En estas Navidades terminé de leer un libro que me conmovió hasta la médula, escrito por un profundo conocedor de la literatura y la filosofía clásicas griegas, Matteo Nucci. Se trata de una extraordinaria biografía novelada de Aristocles, hijo de Aristón y Perictione, más conocido con el apodo que le dio su profesor de gimnasia en vista del gran tamaño de sus omoplatos: espaldón, o mejor, para decirlo en griego, Platón. La novela, que ojalá sea traducida muy pronto al español, lleva en italiano el título de Platone, una storia de amore (Feltrinelli, septiembre de 2025).
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Tal vez a esto se deba que me llamara tanto la atención la noticia de la censura hecha por la Universidad de Texas A&M (o TAMU, la sexta entre las universidades públicas más grandes de EE. UU.) en contra de uno de sus profesores de filosofía, Martin Peterson, que pretendía que sus estudiantes leyeran fragmentos de uno de los diálogos más célebres y hermosos de Platón, el Simposio, o el Banquete, que está dedicado, precisamente, al amor. Pese a que muchos conservadores norteamericanos han abogado para que se dé más espacio en las universidades gringas a los fundadores de la filosofía occidental, las autoridades de TAMU le ordenaron al profesor Peterson que suprimiera esos fragmentos de Platón, so pena, si no lo hacía, de ser transferido a impartir un curso de ética en la facultad de Ingeniería (la gran especialidad de TAMU es la ingeniería de petróleos).
Un periódico italiano le preguntó a Matteo Nucci cómo podía explicarse esta censura al Banquete de Platón. Seguramente los vigilantes del currículo no habían leído nunca a Platón pues en el diálogo se lee algo que los escandalizó y consideraron inaceptable: el mito de Aristófanes, o mito del Andrógino, que, sintetizado por Nucci, es el siguiente: “Al principio de los tiempos los seres humanos tenían cuatro brazos, cuatro piernas y dos órganos sexuales, y entre ellos había tres géneros y no dos: el masculino, dotado de dos órganos sexuales masculinos, el femenino, dotado de órganos sexuales femeninos, y el andrógino, dotado de un órgano masculino y otro femenino. Redondeados y virulentos, los dioses resolvieron un día cortarlos en dos partes para reducirles la fuerza. Como resultado de este corte proviene el modo en que somos todos, cada tipo buscando desesperadamente la otra mitad que le corresponde: unos, resultado del corte femenino, mujer en busca de mujer; otros, resultado del corte masculino, hombre que busca hombre; o unos más, resultado del corte andrógino, hombre y mujer que se buscan”.
Pues bien, este mito de Aristófanes, aquí rápidamente explicado sin su carga poética y literaria, al ser tan poco binario, no concuerda con la orden emitida por el mandamás que ahora dictamina incluso la verdad en asuntos de género: los sexos son y siempre han sido tan solo dos, según Trump, diga lo que diga Platón, la biología, o todas las más asombrosas manifestaciones del reino animal. Los mitos, se sabe, no son una explicación científica del mundo, sino un relato que nos sumerge en el sueño y la complejidad de la mente humana y de nuestras pasiones y comportamientos. Quizá sean estas dudas y complejidades lo que, según los censores, nunca se debe enseñar. Solo las respuestas nítidas, binarias y sin matiz alguno de los dictadores.
Si de verdad en Estados Unidos dejaran leer a fondo a Platón, podrían llegar en algún momento a algunos capítulos de La República, en que el filósofo ateniense describe cómo la democracia, de la mano de algún demagogo incapaz de refrenar sus apetitos, deseos y pasiones, desemboca en tiranía. Esta sí que sería una prohibición urgente, en Texas, en California y en Nueva York, de modo que nadie pueda llegar a leer la forma demoledora como Platón describe y desprecia el más horripilante de los destinos democráticos, la tiranía, y el trágico final al que se enfrentan los tiranos. La justicia, el bien y el amor, al cabo de los años, acaban por triunfar.