El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La enfermedad infantil de los literatos

Héctor Abad Faciolince

03 de mayo de 2026 - 12:07 a. m.

De los siete pecados capitales (ira, gula, soberbia, lujuria, pereza, envidia y avaricia) hay solo dos que me parecen esencialmente despreciables: la avaricia y la envidia. Los demás los comprendo un poco mejor.

PUBLICIDAD

La ira se justifica muchas veces, y es venial si se siente ante la corrupción, la violencia, la humillación o la calumnia. La soberbia podría entenderse como mero orgullo, que es lo contrario al desprecio de uno mismo, que no es humildad sino autocompasión, y que tiene algo morboso y enfermizo. La gula y la lujuria son pecados tan asociados al placer que me cuesta desecharlos, sobre todo por lo escasos que pueden ser los gustos que se nos ofrecen en esta vida. La pereza es bendita, porque alimenta la creatividad cuando uno intenta escapar de la pereza misma; el ocio (aquello que nos aleja del negocio) puede ser una especie de meditación muy saludable en estos tiempos frenéticos de gente hiperactiva.

Pero la avaricia y la envidia, de verdad, enferman la mente y les hacen mucho daño a los sujetos y a los objetos de este par de emociones tan nocivas. Ambas, además, se nutren del mismo vicio: la codicia. La ambición insatisfecha lleva a la acumulación inútil de oro o pergaminos, y a la animadversión contra aquellos que consiguen lo que el avaro ansía.

En la profesión en que me muevo, y a la cual puedo ya decir que he dedicado toda una vida, la envidia es una especie de enfermedad infantil. Es una dolencia aguda (y en los casos más graves persistente o incurable), para la que no hay ni habrá vacuna. Como esta actividad, la literatura, se renueva con cada generación, la envidia es cíclica, y se repite indefinidamente como la varicela. En este sentido su aparición es previsible (así no sea prevenible) y rutinaria. Regresa cada cierto tiempo, como los cometas o los eclipses. En vista de que cada nueva camada de literatos no ha desarrollado inmunidad contra los sinsabores del oficio, por falta de tiempo o de salud mental, es imposible que existan las vacunas. Unos cuantos, en general los mejores, después de haberla padecido al principio de la adolescencia, se curan para siempre, pero no son muchos.

Digo todo esto por las muchas bobadas que se han dicho por un nuevo premio literario muy bien dotado económicamente, el AENA de narrativa hispanoamericana. El premio es sano porque estimula la creación y la lectura. Estoy de acuerdo en que los que quieran dedicarse al oficio de escribir hagan, como los monjes benedictinos, votos de pobreza. La perspectiva más probable en las letras es ser casi anónimos o desconocidos. Hasta los premios Nobel lo son (¿quién se ganó el de hace tres años? Yo no tengo ni idea). Están bien los votos de pobreza, pero a diferencia de los monacales, estos no tienen por qué ser perpetuos. Si alguien, como la gran cuentista Samanta Schweblin, tiene la fortuna de ganarse un millón de euros, me parece magnífico, y me alegro por ella y por su oficio.

El misil Iskander que mató a Victoria Amélina en Ucrania, sentada a una mesa en la que yo también estaba, cuesta más de dos millones de euros. Y de estos los rusos lanzan decenas semanalmente para matar civiles. Esos sí me parecen millones de euros dedicados a algo terrible, a la muerte de inocentes, al dolor de miles. Dicen que una empresa cuyo negocio es administrar aeropuertos no deberían dar dinero para la cultura. No veo por qué no. Es encomiable, como lo fue que el mismo inventor de la dinamita dedicara su fortuna a fomentar las ciencias, la medicina, la economía o la literatura.

Ganarse un premio literario es agradable, pero no ganárselo tiene también muchas ventajas. Puede uno vivir más tranquilo y recibir menos flechas envenenadas. Porque en el oficio literario el último de los pecados capitales se suele enconar tanto que termina uno linchado por sus colegas. Mejor vivir como aconsejaba fray Luis: “Dichoso el humilde estado/ en el campo deleitoso/ que a solas su vida pasa/ ni envidiado ni envidioso”.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.