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La felicidad de Félix

Héctor Abad Faciolince

12 de abril de 2026 - 12:12 a. m.

Por un motivo que diré, me he interesado últimamente por el nombre Félix. He buscado en mi memoria oscuros antepasados y personas ilustres que llevaran ese nombre. Entre los familiares encontré a un tatarabuelo, Félix Mesa, el padre de mi bisabuela Merceditas Mesa (más conocida como mamá Ditas, mujer pía como pocas, cuyo nombre no debe escribirse como hacen mis primos: Mamaditas).

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Decía mi abuelo Antonio que su abuelo, papá Félix, bajaba de Jericó dos veces al año, a pie limpio, a bañarse en un chorro de la quebrada La Virgen, ya en tierra caliente, casi llegando al Cauca, en terrenos de una finca suya, La Inés. El chorro, aunque mermado, existe todavía y aún lleva su nombre: “el chorro de papá Félix”. Un hermano de mi abuelo, mi padrino, Elías Abad Mesa, sostenía que su abuelo no iba descalzo, sino de alpargatas y que el chorro no se llamaba así por los únicos dos baños anuales de papá Félix, sino porque aquel, que jamás sufrió de la próstata, lo tenía portentoso. Nunca se ponían de acuerdo mi abuelo y su hermano.

Los personajes famosos que ilustran este nombre feliz tienen historias más limpias y menos profanas. Felix Mendelssohn es uno de los compositores más prodigiosos de la historia de la música. Su familia de judíos alemanes produjo muchos genios. Basta recordar, de este Felix, dos composiciones que me han dado gran consuelo y serenidad en momentos oscuros de la vida: su Concierto para violín en Mi menor, Opus 64 y sus Lieder sin palabras.

Otro Félix si se quiere más genial aún fue Félix Lope de Vega (el fénix de los ingenios). Una de mis más sabias maestras de literatura castellana, Maria Grazia Profeti, no lo consideraba en absoluto inferior a Shakespeare como autor de comedias y tragedias. Félix Lope escribió su propia Romeo y Julieta (Castervines y Monteses), un drama revolucionario ante litteram (Fuenteovejuna), un Don Juan maravilloso (El caballero de Olmedo) y cientos de otras comedias que enseñan deleitando, como mi preferida, El perro del hortelano, que ni come ni deja comer. El problema con Félix Lope, como con Salamanca, es que España, a diferencia de Inglaterra, no se sabe vender. Lope sería otro Shakespeare con solo promover más la lectura de sus poemas y dramas, y Salamanca no sería menos que Oxford o Cambridge, pero le falta plata, apoyo público, privado, y publicidad.

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Hay otro Félix más, que es quizá el que despierta en mí más risa y simpatía o, mejor dicho, el que mejor me cae: Félix M. Samaniego, gran poeta y fabulista del siglo XVIII. Sus poemas libertinos y procaces, muy entretenidos, le granjearon la persecución de la Iglesia y de las mentes mojigatas de su tierra. Sus fábulas, como las de su maestro Iriarte, son graciosas e inolvidables. Cuando yo era niño tuve la suerte de que me obligaran a aprenderme algunas de memoria.

En las últimas semanas tuve la tentación de hacer cuentas alegres con un premio millonario que gracias a mi buena estrella no me gané. Confieso que cada vez que empezaba a gastarme la lotería sin tenerla, me recitaba su fábula de La Lechera, que termina así: “No seas ambiciosa/ de mejor o más próspera fortuna/ que vivirás ansiosa/ sin que pueda saciarte cosa alguna./ No anheles impaciente el bien futuro,/ mira que ni el presente está seguro”. Y cuando finalmente ese premio cayó en mejores manos, también en Félix Samaniego encontré mi consuelo, en su estupenda fábula “Del Pastor y el Filósofo”. En ella se lee que no hay mejor cosa que vivir una vida apartada y frugal: “ni envidioso ni envidiado”.

Y es así como vive el más grande y verdadero premio que acaba de darme la vida en este florido mes de abril: un plácido y sano bebé de cuatro kilos, Félix Abad Bellocq, ítalo-colombo-argentino, cosmopolita de nacimiento, a mucho honor, y nieto mío. La Biblia enseña cuál es la mayor bendición, que no son los honores ni el dinero: “Que veas a los hijos de tus hijos”. Tres veces he recibido ya ese premio y esa feliz bendición. No se puede pedir más.

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