Así como no entiendo que en el español de España la palabra envidiable sea un elogio (“tu coche es envidiable, tío”, como si fuera algo bueno sentir envidia), de la misma manera me resulta molesto, es más, insoportable, que en el inglés de los gringos la palabra loser (perdedor) sea un insulto. ¿Cómo así que si uno pierde es un imbécil o un pánfilo? Más aún, ¿si yo no me acomodo a tus ideas de lo que es ganar y tener éxito, si yo no me dedico a humillar o a ganar plata, soy un fracasado? No joda, es esa manía del triunfo a cualquier precio, pasando por encima de lo que sea, despreciando o matando a quien a mí –el ganador perpetuo– se me antoje, lo que nos tiene en manos de tipos como Putin o como Trump. En manos de gente que gana siempre, y al ganar siempre demuestran que hacen trampa.
Pues bien, ahora que todos mis amigos perdieron en las elecciones del domingo pasado, ahora que una derrota más se añade a las viejas derrotas de toda la vida, quisiera recordar una región y una ciudad que yacen sepultadas bajo los escombros del olvido. De ella me habló hace tiempos, en Barcelona, un amigo caminante por las montañas de los Pirineos (uno que no camina para llegar primero, sino porque le gusta caminar), de nombre Manel y de apellido Vila, y me contó que la Panfilia de la antigüedad era un país excepcional en todos los sentidos.
Para empezar, como ya lo sugiere la etimología de su nombre (Pan-phylia quiere decir de todos los pueblos o de todas las razas), en Panfilia se hablaban muchas lenguas, tenían ese don, y como convivían pacíficamente personas de orígenes tan distintos, eran los menos propensos a tomar partido por un pueblo o por el otro, y por lo mismo, en lugar de dedicarse a guerras de conquista o de opresión, a las invasiones y a los saqueos, intentaban llevarse bien con todo el mundo. Y como se empeñaban en no pelear con nadie, a los demás les parecían bobos y de ahí que con el tiempo la palabra pánfilo se haya convertido también, injustamente, en un insulto.
Perder no es insultante; perder no significa que no nos esforzamos; perder es lo normal, o debería serlo, y ganar, una cosa excepcional que muchas veces se debe mucho más a la suerte que al verdadero mérito. Otra expresión reciente que me resulta chocante y desacertada es esa de “yo me merezco” (esta casa, este viaje o este puesto). Por mucho que uno haga lo que pueda, no se merece nada. “Ese es muy merecido”, se decía en mi casa, cuando yo era niño, de la gente creída y aprovechada, más convencidos que nadie de que debían ser los primeros en servirse, en pasar, en escoger el puesto. Los merecidos son inaguantables.
Perder es cuestión de método, reza el hermoso título de una dura novela colombiana. Y los buenos poetas (que suelen ser, afortunadamente, losers o perdedores) lo han sabido desde hace muchos años. Esto nos dice Agustín García Calvo, otro olvidado: “Enorgullécete de tu fracaso / que sugiere lo limpio de la empresa”. O Jaime Gil de Biedma, bellamente: “Si este mar de proyectos / y tentativas naufragadas, / este torpe tapiz a cada instante / tejido y destejido, / esta guerra perdida, / nuestra vida, / da de sí alguna vez / un sentimiento digno / un acto verdadero…”. Si esto llega a pasar será, repito, por algo de esfuerzo y otro poco de suerte o de casualidad. Por eso me gusta recordar que cuando Carlos Gaviria, otro perdedor, perdió ya no sé con quién las elecciones, tuvo la buena idea de citar a Borges: “La derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce”. Porque si es verdad que “nadie es más que nadie”, como dice el viejo dicho castellano, más importante que saber ganar es saber perder. Y no hay victoria más sucia ni más fea que celebrar el triunfo con el insulto al que pierde.
Quizá por eso una de las sentencias que más me digo y repito sea esta de Stevenson: “Nuestra misión en la vida no es triunfar, sino seguir fracasando con entusiasmo y alegría”.