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17 Jul 2022 - 5:30 a. m.

Los derechos de la naturaleza

La extraordinaria capacidad de “ver” del telescopio espacial Webb nos ha permitido observar lo que antes estaba cubierto por el polvo cósmico. Gracias a cámaras que captan la luz infrarroja, a la que los humanos somos ciegos, un nuevo universo se despliega a miles de millones de años luz. Galaxias desconocidas, estrellas que nacen y colapsan, precipicios cósmicos, explosiones magníficas, agujeros negros que se tragan estrellas. Lo que predomina es un universo helado en el que de vez en cuando surgen chorros de gas ionizado caliente y polvo estelar a temperaturas inimaginables. El espectáculo, traducido a imágenes, nos resulta fantástico y, al mismo tiempo, aterrador.

No hay que mirar tan lejos para darnos cuenta de que la naturaleza tiene una extraña predilección por los sitios sin vida, o por sitios donde la vida, tal como la conocemos, es imposible. Basta mirar el sistema solar: desiertos de frío absoluto y esferas de fuego de infinito calor. Esto contrasta bastante con nuestra visión de la naturaleza antropocéntrica y terrenal. Nos dicen “naturaleza” y pensamos en un paisaje bucólico: aguas cristalinas que recorren un ameno valle muy verde, lleno de animales que vuelan, pastan, corren, nadan, reptan, en medio de bosques, cascadas, manantiales. Y todo a la temperatura del paraíso, 22º grados. Lo que nosotros llamamos “naturaleza” es una anomalía cercana y bastante inestable, condenada a desaparecer tarde o temprano por una explosión del sol o un leve cambio en la órbita planetaria. Basta una mínima modificación cósmica para que la tierra se vuelva un desierto de hielo o de fuego, o para que vuelva a ser polvo estelar.

Últimamente se habla mucho de uno de los grandes aportes filosóficos de Latinoamérica al mundo: el “neoconstitucionalismo andino”. Dicen filosofía, pero en realidad es derecho. En esta jurisprudencia se declara a la naturaleza como “sujeto de derechos” en contra de la “modernidad hegemónica occidental”. Bolivia, Ecuador, Colombia son los nuevos hitos de esta inclusión de la naturaleza en el orden jurídico. Leguleyos como hemos sido siempre por herencia colonial, creemos que es posible legislarlo todo y derogar por decreto las erupciones volcánicas igual que los españoles prohibieron las lenguas nativas, la desnudez, los sacrificios humanos, el politeísmo o la promiscuidad.

En el campo ético, por lo general, cuando se conceden derechos a un sujeto, se le asignan también deberes. Al dotar de personalidad jurídica a la naturaleza se establece, artículo 1º: “La Pacha Mama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete integralmente su existencia…”. La Corte Constitucional reconoció al río Atrato como ente sujeto de derechos. Muy bien. Tal vez, al concedérsele estos derechos, habría sido bueno recordarle que tiene también el deber de no ahogar a ningún niño o adulto, de no inundar las tierras cultivadas, y de no arrojar al mar, con sus crecientes, los peces de agua dulce.

Al reconocer a la naturaleza como sujeto de derechos me pregunto si en nuestra legislación aparecerá, por ejemplo, el derecho inalienable de los meteoritos a conservar su movimiento elíptico natural en el cosmos sin impedir su trayectoria contra la tierra. También debería haber un artículo que tutele el derecho de las placas tectónicas a chocar libremente y producir a su antojo tsunamis y terremotos. Y más aún, el derecho de la Pacha Mama a conservar en sus entrañas los gases de sus digestiones milenarias sin que sondas humanas los perturben.

Soy consciente de que detrás de estas declaraciones de los derechos de la naturaleza están las buenas intenciones de un ecologismo bien ponderado. Pero estas proclamas sentimentales, me temo, llevan a tremendos absurdos y contradicciones. Al universo, a la naturaleza, le tienen sin cuidado la vida o la muerte, el frío o el calor, el oxígeno o el hidrógeno. Para el mundo natural todo es igual; que haya animales, plantas, agua… O no.

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