El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Hojeando libros viejos

Héctor Abad Faciolince

05 de julio de 2026 - 12:07 a. m.

Lo que más me gusta cuando voy a ciudades lejanas es buscar por las calles librerías anticuarias y, en ellas, libros de viejos poetas locales que yo no haya leído. Fue así como descubrí, hace ya casi veinte años, a Idea Vilariño en Montevideo (tal vez la ciudad latinoamericana que tiene las mejores librerías de viejo) y también una primera edición, con dedicatoria, de Juana de Ibarbourou, que, sin siquiera intuirlo, sería mi arma secreta ideal para conseguir esposa, mi única esposa, que se sabía de ella un poema de memoria: “Con membrillos maduros perfumo los armarios. / Tiene toda mi ropa un aroma frutal / que da a mi cuerpo un constante sabor a primavera…”. Ella no podía creer que yo le regalara un libro de Ibarbourou firmado. Después dicen que los libros viejos no sirven para nada y que qué voy a hacer yo con tantos libros viejos.

PUBLICIDAD

Hace cosa de dos meses, en la calle Corrientes de Buenos Aires, metí las narices en un cuchitril y encontré un libro, no tan viejo, pero sí desconocido para mí, de Adolfo Bioy Casares: De jardines ajenos. El libro es como quisiera yo que fuera este artículo, un florilegio: una colección variada de cosas que se van leyendo y uno apunta porque le gustan. No tengo el libro a la mano porque lo dejé en Medellín y estoy viajando por lugares lejanos a los que me invitan y adonde voy por el simple gusto de poder entrar en librerías de viejo, nuevas y desconocidas para mí. No lo tengo a mano, pero sí recuerdo dos o tres cosas leídas y copiadas por un escritor que pasará a la historia por haber sido el mejor amigo de Borges y el que apuntaba sus ocurrencias.

No recuerdo los autores de las tres anécdotas, pero en una de ellas un hombre ya muy viejo asiste al funeral de un amigo en un cementerio en las afueras de la ciudad. Una mujer más joven lo acompaña y, cuando termina el entierro, le pregunta: “A estas alturas, ¿sí valdrá la pena que vuelvas a la casa?”. Tal vez sea la pasión por la ironía la que también me recuerda las otras dos anécdotas. En una se dice que un hombre «tenía fama de valiente porque no había huido en una ocasión peligrosa. Años después confesó: “Me paralizó el miedo”». La última se refiere a un escritor argentino de vida disoluta que pedía, para el momento de la muerte, una última visión de lujuria. Esto me recordó, y fue lo que apunté al margen del libro de Bioy, que la poeta mexicana Guadalupe Amor le mostró las tetas a Diego Rivera en su lecho de muerte. “Para que te lleves un buen recuerdo”, le dijo.

Esta semana estuve en Oporto cometiendo una irresponsabilidad surrealista. El poeta Valter Hugo Mãe me pidió que presentara ante un público de cientos de personas su última novela, O século dos imbecis (El siglo de los imbéciles). El problema era que la novela no ha sido traducida todavía al español y yo no sé portugués. Durante una semana pasé mis ojos y mis manos por sus casi 400 páginas y por ósmosis, como beben agua las raíces de los árboles, más o menos me enteré de su contenido. Me salvó que el protagonista del libro, que está muerto durante casi toda la historia, se llama Agilulfo, como el protagonista, otro muerto, de un libro de Italo Calvino, El caballero inexistente. De tal manera, en un festival literario llamado Babell, conseguimos al menos rendir un homenaje a la confusión de las lenguas. Y a esos seres que, sin existir, existen, los personajes.

Pero lo más importante que me pasó en Oporto fue, como siempre, una librería alfarrabista, que es como les dicen los portugueses a las anticuarias, en honor al filósofo persa Al-Farabi, que al parecer tenía una enorme biblioteca. La librería se llama Gostar de ler y su dueña es una sabia con un encanto angelical, Lourdes Paiva. En su librería, mágica como un cuento de las Mil y una noches, encontré un poeta que no conocía y que empecé a leer (casi por ósmosis), en portugués. Lo bueno de leer en una lengua que uno no sabe, pero medio entiende, es que obliga a una concentración doble en la lectura. Me gustó tanto que me puse a traducirlo en voz alta y me conmovió hasta las lágrimas. No les voy a contar de quién se trata, pero lo estoy traduciendo al español sin saber portugués. Imitando a Octavio Paz, que tradujo del japonés sin saber japonés; o a mí mismo, que traduje el Cándido, sin saber francés, por amor a Voltaire y a esa prodigiosa novela corta.

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.