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Guía de lugares para hombres cansados

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Héctor Abad Faciolince
02 de agosto de 2026 - 05:07 a. m.
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En estos tiempos en que se nos prohíbe a los varones, con toda la razón, dirigirnos a las mujeres para hablarles de sus asuntos, yo ya ni me atrevo a reeditar un viejo librito mío, Tratado de culinaria para mujeres tristes. Mi intención al escribirlo era reírme y hacerlas reír, pero con el paso de los años he visto que mis recetas dan rabia. Aunque yo lo escribí a principios de los 90, quince años antes de que se inventara siquiera la palabra mansplaining (o machoexplicación), lo mío pudo ser eso mismo, pero ante litteram, lo cual es aún peor, pues me convierte en un precursor del micromachismo, hoy con tanta justicia denigrado. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa, ruego a Santa María, siempre Virgen, y a vosotras, hermanas… Sí, sobre todo a mis hermanas, pues era a ellas a quienes lo dediqué, dado lo tristes que estaban por las cosas que pasan y pasaban.

En vista de lo anterior, estoy pensando, más bien, en terminar algo que a duras penas empecé hace años: una Guía de lugares para hombres cansados, que espero que mis congéneres, hoy ya un poco más domados y menos proclives a la guerra literaria, me perdonen. Serán unas simples instrucciones para el sosiego de los machos derrengados por tanta brega inútil.

En este pequeño tratado apenas en cierne, quisiera hablar de sitios donde la vida es grata, el aire terapéutico, el paisaje ameno, las aguas benéficas y las dietas saludables. Yo casi nunca he tenido que pagar los viajes que he hecho, pues a casi todos los lugares a los que he ido –errores de la gente– he ido invitado. Por eso les ruego que si me refiero a países remotos, caros o inaccesibles, no lo atribuyan a un pecunio del que no dispongo, sino a la generosidad de algunos lectores, sobre todo lectoras, de distintos lugares.

En todo caso, me gustaría empezar por lo más cercano. Mi adolorido esqueleto se ha sentido muy a gusto, por ejemplo, en Río Cedro, frente al mar Caribe, y en Nuquí, con vista al incesante océano Pacífico. Ahí me he repetido siempre aquellos versos en que Gil de Biedma pintaba lo que sería una vita beata: “En un pueblo junto al mar/ poseer una casa y poca hacienda/ y memoria ninguna./ No leer, no escribir, no sufrir, no pagar cuentas/ y vivir como un noble arruinado/ entre las ruinas de mi inteligencia”. Decía la muy viajera Karen Blixen, que tuvo una finca cafetera en las colinas de Kenia, que “la cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar”, y eso lo he comprobado en muchos pueblos marinos.

La finca cafetera de Blixen no la conozco, pero sí su casa cerca de Copenhague, y también en ella uno se siente en una fracción del Paraíso. Me gustaría conocer su finca, pues sospecho que las colinas de Ngong, a 1.800 metros sobre el nivel del mar, deben parecerse a nuestra zona cafetera. Las altas montañas de los Andes colombianos, apenas por encima del ecuador, son apaciblemente monótonas todo el año, y creo que la placidez que la baronesa añora en Out of Africa puede sentirse en Jericó, en La Ceja, en Támesis, en todo el Quindío y buena parte de Caldas, Boyacá, Santander y Cundinamarca. Mientras estoy en Madrid, entre la ola de calor y los incendios, solo se me ocurren pensamientos apocalípticos, y lo que más extraño es mi cabaña en las montañas de Antioquia, llamada Quitapesares, a 2.300 metros de altitud, donde el aire es siempre fresco y entra por la nariz, la boca y las orejas como un bálsamo sagrado.

Termino con otro sitio donde la vida es dulce. En Creta (hoy también presa de incendios de los que solo se puede escapar nadando por el Mediterráneo), no muy lejos del sitio del Laberinto donde Dédalo mantenía escondido al Minotauro, existen calas y bahías de un azul tan profundo que me hacen sentir como en un cuento de Lampedusa, “La sirena”, que traduje en el milenio pasado. Pocas cosas más bellas que zarpar del Pireo, el puerto de Atenas, en el crepúsculo de la tarde y atracar en Heraclión ocho horas después, en el crepúsculo de la mañana.

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