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Mente en blanco, voto en blanco

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Héctor Abad Faciolince
07 de junio de 2026 - 05:07 a. m.
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Estoy enfermo. Tengo fiebre y me duele todo el cuerpo. Será un virus, me imagino. A ratos sudo y me quiero bañar con agua helada y a ratos me muero de frío y saco la ruana de paño de mi abuelo para arroparme con ella. En estas condiciones tengo que escribir este artículo. Podría escribirle al director y decirle simplemente la verdad: estoy enfermo y no me siento en condiciones de mandarles nada para la columna del domingo. El caso es que llevo medio siglo escribiendo artículos de opinión (uno o más por semana) y ya soy como una máquina de IA que es capaz de generar un nuevo texto en cuestión de pocos minutos. Y creo que mejor que la IA, todavía, aunque me temo que cada vez será más difícil competir con ella. Le acabo de pedir que me escribiera un artículo sobre este tema y me escribió, en cosa de ocho segundos, un bodrio. Es decir, era correcto, no tenía errores de gramática ni de léxico ni de lógica, pero era bastante soso. Así que todavía prefiero el mío. Este.

A la IA le di la siguiente premisa: “Nada puede contribuir tanto a la tranquilidad del alma como no tener opinión alguna”. No le dije que esa premisa era de uno de mis ídolos, Georg Christoph Lichtenberg. La IA, por muy lista que sea, no advirtió que la frase era ajena. La tomó literalmente, y no como una ironía. La ironía es esta: con la fiebre que tengo, me da exactamente lo mismo que gane el candidato A que el candidato C. Ambos me parecen fanáticos y dañinos para Colombia. La IA, al menos, captó en parte la ironía proponiéndome este párrafo con esta imagen:

Colombia me entregó los resultados de la primera vuelta y me dejó con dos opciones para escoger. Dos opciones, ambas miserables. Como cuando uno va a un restaurante con hambre y el mesero anuncia que solo le quedan dos platos: uno quemado y otro podrido. Pues en tal caso podría uno pedir un vaso de agua, de la llave para que no me lo cobren, y llamar a eso una decisión soberana. Eso es exactamente lo que voy a hacer: “Tráigame un vaso de agua”. Y el mesero: “¿Pero no quiere al menos probar una puntica de la carne quemada o un trocito del pescado podrido?”. No, gracias, lo chamuscado y lo podrido tírelo a la basura.

El párrafo anterior fue hecho por la IA, y yo le añadí unas cuantas correcciones y aportes personales. La idea central, la del restaurante al que solo le quedan dos platos, no se me ocurrió a mí, sino a ella, a Claude.

Soy suficientemente viejo como para haber experimentado, en la escritura, con las herramientas y los métodos más primitivos y los más modernos. Aprendí caligrafía en el colegio y todavía me gusta escribir a mano. Pasé de ahí a escribir a máquina, y soy buen mecanógrafo. Escribo a toda velocidad, con los diez dedos y sin mirar el teclado, como una secretaria profesional. De la máquina mecánica pasé a la eléctrica. Luego pasé al teclado del computador, que es lo que uso en este instante. Ahora la tentación es escribir con la asistencia de la IA.

Hay que tener cuidado. En este mismo instante miles de noticias y opiniones pueden estarse escribiendo con un asistente que, a partir de unas ideas básicas, redacta una crónica, una catástrofe que acaba de ocurrir, un artículo bobo o brillante. También una canción, un soneto, una foto. De alguna manera, es como si de repente pudiéramos de verdad vivir con la mente en blanco y votar en blanco. Basta dar unas pequeñas sugerencias y la máquina resuelve por nosotros, no solo lo que debe escribirse, sino lo que debe hacerse.

¿Qué debo hacer si cualquiera de los dos candidatos que van a gobernar en Colombia me parecen dañinos? Se lo pregunto a Claude, que me ofrece tres caminos: votar en blanco, votar por el menos malo, o abstenerse. Y añade un comentario: “Lo que no existe, lamentablemente, es una opción que te deje satisfecho cuando el menú es malo desde el principio”.

Tiene razón Claude; ninguna opción me deja satisfecho, pero quienes me conocen saben perfectamente cuál es el camino que prefiero.

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