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Los profesores de latín y griego

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Héctor Abad Faciolince
23 de agosto de 2026 - 05:07 a. m.
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Siento una especie de veneración compasiva por los profesores de latín y griego o, más en general, por todos los especialistas en lenguas muertas, digamos el arameo, el sánscrito o el chibcha. Los idiomas desaparecen por el cansancio o la usura de los siglos, por el exterminio de sus hablantes o por decisión de los tiranos. La Real Cédula que terminó con los últimos vestigios de la lengua muisca fue expedida en Aranjuez en 1770, ya en los estertores de la Colonia, por el rey Carlos III, y en su encabezamiento decía así: “Para que en los reinos de las Indias se destierren los diferentes idiomas de que se usa, y solo se hable el castellano”. Lo mismo quiso hacer Franco con el catalán o Stalin y Putin con el ucraniano. La historia y las historias se repiten.

Pero no es de las lenguas muertas de lo que quiero hablar, sino de los oficios que, como las lenguas, se van desaprendiendo y quedan sepultados por una avalancha de olvido. ¿Habrá hoy en día una docena de personas que con la fuerza de sus manos sean capaces de hacer, a partir de materia prima elemental (arena, coque, hierro, petróleo…), un automóvil de motor de combustión, con ruedas, ejes, parabrisas, batería, espejos, luces, neumáticos y pistones? Lo dudo mucho. Ya para hacer un carro de los que rodaban por las calles en mi infancia se requeriría, digámoslo así, un profesor de griego capaz de recordar toda la gramática, la sintaxis y la materia verbal de carros muertos. Me dirán que en los desfiles de autos antiguos todavía circulan los primeros Ford hechos en serie. Por supuesto. Pero yo no digo ensamblar o rearmar un Renault 4 a partir de piezas existentes. Yo me imagino un mundo después de una catástrofe planetaria en la que fuera necesario construir una pica y una pala para sacar carbón de la tierra, mineral ferroso de una mina, caliza para separar el hierro de la escoria, materiales para construir un alto horno, arena de sílice de alta pureza, carbonato de sodio para bajar su punto de fusión, hornos que lleguen a temperaturas de unos 1.500ºC sin reventarse, etc.

Escribo esto desde el futuro que, como el pasado, es un país extranjero. He estado, atónito, doce días en China y, si no estoy delirando como suelo, creo haber vislumbrado el futuro del mundo. Un futuro al mismo tiempo mágico y aterrador que me fascina a la vez que me horroriza. Recorrí los 20 vagones del tren bala que de Shanghái me llevaba a Pekín a 400 km por hora y desde el corredor vi a los durmientes acostados en primera clase, a los rumiantes recostados en clase premium y los apeñuscados (aunque no tanto) como yo en clase económica. El 95 % estaban mirando sus pantallas solitarias, un 2 % (niños) parecían hacer sus tareas a mano y un 3 %, si mucho, leíamos libros de papel. A estos últimos es a los que llamo “profesores de latín y griego”, lectores ensimismados en un oficio y una lengua muerta.

Pero si hubiera un blackout general, un colapso informático, un repentino corte de energía total por bombas o ataques generados por IA, por radiación solar, por una catastrófica explosión volcánica, por un meteorito extraviado en el espacio, creo que de repente volveríamos a estar tan hambrientos y desamparados como en la edad de piedra y volveríamos a mirarnos atónitos a las caras sin entendernos con nadie, y nos pelearíamos con garrotes por un mendrugo, y deambularíamos cual zombis por autopistas invadidas por la maleza de un mundo que de repente volvería a ser desierto y selva. Nadie sabría cómo fabricar ni para qué sirven los miles de millones de teléfonos inteligentes; nadie podría poner en marcha los miles de millones de computadores medio calcinados en los rascacielos; nadie sabría hacer una carreta ni un martillo y viejos profesores de latín y griego intentarían, a la entrada de una caverna, sacar chispas con dos piedras para prender la yesca y las astillas y encender el fuego. Tal vez serían los únicos que sabrían y recordarían algo todavía (sumar, restar, descifrar letras) sin tener que inventarlo desde cero.

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Clara Inès De Castro Illera(30179)Hace 5 minutos
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