Antes de ser ciego, es decir, durante más de medio siglo de vida, a Jorge Luis Borges le fascinaron los tigres. Le gustaba ir a verlos al zoológico de Palermo y uno de los pocos dibujos infantiles que se conservan de él es, precisamente, el de un tigre. Pero fue cuando ya había perdido casi del todo la vista, y cuando de esta le quedaba solamente “el oro de los tigres” (el color amarillo), cuando intentó recuperar el otro o los otros tigres de su imaginación.
Hay un tigre de papel (un tigre dibujado que no muerde). Luego está el tigre de las palabras que, aunque tampoco muerda, puede ser el reflejo más preciso tanto del tigre cautivo en una jaula, como del que “va cumpliendo en Sumatra o en Bengala/ su rutina de amor, de ocio y de muerte”. Al de la jaula Borges lo recuerda así: “Iba y venía, delicado y fatal, cargado de infinita energía, de otro lado de los barrotes y todos lo mirábamos”. Es un tigre que ni siquiera sabe que está preso. Luego está “el verdadero, el de caliente sangre/ el que diezma la tribu de los búfalos”. Sin embargo, el poeta se da cuenta de que “el tigre vocativo de mi verso/ es un tigre de símbolos y sombras,/ una serie de tropos literarios/ y de memorias de la enciclopedia”.
El tigre simbólico que a Borges se le impone sin querer tiene unos orígenes literarios que él mismo señala (“de Blake y de Hugo y Shere Khan”) y que van más allá del animal “sanguinario y hermoso”. La alusión a William Blake se debe a uno de sus poemas más famosos, “The Tyger”, precisamente. En este lo fundamental es el dilema de Blake sobre si el bien y el mal tienen el mismo origen divino y, quizá por eso, es un poema construido a base de preguntas. La primera es “¿Qué mano inmortal pudo forjar tu terrible simetría?”. Y ya casi al final del poema la pregunta del Blake místico parece que se la hiciera, indirectamente, a Dios: “¿Acaso sonrió al contemplar su obra?/ ¿Acaso el mismo que hizo al Cordero/ te hizo a ti?”. No sé si en las praderas o en la selva, pero en un zoológico es mucho más interesante, bello y atractivo un tigre que un cordero, así como en las películas resultan mucho más atractivos los malos que los buenos.
La otra alusión libresca de Borges se remonta a Kipling: Shere Khan (“señor tigre” en hindi) es el fiel antagonista de Mowgli en El libro de la selva. Este tigre, cojo de nacimiento y con cierta tendencia a la antropofagia, quiere matar como sea al cachorro humano que, huyendo de él, es acogido y protegido por los lobos. Si son los lobos los que protegen a Mowgli, cualquiera se imagina la ferocidad de Shere Khan. El tigre de Kipling no es ni siquiera un depredador que come humanos por hambre, sino solo por diversión.
Al final del poema de Borges, el argentino sigue buscando un tigre más (“Un tercer tigre buscaremos”) que no sea el que husmea “el olor deleitable del venado”, pero tampoco “el tigre de los símbolos” ni el de “las mitologías”, o sea el de la tradición literaria. Ese tercer tigre, platónico tal vez, tan esencial como indeterminado, parece ser, para Borges, algo que apenas se puede postular y no es más que una “aventura indefinida, insensata y antigua”. La conclusión, entonces, como puede verse, queda completamente abierta. No sabemos siquiera si el otro tigre es instrumento del bien o del mal.