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No sé en qué momento la derecha del mundo se apoderó de la palabra libertad. No sé en qué momento los liberales nos la dejamos arrebatar. Lo que hoy se llama derecha, hace dos siglos defendía la esclavitud. Querían tener la “libertad” de tener esclavos sin que nadie, ningún Estado o ninguna ley se lo prohibiera. No se defendía la libertad real, la de no ser esclavos.
Condorcet, Voltaire y otras mentes brillantes alzaron la voz y presentaron argumentos en contra de la esclavitud de los negros y contra la ideología esclavista. La derecha de entonces pensaba que algunos nacen “naturalmente” inferiores, esclavos, y otros nacen para ser amos. Defendían la “libertad” de esclavizar con sofismas mentales y verbales. El argumento común: “Algunos nacen para mandar y otros para obedecer”. Ese determinismo de nacimiento, además de odioso, es sencillamente falso.
Hay en el pueblo frases que parecen tatuadas con hierro en la conciencia. Mucha gente del pueblo detesta la expresión “tener que”. Cuando alguien les dice “usted tiene que…” cualquier cosa, contestan lo mismo: “Yo no tengo sino que morir”. También el pueblo dice otra cosa muy sabia, muy arraigada y muy cierta: “Nadie es más que nadie”, algo que la derecha también detesta, pues les encantan las jerarquías. Hay una izquierda igual de jerárquica que al llegar al poder se cree más que todos.
Uno de los secuaces de don Abelardo, don Carlos Alonso Lucio (otro de sus muchos alfiles que no tienen currículo sino prontuario), aparece una y otra vez en sus peroratas despotricando contra ciertas libertades, por ejemplo una libertad consagrada en nuestras leyes: que las personas del mismo sexo, si así lo desean, se puedan casar. Pues no, esa libertad les parece antinatural. Así como hace dos siglos (y cien siglos, y doscientos siglos, y hasta hace más tiempo, en la Biblia) lo “natural” era que hubiera esclavos y amos, así también en la Biblia, y hace dos siglos, y hasta hace medio siglo, solo pensar en que las personas del mismo sexo se pudieran casar sonaba también contra natura.
Es curioso, porque naturalmente, desde que el ser humano es ser humano y hay registro histórico, ha habido personas del mismo sexo que se atraen, se aman y se juntan físicamente. En la Grecia antigua esto se practicaba y los más grandes filósofos no lo censuraban. Si hablamos de “naturaleza” (de lo que hay en todas partes, de un universal humano) lo natural es que haya personas heterosexuales, asexuales, homosexuales, bisexuales. Pero solo desde el siglo XX, así como se suprimió la esclavitud, se legalizaron también prácticas sexuales más libres, y estas fueron refrendadas por la ley: matrimonio. Pero a los que hoy gritan “¡Libertad, carajo!”, esta libertad no les gusta y la atacan.
Otra libertad que no les gusta es la del movimiento de las personas: les gusta que las mercancías, el dinero, las acciones, el petróleo, el oro, la IA viajen de un lugar a otro. Hasta las aves, la carne y las ballenas. Los cohetes, los satélites de Musk, deben girar en órbitas geoestacionarias sin pedirle permiso a nadie y sin pagar impuestos (“¡Libertad, carajo!”). Pero las personas no. Las nubes, los halcones peregrinos, las mariposas monarca, los surafricanos blancos, todos libres para moverse. Pero los negros no. Los que tengamos más melanina en la piel, no, esos no. ¡Libertad, carajo!, pero solamente para lo que digan los dueños de la libertad. Los que se creen dueños de la libertad y, sobre todo, de definir cuáles son las libertades que se defienden.
¿Libertad para publicar, de expresar lo que pensamos, libertad de prensa? Claro, siempre y cuando se piense, exprese e imprima lo que piensa el gobernante. Así son la extrema derecha y la extrema izquierda: totalmente contrarios a estas libertades. En esto Putin, Trump, Ortega, Maduro, Netanyahu, Hamás, los Ayatolas, Petro, Milei y De la Espriella se dan la mano. Libertad, sí, pero para los que piensan como ellos. La libertad de los esclavos.
