienes acusó de que lo iban a envenenar y eran, en cambio, quienes le trataban bien sus dolencias. Los pestíferos viven muertos de miedo de terminar apestados. Tarde o temprano Trump morirá también. Y los papas, este u otros, seguirán ahí, en esa Roma que no es eterna, pero es la ciudad que mejor evoca una imagen de la eternidad.
