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En el país de los cojos

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Cuenta una antigua leyenda recogida por Alfonso Reyes, que san Agustín, mientras redactaba su propia utopía, La ciudad de Dios, tenía un discípulo y aprendiz de brujo a quien apodaban “el indiscreto africano”. Y este pupilo quiso proceder a construir de inmediato y con sus propias manos el país soñado por su maestro, olvidándose de la advertencia preliminar de todo aquel que quiera ser justo: oír las dos versiones de todas las cosas. En esto consiste la doctrina defendida por Horacio: la aurea mediocritas, que no es, mal traducida, un elogio de la tibieza ni de la mediocridad, sino la ecuanimidad que se funda en la dorada medianía, aquello que mi padre llamó el mesoísmo, la sensatez de quien escucha los argumentos de unos y otros, para no perder el equilibrio en el juicio.

Este ambicioso estudiante, a la vez impaciente e indolente, cuenta Reyes, tenía una manía: “siempre andaba semidescalzo. Quiero decir, solo usaba la sandalia izquierda”. Era extravagante, precipitado, y por su manía de la única sandalia, cojeaba siempre por el pie derecho. Fue así como las altas torres de su ciudad le salieron torcidas y se le derrumbaron al poco tiempo, sepultándolo a él mismo en su caída.

Ya los dioses griegos habían advertido que la desmesura, la ambición desmedida, la violencia, el insulto y la humillación gratuita del otro, afrenta a los dioses y lleva a un resultado funesto, la famosa hybris, o justicia retributiva. La némesis se encarga de devolver al dañino, proporcionalmente, el daño que ha causado.

Un caballo, como una ciudad bien gobernada, requiere de freno y de espuela. Algo para avanzar, estimular el cambio, y riendas para que la ambición no se desborde ni la bestia se desboque. A veces los países pasan de megalómanos que cojean por el pie izquierdo, sueltan las riendas y abusan de las espuelas hasta que su plan mesiánico se despeña por un abismo. Les llega su contrario, no menos megalómano, que cree que la idea correcta es volver al pasado, usar solo el freno y tirar tanto de él que la bestia camina hacia atrás, hacia la oscuridad inquisitorial, o aún peor, se encabrita hasta tumbar al jinete y convertir el milagro prometido en un desastre.

Esta fábula antigua es aplicable a todos los tiempos. Típico de los fanáticos que ven por un solo ojo y oyen una sola versión de las cosas, de los cojos que se meten en un solo zapato (y cojean por un pie o por el otro), es afirmar que sus adversarios tienen una interpretación sesgada, ideológica de la cultura o de la historia, y en cambio ellos carecen de sesgos, no interpretan sino que registran lo que es, la verdad absoluta e indiscutible. Si el otro no la acepta, es sencillamente porque no entiende, porque su ideología le nubla los ojos para ver la verdad. Y la verdad es más compleja de lo que sostienen los fanáticos y maniqueos.

Para unos, por ejemplo, la llegada de los europeos a eso que Colón creía que eran las Indias, fue un genocidio deliberado, y punto. Para los otros, ese mismo suceso histórico, fue un avance y una bendición inocente de la civilización cristiana, de la inmejorable cultura occidental, y nada más.

Si vemos con dos ojos y avanzamos con dos piernas, tal vez podamos ver que fue ambas cosas: un genocidio, sí, y la aniquilación de herencias culturales extraordinarias y valiosas, pero también la llegada de derechos y conocimientos de innegable riqueza como los silogismos, el alfabeto, el derecho de gentes y la geometría. El horror de la esclavitud de los negros, denunciada por muchos ilustrados, y la defensa de los indios, de la que se encargaron más los monjes y pensadores peninsulares (el padre Sahagún, Bartolomé de las Casas) que los encomenderos y gamonales criollos, de los que descienden las élites locales más que las europeas. Reconocer lo que somos, cultural e históricamente, es una tarea compleja en la que, si no queremos caer en la desmesura y en la hybris, más nos vale calzarnos ambos pies y ver con dos ojos.

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