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En el íncipit, muy citado, de un libro, El mensajero de L.P. Hartley, se lee lo siguiente: The past is a foreign country; they do things differently there (“El pasado es un país extranjero; allá las cosas se hacen de otra manera”). Ahora que acabo de pasar once días en China he comprendido, atónito y vulnerable, que también el futuro es ya, para mí, un país extranjero, muy extranjero, pues en ese futuro chino, y probablemente del mundo, sí que se hacen las cosas de una forma muy distinta. Se pide un taxi por una aplicación y el taxi, al llegar, te habla en voz alta. No el conductor, que no modula, sino el carro. Si uno tiene la suerte de ir con un sinólogo (a ratos la tuve), el intérprete tiene la bondad de traducirte lo que el taxi dice, o lo que un policía virtual te indica por la calle, si por casualidad uno, como peatón, está a punto de cometer una infracción. La vigilancia total parece amable y uno diría, ingenuo, que está ahí solo para ayudar a que te portes bien, pero es perturbadora. En breve, se me informa, el taxi ya no tendrá chofer, y el carro te hablará en el idioma en que lo hayas pedido. La IA se va a encargar de traducirlo todo al instante. Y la policía sabrá todo lo que haces.
También en la escritura hay pasado y futuro. En 1925, hablando desde ese país extranjero que era el mundo hace un siglo, escribía Alfonso Reyes un artículo sobre la relación que los escritores tenemos con las máquinas. Él solía escribir –como hago yo en este instante– a mano. Pero pensaba que un día “la escritura a mano sería tan arcana y arcaica como ya lo es la escritura jeroglífica, y que los niños aprenderían directamente a escribir a máquina sin usar jamás de pluma o lápiz”. A continuación, imaginando el futuro, va más lejos y afirma que tal vez habrá un día en que el oficio de corrector será inútil pues habrá un “sistema gráfico de tal exactitud que elimine para siempre errores y erratas, que reproduzca hasta la velocidad mental del escritor, fije automáticamente la hora en que escribe, registre la dosis de alcohol que haya ingerido, el número de pulsaciones por minuto, la mala o la buena intención de sus palabras, y hasta el aura de la mujer que ama”.
Todo esto, de algún modo, ya ocurre así. Hace poco, sin intención, se me instaló en el Word un asistente de escritura que me iba señalando los errores de redacción, me simplificaba las frases y me corregía la sintaxis, la puntuación y por supuesto las erratas. Había algo útil en sus sugerencias, pero también odioso. Mi sensación era, y sigue siendo, que lo verdaderamente humano, quizá lo único humano que nos queda, son los errores. Pero yo solo (sin la asistencia de un adolescente o de un asistente de IA virtual) no era capaz de desmontar esa ayuda que no había pedido. Así que tuve que pedirle a mi nueva mejor amiga, Claude, que me indicara paso a paso, como a un niño que aprende de la mano de un adulto, a desmontar de mi Word esa ayuda desesperante.
Sin embargo, al volver de la China a mis amadas montañas del trópico, al moverme todavía en un carro de cambios que no me habla o con un taxista que me cuenta dónde estaba el día del terremoto, y lo mal que les fue a unos parientes en Cali, tengo la sensación de volver a estar al compás de mi tiempo y de mi vida. Sé que un día, tal vez, me van a preguntar si quiero que el corazón me lo opere mi gran cirujano, Camilo Rendón, que ya me lo abrió un día, o si prefiero que más bien lo haga un robot chino o americano. Miraré perplejo al hombre y a la máquina, y tal vez diga que prefiero morir por un error de su mano, pero a lo mejor la máquina va a sugerir que lo piense unos días más y a la semana yo diga que la escojo a ella, pero eso sí, con la supervisión directa y bajo el mando y decisión final del cirujano.
Espero, de algún modo, de mis lectores, una reacción que se parezca a la de un paciente: prefiero que escribas mal, pero que el artículo sea tuyo, a que no haya ni un error en esta página, pero que haya sido escrita por una máquina.
