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Maneras de ser hay muchas. Hay quienes triunfan con malicias, embustes, astucias, trampas y pantomimas, como Ulises y, a veces, como la selección argentina. Maradona y Messi son (o fueron) genios del fútbol y también del fingimiento y la mentira; amagar es un engaño, pero un engaño legítimo y permitido; hacer un gol con la mano, o fingir que te tumban de una patada cuando no te han tocado, son engaños despreciables que merecen tarjeta roja o al menos amarilla. A veces admiramos y celebramos los engaños de Ulises (las sirenas, el cíclope), pero no deja de generar suspicacias que, tras diez años de guerra en Troya y otros diez de viaje de regreso, sea Odiseo (el que odia, según la etimología de su nombre) el único de sus compañeros que sobrevive.
Hay muchas maneras de ser. El hombre bueno, según lo concebía don Alfonso Reyes, “con su sola conversación suave y moderada, logra crear en torno a sí un ambiente de conciliación y avenencia”. El hombre bueno tiene una voz terapéutica; nunca grita. “No alza el tono en las discusiones, porque luego tiene que seguir su voz, y nunca sabe uno hasta dónde debe arrebatarse”. Y concluía Reyes que por benevolencia y mansedumbre, por sencillez y no por ruidoso alarde, el hombre bueno tiene influencia benéfica hasta “en el ejército, en el generalato, la oficialidad y la tropa. De modo que aun en la clase armada, la voz de la persuasión puede tener más alcance que la voz de mando”.
Uno de los mejores partidos de fútbol que yo he visto en la pantalla, es el célebre enfrentamiento entre los filósofos griegos y los filósofos alemanes. Este gran partido fue puesto en escena por Monty Python, el grupo de comediantes surrealistas británicos que encarnaron una revolución en la BBC a finales de los años 60 y principios de los 70. En uno de los episodios más graciosos, escenificaron en el Olympiastadion de Múnich este partido filosófico mucho más meditabundo que movido. No les voy a dar las alineaciones completas. Basta que sepan que en el arco griego estaba Platón y en la defensa Heráclito y Aristóteles; que Epicuro jugaba en el mediocampo y Sócrates era delantero. Que entre los alemanes estaban Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger y que Marx (en la banca) calienta durante casi todo el partido y reemplaza a Wittgenstein ya en las postrimerías. El árbitro central es Confucio, que pacientemente lleva el tiempo con un reloj de arena.
Bueno, como España el domingo pasado, casi en el último minuto, llega el gol, y lo marca el barbado Sócrates, que al fin se levanta la túnica después de meditar largamente una jugada ganadora. ¡Eureka! Marx, por supuesto, protesta más que un argentino. Pero triunfan la calma y el juego en equipo, mucho más que los figurones individualistas. Confucio y sus jueces de línea, San Agustín (Argelia) y Santo Tomás de Aquino (Italia), validan el gol, y los filósofos griegos, tan contentos como el hombre bueno, quedan campeones del mundo mientras los alemanes, furibundos, les dan la espalda.
¿Y a qué viene todo esto?, dirán mis permanentes detractores. Pues a nada, obviamente, sino a la tranquilidad de contar un cuento, o dos, y a combinar palabras de manera que nos hagan pensar y sonreír. Podemos caminar, hablar y sonreír mientras la gente grita y se insulta en las redes sociales, en los cuarteles, con saludos marciales o con la espada de Bolívar, cada vez levantando más y más la voz con amenazas recíprocas. Los energúmenos están de moda y unos a otros se imitan: la motosierra de Milei, los dientes inferiores de Trump, los alaridos y las espadas de Petro, el afeitado y las cárceles de Bukele y todos los otros que quieran. Hay que dejarlos que se desgañiten. Ya no hay una Angela Merkel que los ponga suavemente en su sitio. Quizá algún día vuelvan los tiempos de las personas bondadosas y serenas que, sin hacer mucho alarde, humildes y sencillas, se hacen crucificar o se beben la cicuta con tal de no traicionar ni el bien ni la verdad.
