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Hablando de milagros

Héctor Abad Faciolince

01 de marzo de 2026 - 12:07 a. m.

Creo que milagro es el nombre que le damos a lo contrario de la tragedia. Y así como sin duda ocurren tragedias cada día, cada día nos pasan milagros muchísimo más grandes y numerosos. Muy fácil es estar muertos, muy fácil es no haber nacido nunca, el milagro cotidiano es haber venido al mundo y estar vivos todavía.

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Cualquiera que me conozca, tras leer lo anterior, se dirá que el ateo Abad se está volviendo místico. Ya quisiera yo ser místico, es decir, estar dedicado a los misterios y a la vida contemplativa. Qué va. De lo que sí estoy convencido es de que me ocurren misterios cada día y que mi única razón de vida es contar y no entender los misterios que me pasan.

Estuve en Bogotá dos días esta semana, invitado por la Embajada de Polonia a conmemorar, a protestar pacíficamente por los cuatro años de la salvaje invasión de Rusia a Ucrania. Voy poco a Bogotá, pero cada vez que voy el ritual es el mismo: ver y comer con alguno de mis amigos; ir a una de las mejores librerías del mundo, que se bautizó en honor de un mago, Merlín, aquel que tenía el don de la profecía y de aparecer o volverse invisible chasqueando los dedos. Los libros tienen ese mismo don del mago Merlín: aparecen y desaparecen cuando les da la gana. Así que fui a Merlín y se me aparecieron libros prodigiosos, que son generalmente los de poesía: uno de León de Greiff, otro del Tuerto López y uno más, el más raro, de Jorge Gaitán Durán, firmado por él mismo.

En este último libro, con su bellísimo título, Si mañana despierto, encontré, o volví a leer un verso que, no sé por qué, tenía olvidado. Dice así: “Solo puede salvarte el milagro que niegas”. Y bueno, estuve hablando de la invasión a Ucrania, de la tragedia donde murió Victoria Amélina, que más que tragedia fue un evidente crimen de guerra, y donde morimos y nos salvamos de milagro Catalina Gómez, Sergio Jaramillo y yo. Mis compañeras de charla hablaron de otra tragedia más grande: que ya son 500 los soldados colombianos voluntarios o mercenarios caídos en esa guerra. Muchos de ellos dicen: “Si voy a morir mal pagado en Colombia, mejor me voy a morir en Ucrania bien pagado para al menos dejarle algo a mi familia”.

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La tarde de ese mismo día, por un dolor lumbar, pedí que me hicieran un masaje en la espalda en el hotel donde me hospedaba. Me hago un masaje cada muerte de papa, pero esa tarde me quise dar el gusto de una caricia en la espalda. La masajista me contó que tenía 39 años. La edad que tiene mi hija y la que tendría Victoria Amélina, me dije. Ella me dijo que tenía una hija de once años. La edad que tenía el hijo de Victoria cuando la mataron. Me dijo que no quería tener nietos porque la vida es muy dura y a ella le tocaba criar sola a su niña. Supuse y le pregunté si el típico mal hombre colombiano, el padre, las había abandonado. No, me dijo, “él se quería morir”. ¿Se suicidó?, le pregunté. “No, se fue a Ucrania y lo mataron”. Me comprometí a ayudarle para que su niña reciba una indemnización.

En mi segundo día bogotano fui a hacer otra cosa que no había hecho nunca: un discurso político. En realidad, fui a pedir un milagro, otro milagro. El milagro de que el mejor candidato a la presidencia de este país salga elegido: Sergio Fajardo. Sí, es un viejo amigo mío, pero no es por amistad que lo recomiendo, sino porque lo conozco bien. Creo que él sería el milagro y sus adversarios de las extremas serían la tragedia para este país. Contra el hielo reaccionario y el fuego resentido, la calma sabia y sensata.

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Dentro de ocho días son las elecciones al Senado. Voy a votar con convencimiento absoluto por un ingeniero que ha estudiado y conoce a fondo los problemas y las soluciones para este país. Vecino mío desde niño, es ponderado y estudioso. Honrado como pocos. Serio. Sería un gran senador. Se llama Federico Restrepo y es el número 12 en la lista de Dignidad y Compromiso. Si mis pocos lectores me acompañaran, todos, haríamos parte de un pequeño milagro, Federico.

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