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Es, al mismo tiempo, la imagen de la tragedia y de la esperanza. Los socorristas se esfuerzan por apartar las lápidas de vigas y paredes derrumbadas. Al fin van extrayendo de entre el polvo y los escombros el cuerpecito inerte y ensangrentado de un bebé desnudo. Lo jalan por un brazo, lo sacan con cuidado, lo abrazan y este, al fin, tiembla y llora. Es un segundo parto. La mujer a mi lado, que acaba de decirme “no mires, no mires”, con los ojos desorbitados, llora en silencio frente a la pantalla, de miedo y de felicidad. Es madre y es abuela y sabe lo que es nacer dos veces; nacer, morir y volver a nacer a esta vida tan hermosa y tan dura.
Esto sucede en Venezuela al amanecer del jueves 25 de junio. Las primeras 48 horas son fundamentales para poder rescatar aún con vida a quienes han quedado atrapados bajo las ruinas de los edificios derribados por el doble terremoto del día 24. Niños, mujeres, hombres sepultados, pero que respiran todavía. Como a Putin, a los terremotos les gustan las réplicas en el mismo sitio a pocos segundos de distancia. Primero los matas y luego los rematas.
Antes Humboldt y luego Darwin, que habían nacido en países sin terremotos, fueron de los primeros en describir minuciosamente lo peligrosa que puede ser la tierra firme en Suramérica. En nuestro continente la tierra no es tan firme, se mueve. En su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, Humboldt describió el terremoto de Cumaná, que él había experimentado en 1799. Si no estoy mal, es allí donde Humboldt apunta que él, tras cruzar el océano, estaba acostumbrado a que el mar se moviera, pero no la tierra.
Tras las huellas de Humboldt, en el viaje del Beagle, Darwin vivió el terremoto de Concepción, en Chile, en febrero de 1835. Apunta en su diario: “Un terremoto intenso destruye en un instante nuestras más antiguas asociaciones: la tierra, emblema de solidez, se ha movido bajo nuestros pies como una fina corteza sobre un fluido; un segundo de tiempo ha creado en la mente una extraña sensación de inseguridad que horas de reflexión no nos habrían provocado”. Si el suelo oscila, se hunde y se levanta, quiere decir que un trozo de playa puede terminar en la cima de una cordillera. Por eso en las cumbres de los Andes encontramos fósiles marinos. No es que en esas alturas hubiera un mar, sino que el choque de las placas tectónicas levantó la arena y el fondo marino hasta miles de metros por encima del nivel del mar.
Leo que la falla de Boconó, que va desde San Cristóbal y la frontera con Colombia hasta la costa caribeña en Golfo Triste, es la parte más superficial (y por tanto más peligrosa) del choque entre la placa tectónica de Suramérica y la del Caribe. Esa misma falla, el jueves santo de 1812, destruyó en Caracas la casa en la que se había alojado Humboldt doce años antes. Otras fallas similares, más o menos largas, se mueven por debajo de la tierra móvil que pisamos tanto en Colombia como en Venezuela. Por eso mismo, lo más importante es estar preparados y construir con sistemas antisísmicos en muchas partes de nuestro territorio.
Es verdad que los terremotos no dependen de los humanos, sino de la naturaleza, o si quieren de Dios, como decía Voltaire en el Cándido, donde describe con horror el terremoto y los sucesivos incendios que arrasaron a Lisboa en 1755. Lo que sí depende de nosotros, y debería ser prioritario en nuestros países de suelos inestables, es escoger muy bien dónde y cómo construimos nuestras viviendas. Ahí sí que se notan el cuidado, las leyes y las normas, así como la corrupción (pública y privada) cuando construimos nuestras casas. No podemos evitar los terremotos, pero sí podemos prevenir y evitar sus efectos más catastróficos. En el último terremoto de Haití hubo 300 mil muertos. En una Venezuela ya destruida por el mal gobierno, y ahora convertida en protectorado gringo, esta tragedia parece el puntillazo o el golpe de gracia a un país hundido.
