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9 Oct 2022 - 5:30 a. m.

Leer con odio

Hay muchos tipos de lectores. Está el lector gramatical (los persigue el fantasma de la coma, del gerundio y del que galicado), la lectora hedonista (dispuesta solo a gozar y nada más), el lector estudioso o crítico (que hace de la lectura un oficio académico), la lectora paranoica (se siente aludida, perseguida, discriminada), el lector aprendiz (para quien el libro es solo una herramienta didáctica), la lectora insomne (las letras le ayudan a conciliar el sueño o todo lo contrario), el lector censor/inquisidor (que en todo ve pecados o atentados contra su religión o su ideología) y muchos otros tipos de lectores. No pretendo agotar la tipología. Hoy quisiera ocuparme específicamente del lector censor/inquisidor.

Este tipo de lector lee, simplemente, para detectar en el texto frases, indicios, pruebas de que quien escribió eso que está leyendo comete faltas contra la moral o incurre en desviaciones de la doctrina ética aprobada por la época, o por el Estado, la Iglesia, o la ideología que profesa el censor/inquisidor. Suelen ser fanáticos de algún movimiento político o religioso, pues nada excita más el ánimo censor/inquisidor que pertenecer a una secta o a un partido. Su divisa podría ser esta que se atribuye —al parecer erróneamente— al cardenal Richelieu: “Qu’on me donne six lignes écrites de la main du plus honnête homme de France, et j’y trouverai de quoi le faire pendre”. (“Dadme seis líneas escritas por la mano del hombre más honrado de Francia, y encontraré un motivo para colgarlo”).

A veces cuando uno escribe, si ha sido una y otra vez atacado (y colgado simbólicamente) por los lectores censores/inquisidores, empieza a sentir en la mano una especie de temblor, un miedo a decir algo que pueda ser tomado como herejía por los guardianes del pensamiento recto, correcto, adecuado a lo que piensa la mayoría ambiente. Uno cae, entonces, en la tentación de hacer una especie de censura previa, personal (autocensura), para evitar la hoguera de la inquisición. Pero, incluso si uno toma todas las precauciones, si presenta todos los matices y salvedades que puede haber en la argumentación, los lectores censores/inquisidores hallarán siempre algún detalle en el cual uno comete un atentado contra la doctrina correcta y lo señalan, lo subrayan, lo sacan de contexto, y gritan: “¡A la hoguera, al patíbulo, al destierro, al pelotón de fusilamiento!”. Es ahí cuando uno comprende que no solo tiene al frente al censor/inquisidor, sino a alguien muchísimo más fiel, muchísimo más constante y devoto: el que te lee con odio, y su lectura no puede ser otra cosa que la confirmación de su odio. Digas lo que digas, el lector que te odia te colgaría.

Decía un místico neozelandés: “Si un escritor es cauto hasta el punto de no escribir nada que pueda ser criticado, no escribirá nunca nada que pueda ser leído. Si quieres ayudar a los demás, tienes que decidirte a escribir cosas que algunos van a condenar”. Si uno se adapta al dedillo a la forma mental predominante en su tiempo, si no se aparta del canon y no es capaz de poner en duda incluso el propio pensamiento, si no se expone a la inquina y al rechazo del lector censor/inquisidor, cae en ese territorio insulso del escritor cauteloso y cobarde. Y peor: por no querer enemistarse con nadie se vuelve insignificante. Ruido blanco.

Los que leen con odio sufren mucho más de lo que hacen sufrir. Es más: con nadie debería estar uno más agradecido que con quienes lo odian. El enemigo te sirve mucho más que el amigo, porque el amigo tolera o perdona tus defectos, mientras que el odiador te los señala y subraya, te los pone en negrillas con infinita concentración y sufrimiento. Y entonces uno, si efectivamente se equivocó, aprende a corregirse; si exageró, se modera; si no fue claro, aclara; si vio un solo lado del asunto, lo matiza. Y si nota que la crítica no es más que odio, sectarismo, fanatismo que enceguece el juicio, se serena y sonríe.

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