2 Oct 2022 - 5:30 a. m.

Los reyes sin padre

Los reyes del mundo, una película de Laura Mora, acaba de ganar en San Sebastián el premio más importante: la Concha de Oro. A Brahian, 16 años, el menor de los cinco maravillosos actores naturales del film, no lo dejaron salir de Colombia porque entre sus papeles faltaba “el permiso del padre”. A Brahian en la vida le dicen Caneco; en la película se llama Winny. “El último de la fila no podía pasar”, me contó Laura. “Mientras los otros chicos, ya al otro lado, brincaban de dicha, Brahian tenía que quedarse de este lado del mundo. Una vez más las cosas en la vida no se daban por culpa de un padre ausente”. Laura se tuvo que ir, llorando porque le habían dejado en tierra a su Canequito, pero le juró que como fuera lo haría llegar.

Cosas así todavía suceden aquí. Los padres que abandonan, los que nunca lo han sido, conservan prerrogativas absurdas: durante años las mujeres no podían ligarse las trompas sin su permiso ni los hijos menores salir del país si no mostraban un papel firmado por un supuesto padre que jamás ejerció como tal. No sé en qué pueblo perdido pudieron dar con el paradero del padre y arrancarle una firma. Fue así como Brahian logró llegar a San Sebastián poco antes de la ceremonia del premio. Laura, con amigos, movió mar y tierra para que Winny no se quedara sin su primer viaje en avión, su primera salida del país, su primer triunfo en la vida.

Uno de los rasgos característicos —y al mismo tiempo trágicos— de la cultura colombiana consiste en el alto porcentaje de niños que crecen sin padre o con un padre ausente, si mucho ocasional. Me atrevo a sostener que esta anomalía familiar nos llega desde los tiempos de la Colonia: hombres solos, muchas veces ya casados en la península, venían a buscar fortuna en Indias y establecían aquí una segunda casa (“la casa chica”, le dicen en México) precaria, de paso y, para muchos de ellos, de segunda categoría. Esta familia vergonzante no estaba bendecida por la religión y era al mismo tiempo pública y clandestina, pecaminosa.

Con los siglos este rasgo cultural perdura y se transforma, cambia de nombre. Antes se hablaba de hijos legítimos e hijos naturales, de reconocidos o no, de hijos sin apellido, desheredados, de bastardos y otros términos denigrantes. Así estos nombres hayan desaparecido del ordenamiento jurídico, perviven en el léxico corriente. Lo peor, además, es que buena parte del peso de la deshonra recaía no sobre los padres mágicos (“echan un polvo y desaparecen”), sino sobre las madres. Las mujeres, además de seducidas y abandonadas, resultaban ser las culpables, las casquivanas, las mozas, las sin escrúpulos. Casi siempre las horrendas políticas de control de la natalidad forzada recaían sobre ellas y no sobre los primeros responsables, los hombres.

Pero vuelvo a la película de Laura Mora y a estos cinco jóvenes que la protagonizan. Los cinco, me contó ella, “vienen de historias típicamente trágicas de abandono y violencia. Hijos de madres muy jóvenes que no han podido tampoco gozar de su maternidad o que tienen demasiados hijos para que alguno pueda merecer demasiada atención. Ellos mantienen una imagen idílica de ellas y un compromiso férreo de brindarles, ojalá, un futuro mejor. Tienen una especie de deuda con la mamá. La figura del padre está ausente en todos los casos, sin excepción”.

Además de Brahian, los otros actores son: David, Culebro, de 23 años; Andrés, Ra, de 19; Dávison, Sere, de 19; y Christian, Nano, de 16. A dos de ellos les asesinaron al padre (otra forma de ausencia no culpable). De dos más, los padres no se hacen cargo. Uno tiene padre pendular, que va y viene cuando le conviene. Uno tiene un padrastro que se porta bien. No tengo espacio para hablar de la película que se estrena esta semana y que les recomiendo ver. Por ahora me quedo con esta historia con final feliz. Los padres inexistentes (donadores de semen, más bien) no pudieron impedirle a Winny, ni a los demás, la aventura de este viaje con su triunfo final. “El premio, para ellos, significaba que al fin algo bueno podía sucederles en la vida”, concluye Laura.

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