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Así como hay cosas muy difíciles de describir con palabras (el sabor de la guanábana –“algodón dulce que se disuelve en la boca”– o el amor, que Lope, al fracasar en su intento poético, se resigna a definir del modo más subjetivo: “quien lo probó lo sabe”), hay otro tipo de cosas que no se pueden descubrir pensando porque, de alguna manera, son inimaginables.
Me refiero, por ejemplo, a los espermatozoides y a los óvulos, es decir, al origen de la vida de todos nosotros. Hace poco, en una biblioteca de Palma de Mallorca, me mostraron un volumen antiguo, de 1541: el Libro del arte de las comadres, y del regimiento de las preñadas y paridas, del médico mallorquín Damián Carbón. Se trata, nada menos, que del primer manual de ginecología impreso en lengua española. En él pude leer un breve capítulo sobre la fecundación, que al autor llama, más crudamente, preñez. ¿Cómo queda preñada una mujer? Pues bien, ahí se refiere a una vieja disputa médica y filosófica: ¿Qué aporta el hombre y qué aporta la mujer en la cópula?
Desde la antigüedad, y a partir de la observación del coito humano o animal, se sabía que la preñez no era una magia divina (digamos una intervención del Espíritu Santo), sino la consecuencia de que dos se apareen. No piensen que llegar a esta conclusión es tan fácil; se requieren milenios de observación. Pero vengamos al médico Carbón, que es más detallado: “el deseo y la meditación son causa de la erección … de la que viene el humor espermático al miembro generativo”. Pasa luego Carbón a registrar la opinión de Galeno y de “los físicos” (médicos) sobre lo aportado por el hombre y la mujer en este proceso: “en la simiente del varón es el principio de la formación; mas en la de la mujer es el principio de información… El dicho humor o simiente es caliente y espeso, mas el de la mujer es a manera de sangre espumoso y es fundamento de particularizar y formar el cuerpo de la criatura”. Carbón disiente de “el Philosopho” (Aristóteles) que “no quiere que la simiente de la mujer concurra activamente en la generación de la criatura” y además creía que, en el varón, “el humor espermático baja del cerebro por dos venas que son detrás de las orejas”.
Dejemos esto, que hoy nos parece literatura fantástica. El médico mallorquín al menos pensaba que la mujer aporta también alguna simiente en la preñez y no solo alimento al semen masculino. El caso es que desde 1541 deben pasar todavía 135 años para que un pulidor de lentes holandés, Leeuwenhoek, vea en su propio esperma “miles de cuerpos con cabeza roma y cola larga, moviéndose como una serpiente o una anguila”. Pero a esta conclusión Leeuwenhoek no llega pensando, sino mirando por un microscopio rudimentario. Como el asunto le parecía indecoroso, envía su observación, en 1677, mediante una carta a la Royal Society de Londres, en la que pide perdón si su hallazgo les parece obsceno.
A partir de esta observación crece la disputa entre espermistas y ovistas, que solo se resuelve medio siglo después cuando, también con un microscopio, Karl Ernst von Baer, ve en el ovario de una perra “un punto amarillento diminuto” y concluye que “todo animal que nace de la cópula de macho y hembra se desarrolla de un óvulo”, aunque tiene que pasar otro siglo, hasta 1928, para que al fin Edgar Allen describa en detalle el óvulo humano.
Nadie pudo haber llegado, simplemente con la fuerza de la razón, es decir, pensando, al descubrimiento de que en cada eyaculación hay entre 200 y 500 millones de espermatozoides. Tampoco que el óvulo fuera solo uno, y que solo uno de esos millones de espermatozoides se gana la lotería de la preñez. Ese viejo orgullo filosófico de que todo lo humano lo podemos entender y resolver pensando, con este sencillo ejemplo de la fecundación animal, se derrumba estrepitosamente. Recuerdo que esto mismo se lo oí argumentar al gran divulgador científico colombiano Antonio Vélez. Repasar la historia de la medicina nos ayuda a aprender humildad.
